Las religiones del pueblo no se pueden ocultar

Nata (Large)Marcada por la lucha contra Batista, la vida de Natalia Bolívar parece una novela de lo real maravilloso

Ni el peso de los 80 años que cumplió —con la venia de los orishas— el pasado 16 de septiembre; ni las veleidades de un destino como el suyo, signado por conmociones físicas y sentimentales de toda índole, han conseguido amansar el espíritu irreverente, temerario a veces, de Natalia Bolívar Aróstegui.

Si alguna descripción no se le ajusta es la de una anciana apacible y lánguida, reclinada en el sillón de las nostalgias. Demasiada sangre le queda aún. Demasiado vívido el recuerdo de aquella muchachita impenitente que echó más leña en la hoguera de los 50 al involucrarse con José Luis Gómez Wangüemert, casado y opositor del gobierno de Batista. Lo que se dice un escándalo para la época.

“Y para la familia”, agrega Natalia, más con orgullo que con remordimiento, y a seguidas enumera sus constantes insubordinaciones en el colegio de monjas y su incapacidad para la simulación tan típicamente burguesa como los síntomas iniciales de una rebeldía desaforada que en lo adelante no tendría remedio.

Para cuando se vinculó con el Directorio Revolucionario, sin embargo, ya Natalia Bolívar había perfilado los rasgos más genuinos de su personalidad, no tomando el té con las amigas de su madre en la terraza bucólica de Miramar; sino entre los patakíes que le narraba al oído su nana Isabel Cantero, “unas historias de misterio que están hechas para aterrorizar”.

“Desde que nací Isabel estuvo al lado mío. Me crió a mí, a todos mis hermanos y me acompañó luego en el cuidado de mis tres hijas —evoca Natalia—. Ella murió a los 104 años en Trinidad con su familia porque descendía de los antiguos esclavos de la región, aunque espiritualmente nunca se ha ido de mi lado.

“Hay dos métodos de investigación: el científico y el basado en la tradición oral. La reina de la tradición oral fue Lydia Cabrera; del científico, Fernando Ortiz. Si tú no estudias a Lydia Cabrera y a Fernando Ortiz estás out por regla.

“Era una persona que creía en los amaneceres y los atardeceres, en fenómenos de la naturaleza; se sentaba bajo la luna y tú la veías que movía los labios como hablando con alguien que no podíamos ver. También practicó el espiritismo con las demás sirvientas que había en los alrededores de la cuadra. Nosotros aprendimos mucho de ella”.

A aquella negra “bajita, trabadita, siempre vestida con unos uniformes blancos que le arrastraban por el piso”; a su Chicha del alma debe Natalia Bolívar la devoción por las deidades que reinaron sobre África en los tiempos de Andilé y a cuyo estudio ha dedicado buena parte de su vida.

¿Cómo conservar la objetividad al investigar sobre un campo en el que se cree? ¿Se puede ser juez y parte?, inquiere Escambray.

“Hay dos métodos de investigación: el científico y el basado en la tradición oral. La reina de la tradición oral fue Lydia Cabrera; del científico, Fernando Ortiz. Si tú no estudias a Lydia Cabrera y a Fernando Ortiz estás out por regla. Para que la investigación sea veraz no se puede ir por una sola vertiente.

“Yo siempre me moví en el círculo de las investigaciones del folclore, aunque a mi madre no le hacía mucha gracia, y para ello me aportó mucho el haber sido discípula de Lydia Cabrera; discípula, no: yo fui un perro faldero detrás de Lydia. Tenía apenas 19 o 20 añitos cuando comencé a beber de sus investigaciones.

“Después ella decidió irse y yo quedarme, que son dos facetas irreconciliables, pero creo que si alguien ha hecho un aporte importantísimo a la cultura cubana se llama Lydia Cabrera, porque ella no interpretó nada, sino que plasmaba todo como la fuente lo decía y eso es digno de admirar. No creo que sea justo tachar a Lydia de la historia porque se fue del país. No puede ser tildada de traidora una persona que hizo tanto por la cultura nacional”.

“Los orishas en Cuba,  es casi una declaración de principios de que las religiones del pueblo no se pueden ocultar”.

LOS ORISHAS EN CUBA

—Bueno, ya nos tomamos las cervezas, ¿cuándo viene el bistec?

—Calma, Nata, vamos a quedarnos un rato más.

En el sopor de las cuatro de la tarde, el bar estaba desierto. Hasta allí la había llevado uno de sus padrinos, especie de informante que solía ayudarla en sus pesquisas antropológicas y que ya no encontraba excusa para retenerla por más tiempo en el lugar.

—Al fin, mira aquel pase.

En la esquina más lúgubre, varios hombres comenzaron a aglomerarse en torno a una caja que, por el cuidado que le prodigaban, más bien parecía contener langosta o carne de res.

—Déjalos tranquilos en su bisnes, ¿no ves que están en lo suyo? —replicó Natalia.

—Tú verás qué es “lo suyo” —le respondió el padrino antes de alejarse en dirección al grupo, meter la mano en la caja y regresar con un texto que acomodó entre las botellas de cerveza— Obras completas, de Lenin, 100 cañas.

— ¿Y yo qué tengo que ver con eso? Cada cual se defiende como puede.

Sin embargo, le bastó con hojear el texto para comprenderlo todo. Bajo la carátula, de contrabando, los folios de su libro aún inédito: Los orishas en Cuba.

“Mira, me dio una soberbia que no te la puedo explicar —vuelve a indignarse Natalia 30 años después—. Yo había empezado a escribirlo en 1980, porque muchos directores de cine y televisión me pedían constantemente que asesorara sus obras en lo referido a cultos de origen africano. Me decían: ‘Natalia, ¿por qué tú no haces una especia de manual con las características de cada orisha, las comidas, los colores, las formas de manifestarse, para no molestarte a toda hora?’ Y yo les hice caso.

“Cuando tuve lista la primera versión con la ayuda de Reynaldo González, él mismo lo dejó encaminado en la imprenta, pero allí se quedó estancado como tres o cuatro años. Entonces, ¿cómo me sentiría yo al ver que sin haber sido publicado se estaba vendiendo por la izquierda? Arranqué y fui hasta la Uneac a fajarme por el libro. Cuando llegué estaban reunidos los editores, les tiré las páginas en la mesa y les dije: vengan acá, así que ustedes me vetan Los orishas… desde hace años y en la calle está a 100 pesos.

“Cuando se enteraron de que en la imprenta se estaban filtrando, se mandó a parar aquello, a contabilizar, a ponerle llaves, a ver por qué no se había publicado oficialmente. Al final fue todo un malentendido por la manera mía de citar las referencias, según dicen; se aclaró y yo presenté Los orishas en Cuba, que es casi una declaración de principios de que las religiones del pueblo no se pueden ocultar”.

Pero usted nunca negó sus creencias religiosas…

“En Cuba hubo una época en la que no te lo decían por lo claro, pero tú solicitabas trabajar en un lugar y en la planilla había un espacio para declarar la religión. Si tú ponías: yo soy santera, más nunca te encontrabas un trabajo ni para limpiar el piso de un bar, porque ya estabas marcada. Yo tuve amistades que eran militantes del Partido y fueron a un municipio bien alejado del suyo para casarse por la Iglesia católica. Cosas de la doble moral”.

Usted ha levantado mucha polémica durante su vida…

“No, lo que pasa es que yo siempre he dicho la verdad. Como vivo en una democracia, creo que tengo el derecho a pensar y decir lo que realmente pienso con mi cabeza y no con la cabeza de los demás. Para eso me enseñaron a analizar, ¿no? Yo puedo oír tu versión y respetarte tu criterio, pero tienes que escucharme también, tienes que contar conmigo, vamos a estar claros y no en la cola del pan. Si eso levanta polémica…”.

Natalia junto a Fidel Castro.PARTEAGUAS ESPIRITUAL

Después de su obra cumbre, esa suerte de vademécum sobre el panteón de la regla de Osha, Natalia Bolívar ha publicado títulos como Corrientes espirituales en Cuba y Tamakuende Yaya y las reglas de Palo Monte, que se esfuman en apenas segundos en las librerías; numerosos artículos suyos se han incluido en revistas especializadas y ha disertado, libre de poses doctorales, sobre cuestiones tan polémicas como los ritos abakuás o la presencia de la muerte en la cosmogonía insular.

Sin embargo, frente a la disyuntiva de escoger su creación más perdurable, la que considera habrá de trascenderla, Natalia ni siquiera lo piensa: “Mis años de lucha como miembro del Directorio Revolucionario. Siempre digo que esos fueron mis mejores tiempos, los más felices, los que definieron lo que he sido hasta hoy.

“Fue también una etapa terrible porque antes de entrar en la clandestinidad yo llevaba una doble vida muy fuerte; decía muchas mentiras en mi casa para poder hacer todo lo que hice, pero jamás me he arrepentido. Los integrantes del Directorio llegamos a ser una gran familia, vivimos las mismas situaciones de peligro. Yo misma estuve clandestina cinco meses y medio hasta el triunfo de la Revolución.

“No obstante, los mejores años de mi vida fueron también los peores, porque el 13 de marzo de 1957 vi morir a Wangüemert. Yo estaba en Bellas Artes; un rato antes él había pasado a verme y me advirtió que no me moviera de allí, que no se me ocurriera salir. Entonces, en medio de una visita dirigida que guiaba por el segundo piso escuché el tiroteo, me tiré al suelo y alcancé a ver cómo él caía en plena calle; una escena muy fuerte”.

¿Cómo se sobrevive a un amor como ese?

“¿Quién te dijo que se sobrevive? Yo tuve después otros amoríos. Mis dos hijas mayores siempre me dicen que su padre, por ejemplo, fue lo mejor que me pasó en la vida, pero sucede que hay amores y amores. Uno así, que te marque… a ese no se sobrevive nunca. Después de Wangüemert, como dije en Con dos que se quieran, no creció más la hierba. Él era muy carismático, tenía salidas para todo, un sentido del humor criollo, ese criollo que siempre llevaba un tabaco, era una gente tan espontánea, tan culta y, a la vez, tan firme en sus convicciones. Hay hombres en la vida que no se pueden superar”.

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