Tres décadas del Morera

Obra premiada en el Morera.A tono con el 134 aniversario del natalicio del primer pintor espirituano Oscar Fernández Morera, que se conmemorará el 31 de octubre, tendrá lugar la fiesta más importante de las artes plásticas en este territorio: el Salón Provincial de Arte Contemporáneo que lleva su nombre.

El primero se efectuó en 1982 en la galería que ocupa la casa donde vivió el artista y fue donada al Estado por su hijo Plinio, conjuntamente con una colección de más de 100 obras entre óleos y dibujos. Según Paula Betancourt, especialista y fundadora del certamen, la participación fue escasa y las obras se exhibieron en el espacio que hoy es el pantry de la institución. En las salas más espaciosas se mostraban con carácter permanente las creaciones de Morera.

 

(por: Ibrain Pilar Zada, crítico de artes plásticas)

En los años posteriores, otras salas se adecuaron al evento y fue creciendo en concurrencia, pues la convocatoria se ajustaba a la promoción de las artes visuales y el diseño; por lo que acudían al concurso aficionados, artesanos, artistas autodidactas, ingenuos y populares, diseñadores, estudiantes y graduados de la enseñanza artística.

Desde 1995, cuando se realiza el I Salón de Arte Cubano Contemporáneo en Ciudad de La Habana, las convocatorias de los salones provinciales se van ajustando a ese concepto y florece el instalacionismo, el video arte, las acciones plásticas, el arte digital y las intervenciones públicas.

Si en los 80 se destacaron Juan Andrés Rodríguez Paz (El Monje), Antonio Díaz, Víctor Echenagusía, Félix Pestana, Luisa María Serrano (Lichi ), Félix Madrigal, Olimpia Ortiz, Armando Lumpuy, Luis García y José Perdomo; en los 90 sobresalen Julio Neira, Daniel Acebo, Alain Fernández y Hermes Entenza. Ya en el nuevo siglo relucen las creaciones de Jorge López Pardo, Wilfredo Prieto, Ariel Orozco, Adonis Flores, Marianela Orozco, Iván Cepeda, Aliosha Díaz, Lizandra López, Grupo S/T, Vladimir Osés, Iván Basso, Héctor Remedios y otros jóvenes que vienen graduándose en las escuelas de arte.

Desde el 2012, por una política del Consejo Nacional de las Artes Plásticas estos eventos pasan a convocarse cada dos años. En el más reciente los criterios de especialistas, creadores y público en general propiciaron polémicas en torno a los premios y menciones otorgados.

“Ah, ese fue el premio porque fue tal jurado y como el arte es subjetivo…”, comentaron algunos. Pero resulta que aunque de los valores creativos se generen subjetividades, en el jurado debe de primar la objetividad partiendo del conocimiento en la especialidad y el aval del especialista convocado.

En lo particular, me pareció bien el premio y las menciones; sin embargo, se presentaron otras obras que también pudieron haber sido consideradas.

El trabajo premiado de Ángel Luis Méndez Montagne se llevó la distinción por marcar la diferencia. Su instalación e intervención pública consistió en emplazar señales originales de tránsito en puntos cardinales de la ciudad con fondo rojo y texto en blanco donde se especificaba que a tantos metros usted podría entender el arte contemporáneo. Y la trayectoria para los transeúntes y conductores terminaba como un viaje a la semilla, en un ciclo que hacía detonar los propios presupuestos conceptuales del arte contemporáneo.

Muy merecida la mención que recibió Osley Ponce Iznaga con su obra El árbol de la vida. La pieza mostraba un árbol de más de metro y medio de altura, confeccionado con alambres de púas y sobresalía por esa especie de belleza amarga que conjugaba con la connotación del material seleccionado.

Fue justo que mencionaran a Alexander Hernández Chang con su instalación de la serie Reflexiones. Ubicada en el patio de la galería, mostraba en un círculo cercado y sobre el pasto un asta que izaba una bandera blanca. Allí el valor simbólico de la insignia y el no acceso provocaba cierto grado de impotencia que contrastaba con la necesidad de mantener la paz a toda costa. En mi criterio, debió mejorar la pieza con recursos formales y un estudio más adecuado de su emplazamiento.

Sorprendente y agradable la mención que le adjudicaron a la acción plástica Ilusión óptica del Grupo 3.4, integrado por la profesora de la Academia de Arte de Trinidad Elizabet Gronin y los estudiantes Beatriz Lorenzo, Gabriel Ramírez, Ernesto Pérez, Osdelvis Rodríguez, Porfirio Dávila, Leandro García, Sandi Duarte y Carlos Jiménez. Ellos en el momento de la inauguración obsequiaron cajitas de regalos en las que guardaban una pestaña humana. Simulación o no, me pareció una idea formidable para abrir sensibilidades cerradas. Vivimos en un mundo cada vez más atiborrado de ilusiones ópticas manipuladoras, que se emiten por los medios de la comunicación masiva y quizás si reparamos en una pestaña entre los dedos, seamos capaces de abrir los ojos e ir más allá de la percepción dogmática y materialista de las cosas.

Sazón a la medida le impregnó Alián Martínez Rives a su obra Acero inoxidable. Al comienzo se veía un paratexto con un escrito de José Martí en el que emitía juicios sobre Carlos Marx. A continuación, sobre un retablo horizontal tapizado con tela negra aparecían algunos libros de filosofía marxista-leninista atornillados y/o retorcidos y a los que se le aplicó una pátina y semejaban ser metálicos. El autor en esta instalación estaba recontextualizando el ideario martiano desde su experiencia educativa. Y realmente la metáfora era más protagónica que las lecturas directas hacia una crítica de esa corriente filosófica.

Treinta años cumplió el Salón Oscar Fernández Morera en el 2012. Aun coincidiendo la fecha con la temporada ciclónica, la naturaleza le ha favorecido al no tener que suspender ninguno por la inclemencia del tiempo. Sólo en una ocasión le cedió el paso a la Bienal de Teoría y Critica de las Artes Plásticas, que luego no volvió a sesionar. Ahora que el Consejo Provincial de las Artes Plásticas ha tenido más tiempo para preparar el certamen, faltaría por ver si se cumplen las expectativas que siempre suscita el Morera.

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