Adiós sin pose de héroe

El Chino Soler dialoga con el General de Ejército Raúl Castro, en el organopónico donde laboraba el espirituano.En algún escondrijo de la casa guardaba una cámara; pero jamás apretó su obturador. No sé si alguna vez entró a un cuarto oscuro para ver cómo la química cubría el papel fotográfico de gestos, de rostros, de seres de carne y hueso para hacer el milagro del testimonio de la vida. No sé, incluso, cómo nació aquella pasión para archivar fotos; mas, de lo que sí tengo certeza es de que este combatiente atesoraba una valiosa memoria gráfica de la última etapa de la lucha insurreccional en Cuba, que también protagonizó.

De su historia nada conocía, hasta que una colega me lo presentó a través de estas páginas hace varios años atrás. Solo entonces supe que aquel hombre de espejuelos anchos, a quien solía comprarle, camino a casa, un mazo de lechuga o de habichuela en el organopónico cercano, se nombraba Noberto Soler Bernal, o mejor, el Chino Soler, el mismo que desapareció físicamente este 17 de julio a los 83 años de edad como consecuencia de un edema pulmonar.

No dado a magnificar sus méritos, relató a este medio de prensa que, como miembro de una cédula del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en Sancti Spíritus había regado grampas y vendido bonos, hasta que agosto de 1958 decidió subir al Escambray, donde se presentó ante Ernesto Che Guevara, jefe del Frente Guerrillero de Las Villas.

A partir de aquel encuentro, el Chino Soler tendría como misión fundamental bajar al llano con su jeep Willy en busca de medicinas, zapatos, ropa, herramientas para el armero… hasta de un equipo de oxígeno para cortar un puente con una mecha, todo ello en coordinación con cédulas del M-26-7 en la ciudad espirituana. “Yo llevé a muchos fotógrafos y periodistas al Escambray a encontrarse con el Che”, acotaría, igualmente.

Luego se sumó al Pelotón No. 6 con Armando Acosta e intervino en la toma de Sancti Spíritus y Jatibonico, cuya evidencia resulta aquella instantánea que le tomaran, en este último poblado, sobre el tanque rebelde, sin poses de héroe.

Por los años 70 del pasado siglo, se licenció de la vida militar que lo había llevado a La Cabaña, al Castillo de La Punta, a ser custodio de seis embajadas, a integrar las fuerzas tácticas de Santa Clara, Bayamo, Guantánamo. Luego, en la vida civil laboró en Cubahidráulica y en la Empresa Provincial de Abastecimiento y Venta de Equipos y Piezas (EPAVEP), incluso, hasta en el organopónico, donde conversó cierto día con el hoy Presidente cubano Raúl Castro.

¿Quién sabe si en esa oportunidad dialogaron acerca del mayor “tesoro” que guardaba el Chino Soler: el amasijo de fotos que traían de vuelta las imágenes, quizás algunas inéditas, de Fidel, el Che, Camilo, Celia, Vilma, el capitán San Luis, que le regalaran no pocos fotógrafos amigos? Tiempo después, entre aquel sinnúmero de instantáneas desperdigadas asomaría el rostro del Chino Soler, con su mota de canas, en la memorable plática con Raúl, para sellar su nueva historia.

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