La expedición de Punta Caney

El 24 de julio de 1895 arribó por Punta Caney, al sur de Sancti Spíritus, la expedición Sánchez-Roloff-Mayía, considerada por Máximo Gómez como uno de los grandes acontecimientos de la guerra

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Nunca, en lo que quedaba de la Guerra del 95, se repitió lo acontecido en las tres primeras expediciones de aquella histórica contienda, cuando llegaron a la patria las conocidas por Maceo-Crombet; Gómez-Martí, y Sánchez-Roloff-Mayía, cada una con sus particularidades, a veces verdaderamente insuperables.

La primera, desembarcada el primero de abril de 1895, por Duaba, Oriente, fue sui géneris porque en ella llegaron a Cuba cuatro mayores generales y dos generales de brigada; la segunda, porque arribaron juntos en un bote el jefe militar y el jefe civil de la Revolución independentista con solo cuatro subordinados, y la tercera, atracada por Punta Caney el 24 de julio de 1895, porque a diferencia de las anteriores —más bien naufragios— resultó el viaje afortunado de 153 hombres con importantes recursos de guerra.

Curioso también es que en la encabezada por Flor Crombet, e integrada por 22 hombres, todos fuesen oficiales, empezando por los Mayores Generales Antonio y José Maceo, el propio Crombet y Agustín Cebreco, así como los brigadieres Silverio Sánchez Figueras y Adolfo Peña; que portasen solo 11 armas largas —es decir, una para cada dos—, mientras la última, que la superaba siete veces en número, contaba con dos fusiles y dos machetes para cada uno.

INFIERNO EN PINE KEY

Un acercamiento a la Expedición Afortunada, como le han llamado algunos, demuestra que el infierno, si lo hubo, lo vivieron en la etapa de los preparativos; de inicio, porque el Mayor General Serafín Sánchez sentía el apremio moral ante José Martí, ya que fue un hombre del 68 recomendado por él, Fernando López de Queralta, el individuo que con su ambición e irresponsabilidad había hecho fracasar el magno proyecto de Fernandina.

Por imperativo moral, el adalid espirituano se fijó como meta cumplir el plan original de Martí, según el cual él debía traer una expedición que desembarcase por la porción central de la isla y avivara en esta zona la lucha independentista.

Prolijo sería narrar las vicisitudes y gestiones que requirió para Serafín y su par, el Mayor General Carlos Roloff, hacer todas las coordinaciones en territorio estadounidense, adquirir las armas y definir un plan de acción bajo las miradas escrutadoras de decenas de agentes norteamericanos y españoles, empeñados en frustrar cualquier intento en esa dirección.

Lo cierto es que en los primeros días de junio de 1895 comienzan a concentrarse en Pine Key —Cayo Pino—, un inhóspito islote del cordón insular del sur de la Florida, los primeros aspirantes a expedicionarios, quienes de inmediato inician las prácticas de guerra al mando del coronel colombiano José Rogelio del Castillo y Zúñiga, veterano de la Guerra del 68, a quien se le unen el día 8 los generales Sánchez y Roloff, que llegan en el balandro Blanche al frente de un grupo de hombres.

Pero la situación se complica debido a la falta de víveres y al exceso de mosquitos y jejenes, que convierten en un infierno las noches de aquellos hombres, espoleados por el hambre y por la incertidumbre, hasta el punto de que hubo amagos de motín, a duras penas conjurados por la gran autoridad y buenos oficios de Serafín.

Esto decidió a Roloff a partir hacia Nueva York con el propósito de gestionar con el delegado en funciones, Tomás Estrada Palma, que facilitara un barco adecuado para la expedición. Entretanto, el 5 de julio llegan al cayo, mandados por el general Mayía Rodríguez, los 40 partícipes en la fallida expedición del George W. Childs. El grupo venía de Santo Domingo con las armas y parque a su cargo.

Finalmente, el 17 de julio ancló a solo una milla de Pine Key el tan esperado buque. Se trataba del James Woodall, que los allí reunidos rebautizaron José Martí en honor al mártir de Dos Ríos. Aquel bajel, que desplazaba 150 toneladas, con una eslora de 109 pies y una manga de 19, resultaba pequeño para acoger a bordo al centenar y medio de patriotas, además del cargamento, pero aún así, la estiba comenzó de inmediato y la nave levó anclas con la alborada del 18.

EXPEDICIÓN FELIZ

Tras una pequeña escala el día 20 en Isla Mujeres para reabastecerse de agua, el “José Martí” continuó su arriesgada travesía y en la mañana del 24 echaba ancla frente a Punta Caney, cerca de Tunas de Zaza. Serafín le escribe a su amada Pepa Pina:

“24: a las nueve y media de la noche estamos desembarcando sin novedad alguna en Tayabacoa, a legua y media de Tunas; hemos entrado aquí como en nuestra casa. Dentro de hora y media estaremos todos en tierra con la expedición. ¡Viva Cuba! Y te quiere mucho tu Serafín (…) Adiós”.

Con celeridad no exenta de orden fueron llevados a tierra y puestos a buen recaudo 300 fusiles, 300 machetes, 300 000 tiros, dinamita, ropa, medicinas, víveres y otros efectos. Ya el 28 de julio, Serafín le escribe de nuevo a su querida Pepa: (…) “nunca se ha hecho una expedición a Cuba con más felicidad que la nuestra. El entusiasmo aquí es grande por nuestra llegada y pronto la reacción se verá impotente”, proféticas palabras, pues a partir de entonces la hoguera de la lucha libertaria prendió en Las Villas definitivamente.

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