Trinidad en la aventura de Hernán Cortés

Recreación de la conquista del imperio azteca por las huestes de Hernán Cortés.La aventura fabulosa de la conquista y colonización de la llamada Nueva España casi despobló las villas de Trinidad y Sancti Spíritus.

La villa de la Trinidad fue fundada en enero de 1514 y no habían transcurrido cinco años cuando frente al puerto de La Boca se presentó a inicios de noviembre de 1518 la armada capitaneada por don Hernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano, natural de Medellín de Extremadura, quien había sido alcalde de la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa.

Tan numeroso convoy procedente de Santiago de Cuba no perseguía otra cosa que reunir hombres, pertrechos y alimentos para lanzarse a la conquista del inmenso territorio situado al oeste-noroeste de la perla antillana, cuyas riquezas reales o supuestas espoleaban la imaginación de los elementos más osados y emprendedores en la isla.

Ese potencial Potosí tenía su fundamento en la incursión en fecha reciente de dos sucesivas expediciones: la primera conducida por el vecino de la villa de Sancti Spíritus Francisco Hernández de Córdoba —a inicios de 1517—, quien, herido por indios yucatecos falleció a poco de su regreso al terruño; y la segunda por Juan de Grijalva, un año más tarde.

Tan pronto llegó de lo que devendría la Nueva España, Grijalva tuvo a bien mandar un primer navío a Santiago al mando del capitán Pedro de Alvarado, cargado con oro, ropa y dolientes, “y con entera relación de lo que habíamos descubierto”, causando una impresión tremenda en el Gobernador Diego Velázquez y su entorno, a quienes el cronista describe “espantados de cuan ricas tierras habíamos descubierto, porque el Perú no se descubrió de ahí a veinte años”.

De más está decir que nada costó convencer a Velázquez sobre la importancia y premura de enviar una tercera y mayor expedición a tierra azteca, cuya jefatura, después de no pocas intrigas, recayó en el muy mentado Hernando Cortés.

EL CONQUISTADOR EN LA TRINIDAD

Hernán Fernando Cortés.La noticia de la llegada de la flota compuesta por 10 navíos con más de 400 hombres se regó como pólvora por el pujante villorrio de la Santísima Trinidad y los vecinos salieron a recibir jubilosamente a los expedicionarios.

Unos fueron por tierra a la población y los otros lo hicieron en los bateles (botes) por el río Guaurabo, hasta la parte más cercana a la villa, donde desembarcaron y amarraron las pequeñas embarcaciones a los árboles ribereños. Cuenta la leyenda que el arrojado Hernán “fixó” su Nao Capitana de 80 toneladas a una copuda ceiba que allí existía.

Según narra el cronista Bernal Díaz del Castillo, tan pronto estuvieron instalados, “Cortés mandó a poner su estandarte delante de su posada y a dar pregones como lo había hecho en Santiago de Cuba y mandó a buscar todas las ballestas y escopetas que había y a comprar otras cosas necesarias y, aun, bastimentos (abastecimientos) ”.

Entonces el gran capitán escribió a la autoridad de Sancti Spíritus haciéndole saber a todos los vecinos el objeto de su viaje, y “con palabras sabrosas e ofrecimientos se atrajo a muchas personas de calidad de aquella villa”. Y continúa narrando Bernal: “Los entonces vecinos de la Trinidad tenían en sus estancias manadas de puercos y hacían el pan casabe, esforzándose cada uno en poner el mayor bastimento, y Cortés procuraba reunir soldados, caballos y provisiones”.

El gran capitán “mandó entender a todos los soldados en aderezar armas y a los herreros que estaban en aquella villa, que siempre hiciesen casquillos —de hierro para las flechas— y, a los ballesteros, que devastasen almacén para que tuviesen muchas saetas, y también atrajo y convocó a los herreros que se fuesen con nosotros, y así lo hicieron, y estuvimos en aquella villa 12 días”.

A SACO EN LA NUEVA ESPAÑA

Al cabo de la corta estancia en la villa trinitaria, y de arramblar con los mozos más fuertes e intrépidos de esta y de la del Espíritu Santo, la armada partió en pos de su objetivo previa escala en tierras habaneras.

A mediados de febrero de 1519 se concentraban las 11 naves en la isla mexicana de Cozumel, y Cortés contó a los soldados, que eran 508, sin incluir maestres y marineros y pilotos, que serían más de 100; 11 navíos grandes y pequeños, 32 ballesteros, 13 escopeteros, 10 tiros de bronce, cuatro falconetes y mucha pólvora y balas de cañón.

Comenzó entonces una de las más portentosas hazañas que imaginarse pueda, cuando el pequeño ejército enfrentó a decenas de miles de indios, ganándose a los unos, empleando a los unos contra los otros, intrigando, matando y muriendo, “civilizando” con la cruz y con la espada, como siempre hizo España desde su llegada al Nuevo Mundo.

La superstición, la ignorancia y la traición desempeñaron un papel primordial en el éxito de los invasores, porque el gran emperador Moctezuma II y los suyos creyeron que Cortés, hombre blanco y rubicundo —ataviado además con toda clase de artilugios— era el dios Quetzalcóatl, anunciado por una añeja profecía de su pueblo.

Cortés se aprovechó de esto y entró en Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1521, apresó a Moctezuma y conquistó el gran imperio azteca. Luego devastó la ciudad y erigió sobre sus ruinas la actual Ciudad de México.

RESUMEN PARA UNA GESTA

Nadie, hasta donde alcanza a memoria, ha hecho una valoración justa y pormenorizada del papel desempeñado por los peninsulares en Trinidad y Sancti Spíritus  —junto a los de Santiago y La Habana— en la conquista y colonización de México, y con ella, de los efectos perniciosos que en lo demográfico, económico y social trajo para estos territorios la sangría que representó la famosa expedición de Hernando Cortés, quien quemó sus naves como medio de impedir deserciones en la arriesgada empresa.

Baste saber que de los 600 y tantos “cubanos” enrolados en la tal aventura, se estima que más de la tercera parte procedían de las dos citadas villas, y que muy pocos o casi ninguno regresó al terruño, el cual quedó prácticamente desprovisto de herreros, carpinteros, armeros y de otros oficios, sin contar la merma de hombres aptos para la agricultura.

De la suerte de aquellos colonos devenidos soldados daría fe medio siglo más tarde el propio Bernal Díaz, cuando en alusión a un ente simbólico al que llama Fama, pero que se dibuja como una indirecta a la muy ilustre casa real de Iberia, escribió:

“Hágoos, señora, saber que de quinientos cincuenta soldados que pasamos con Cortés desde la isla de Cuba, no somos vivos en toda la Nueva España de todos ellos, hasta este año de 1568…  sino cinco; que todos los demás murieron en las guerras por mí dichas, en poder de indios, y fueron sacrificados a los ídolos, y los demás murieron de sus muertes”.

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