Con una marca que destroza el alma

En abril de 1961 mientras alfabetizaba en Camagüey, Maximiliano Toledo recibió la peor noticia de su vida. Luego juró sobre la tumba de sus familiares asesinados no descansar hasta hacer justicia

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Pequeño, enjuto, los ojos brillosos de Maximiliano Toledo Fernández, hoy con 84 años, denotan al hombre humilde que ha sufrido mucho y arrastra un dolor irremediable que ya dura más de medio siglo y que no compensa siquiera la familia unida que forjó.

Su vida Maximiliano la divide en dos, no porque así lo exprese, sino por el tono de sus palabras, a lo Proust, donde hay una etapa que evoca con fruición nostálgica, y otra que le brota del alma atribulada, la que estalló de pronto hiriéndole su presente y futuro.

Cuando mira hacia atrás, ve su propia niñez feliz, al lado de su padre, Juan Bautista Toledo, a quien llamaban Camilo Fernández, y de sus hermanos —pues su madre vivía en Placetas—, pero el “viejo” con su laboriosidad y su cariño paternos compensaba la ausencia en la finca cafetalera El Aguacate.

ANTES DE LA TRAGEDIA

Revolucionario como todos los suyos, Toledo resume una etapa de su existencia cuando expresa: “Yo trabajé clandestino contra Batista y en 1959, cuando triunfó la Revolución, me fui para La Habana con tres compañeros a los que había ayudado en las montañas y por un tiempo estuve en el Ejército Rebelde”.

Poco después Maximiliano se licencia, pero ante el llamado de la patria se hace miliciano y brigadista y el 6 de mayo de 1961 sale con un contingente a alfabetizar en la Ciénaga de Zapata. Durante ocho meses aquellos jóvenes maestros enseñan las primeras letras a los carboneros del humedal, los gradúan y son enviados entonces a reforzar las labores de la zafra en Camagüey.

Todo transcurrió bien hasta que a finales de abril de 1961 conoce por un brigadista que había marchado enfermo a su casa en Holguín y venía de regreso que los bandidos habían asesinado a su padre y a su hermano Orestes, de 18 años, en el Escambray.

“Yo estaba con el contingente que iba a desfilar el Primero de Mayo, y cuando me enteré, llamé al jefe y le informé lo que había pasado. Él me dijo: ‘Debes ir para la tecnológica de Holguín para darte pase’, a lo que le espeté: ‘¡Qué va, yo me voy ahora mismo!’. Salí para la carretera Central con el uniforme de brigadista y llegué a Trinidad a las dos de la madrugada del siguiente día.

“Enseguida fui a ver a un compadre de mi papá llamado Gustavo Moreno y él me dijo que, efectivamente, los habían asesinado a los dos y que estaban enterrados desde el 19 de abril. La familia me había mandado un telegrama, pero se extravió y vine a enterarme de la desgracia por casualidad muchos días después”.

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EL JURAMENTO

Difícil resulta a Maximiliano evocar su impresión ante las tumbas vecinas del querido y admirado progenitor y de su hermano menor, en el cementerio trinitario. “Allí juré no descansar hasta capturar al último de los bandidos que me habían asesinado a los míos”.

Sin perder un minuto se fue a Topes de Collantes y se presentó ante Emerio Cruz, entonces jefe de Operaciones en la zona, y le rogó —casi exigió— que le diera un arma y lo incorporara. El oficial le entregó un uniforme, un par de botas y una metralleta. Ya uniformado y armado, el joven salió para El Naranjo y se unió a sus hermanos Adolfo y José Toledo —ambos ya fallecidos— que estaban operando contra las bandas de asesinos cerca del lugar.

Aquel encuentro tuvo toda la emotividad que es dable imaginar. El juramento se hizo entonces compromiso de honor para los tres. La primera operación en común fue un cerco enorme que abarcaba desde La Chispa a Cuatro Vientos, donde quedó encerrado Pangüín Tardío, uno de los principales asesinos del padre idolatrado, y toda su banda, pero el cabecilla logró escapar.

“Estuve en muchos cercos, como el de Javira, donde destruimos a la banda Cheíto León, que tuve que tirar bastantes tiros porque caímos en un hueco y los alzados querían irse por allí, pero el único que lo logró fue Cheíto, al que después apresamos herido de muerte. Participé también en otras operaciones en las lomas y el llano, hasta la última contra Blas Tardío, hermano de Pangüín”.

EL DEBER CUMPLIDO

Pero los tres hermanos no cejaban en su afán de hacer justicia, de ser posible, por mano propia y, reconoce Maximiliano,  “estuvimos cometiendo 2 locuras.

“A veces yo y mis dos hermanos salíamos a poner emboscadas por nuestra cuenta a ver si cogíamos a esos degenerados, hasta que el mando se percató. Entonces lo que hicieron fue separarnos. A mi me pusieron de jefe de Información, de la Zona No. 115 y a mi hermano mayor lo trasladaron para la de Naranjo.

“Pero nadie pudo impedir que nos metiéramos casi en cada cerco y nos encontráramos en los lugares más remotos, y aunque no participamos directamente en la captura de Pangüín, si estuvimos en la LCB hasta destruir a la banda de Blas Tardío que era la última que quedaba en esa zona. Creo que mis hermanos y yo cumplimos el deber que teníamos con mi padre, con Orestes y con los demás asesinados, de luchar hasta coger a todos aquellos criminales que destruyeron tantas vidas, entre ellas las nuestras”.

Nota: En el asesinato de los Toledo participaron además de Pangüín, los cabecillas Blas Ortega, Chano Ibáñez y Enrique Hernández, así como varios alzados guiados por el colaborador Antonio Reyes. Todos rindieron cuenta ante la justicia.

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