Solo soy el notario de la realidad (+fotos)

EL Gabo nunca olvidó que en la verdad de su alma no fue nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca.“Es la vida, más que la muerte,  la que no tiene límites”, escribió alguna vez el Gabo.

 

 

Raúl a Mercedes, esposa de Gabo: La obra de hombres como él es inmortal

El Gabo en su laberinto

Cremado el cuerpo de García Márquez

No entra al Salón de Conciertos vestido de frac negro, como lo dictaba la refinada Europa; con la sonrisa cubierta por el bigote canoso, llega enfundado en un liquiliqui de lino blanco, al mejor estilo de su abuelo Nicolás Márquez.

Asida a su brazo, Mercedes, la esposa; en la mano, él lleva una rosa amarilla, quizás sacada del ramo que su compañera le suele colocar en el escritorio. “Dan suerte”, aclararía en más de una ocasión.

Estocolmo vive otro frío diciembre y otra ceremonia de entrega de los Premios Nobel. Extraño, pero los reyes de Suecia no dan señales de vida aún.

Mas, qué importan cinco minutos en la existencia de un hombre que ha sido capaz de legar a las letras universales un Macondo real y mágico, atrapado en el mismo inicio de Cien años de soledad (1967), su opus magnus: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Con esa historia saldó su deuda con las narraciones de Papalelo, el abuelo coronel y veterano de la Guerra de los Mil Días, y con doña Tranquilina Iguarán, la abuela Mina, a quien la ceguera la hizo llenar de fantasmas y supersticiones la casa en el polvoriento pueblo donde este colombiano vino al mundo entre cumbias y el vaivén de los acordeones.

Dicen que en sus tiempos más duros en París hasta cantó vallenatos en las calles en busca de algunos francos, mientras hilvanaba El coronel no tiene quien le escriba (1961), que relata la historia de un militar veterano que durante 15 años bajaba cada viernes a la oficina de correos del puerto con la esperanza de recibir la confirmación de una pensión por su intervención en la guerra civil.

Bendita coincidencia: otro viernes, quise decir, este viernes 6 de diciembre de 1982 es él quien aguarda ahora por los reyes suecos; espera que le devuelva los años vividos hasta este segundo: el prematuro amor hacia la maestra Fergusson, cuando él apenas levantaba una cuarta del suelo; los primeros versos —humorísticos, por cierto— trenzados a sus 10 años en el colegio de Barranquilla; el profesor de Literatura en el liceo de Zinpaquirá, Carlos Calderón Hermida, “a quien se le metió en la cabeza esa vaina de que yo escribiera”. De su puño agradecido brotaron esas líneas, luego de salir a la luz La hojarasca (1955).

Ya son las seis y tres minutos, y en medio de los discretos saludos protocolares de quienes se le acercan, evoca cómo el empecinamiento de sus padres Gabriel Eligio y Luisa Santiaga lo llevaron a iniciar los estudios de Derecho en la Bogotá fría y colonial, donde publicó su primer cuento, La tercera resignación (1947), en un suplemento de El Espectador.

Porque la vida no es como uno quisiera narrarla, sino como las circunstancias mandan, de Bogotá parte a Cartagena —allí tampoco concluye sus estudios de leyes— y de ahí a Barranquilla, con la pasión hacia el Periodismo ya metida en los tuétanos; “la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla”, advertiría.

En la librería de Ramón Vinyes, el “sabio catalán”, o en los cafés o bares adonde iba a beber cerveza o ron con otros colegas, surgían discusiones controversiales acerca de Virginia Woolf, Camus, Faulkner, su maestro…

La entrada de los reyes al salón le cortan de cuajo las remembranzas. Son las seis y cinco de la tarde; de fondo, la orquesta le regala Intermezzo interrotto, una de sus piezas favoritas. De la voz de Lars Gyllesten, secretario perpetuo de la Academia Sueca, vienen las razones de su presencia allí: “Por sus novelas y cuentos, donde lo fantástico y lo real se funden en la compleja riqueza de un universo poético que refleja la vida y conflictos de un continente…”.

Y delante de los espectadores, el venido de América sostiene que en cada línea que escribe trata siempre, “con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía”. Si alguien lo dudase, dígnese, por favor, a rebasar las primeras letras de Relato de un náufrago, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, Del amor y otros demonios

“Dicen que yo he inventado el realismo mágico, pero solo soy el notario de la realidad. Incluso, hay cosas reales que tengo que desechar porque no se pueden creer”, confesaría después ante el centelleo de los flashes y de los periodistas que lo acompañarán por siempre.

Cada frase, cada letra suya no dejará de ser titular en lo adelante. Por ello, me veo ahora mismo, frente a la pantalla en blanco, intentando matrimoniar las palabras, luego de que Borrego, el director del periódico, el mismo que recitaba de memoria pasajes de El general en su laberinto, me diera este jueves la noticia por teléfono: “Compadre, se murió García Márquez; lo estoy leyendo ahora mismo en Internet. Escribe algo”.

Parte a los 87 años, en México, debido a una afección pulmonar. Se va el amigo de Cuba y de Fidel; era “un hombre con bondad de niño y talento cósmico”, diría al comentar su amistad el Gabo, quien llegó a la isla como periodista cuando despuntaba la Revolución. Es “un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla”, agregaría Fidel.

Más de una vez relató sus minutos en el Salón de Conciertos de Estocolmo, vestido con aquel liquiliqui blanco para cumplir con sus padres Gabriel y Luisa, quienes no querían verlo de negro pues la muerte alcanzaría a alguno de sus descendientes. Nunca, nunca en ninguna circunstancia, olvidó, como bien confesaría, que en la verdad de su alma no fue nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca.

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