Cruzada por el verso

Crucelia agradeció el cariño recibido en su cumpleaños noventa. La poesía persigue el desvelo de Crucelia Hernández desde que la creación llegó por herencia paterna.

Hay una mujer que ama los días, sin importar el sol o la lluvia, la luz o las sombras; una mujer infinita que en su hoguera de tiempo ya quemó 90 años. No le importa que el atardecer la sorprenda en tacones; ella, sabiéndose cómplice de la noche, lo apedrea con versos.

Crucelia Hernández, qué dicha que la vida, sí, esa que prodiga sus palos, como diría Fayad, te pusiera para siempre en este Guayos de parrandas que no acaba de conocerte. La poesía persigue tu desvelo desde que la creación llegó por herencia paterna. Entonces, te empeñaste en parecer común; mas tu sola presencia motiva el deseo de conocerte, intercambiar palabras, saborear poemas…

“La poesía es la magia que deleita al corazón. He sufrido penas, como todos los seres humanos, pero ella siempre ha estado para darme alegrías”, confiesa la escritora y compositora a Escambray, desde la vivienda que habita hace más de medio siglo pues, aunque nació en Santa Julia, Taguasco, hasta hoy Guayos ha medido sus pasos y guardado sus memorias, asidas a las casas, la línea férrea, el elevado que preconiza al pueblo.

“Cuando la poesía llega tienes que sentarte y llevarla al papel, no hay otra forma de aliviarla” esboza mientras intenta recordar el último verso que ha escrito, porque nunca detiene la creación. Primero fue Aro y paleta, un regalo para los niños; después Testigo de mis horas, con la casa espirituana Luminaria, y ahora Confesiones, un tercer volumen de poemas pulsados desde este paraje cabaiguanense, pero impresos por Old Lane Editions, un sello inglés que agasaja su talento.

“Afortunadamente todavía estoy andando”, agradece y sonríe con una jovialidad que impresiona, porque a pesar de los 90 años azuza los achaques para escribir poemas. Ese delirio le revienta el cuerpo, como el fuego en la última parranda, pues los barrios de la Loma y Cantarrana le dedicaron la batalla. El zumbido de los voladores y el desenfado de las carrozas homenajearon esta vez las esencias de su obra.

“Cuando la actividad lo lleva hasta me pongo tacones y dicen: ¡Cruz, qué linda!, y me digo: bueno, es que me ven por dentro, porque una persona ya con mi edad…”, comenta; sin embargo, los años no han podido horadar su empuje: alfabetizadora, dirigente sindical, brigadista sanitaria, personalidad de la cultura cabaiguanense, hace poco miembro honorífico del Club espirituano Amigos del Danzón… “y también martiana innata”, aclara.

Esos ánimos, convertidos en metáfora, la llevaron a la composición de canciones, que suman más de 15; a conocer a Fayad, el moro carismático con el que compartió poemas y libros. Dicen los guayenses más longevos que siempre ha sido bella y es cierto, porque su alma de nueve décadas le resplandece. Cuando percibamos un sonido de tacones, algunos versos libres o la ocurrencia personificada entonces no quedará espacio para la duda, habrá llegado la novia eterna de Guayos, de la poesía, de siempre.

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