Madre de guerreros

Cuba, historia de cuba, mariana grajales, madre de los maceos, antonio maceoMariana Grajales Cuello dio a la patria una pléyade de patriotas que lo sacrificaron todo por ver a Cuba libre.

Homenaje de Fidel y Raúl a Mariana Grajales

Con ojos de hijo agradecido vio José Martí a la madre de los Maceo, impresionado por su temple espartano, conocedor de sus virtudes, consciente de sus enormes sacrificios, porque nadie como Mariana Grajales Cuello había dado a la patria tantos héroes y mártires.

Por sus expresiones acerca del último encuentro con la heroína, sostenido en Kingston, durante una breve visita que le efectuara en su exilio jamaicano en 1892 cuando aún faltaba una contienda cruenta y prolongada en la que habrían de caer José y Antonio, no hay dudas de que Martí vio en aquella viejecita venerable un enigma complejo, pues no podía menos que preguntarse de dónde sacaría ella tanta voluntad y capacidad de sacrificio. Por eso escribe:

“¿Qué había en esa mujer, qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como de la raíz del alma, con su suavidad de hijo, y como de entrañable afecto?”.

LA GÉNESIS

Concurren en torno a la vital Mariana un grupo de circunstancias que, si bien no determinan su actitud personal ante los dramáticos acontecimientos que le tocaría vivir —la cual es mérito propio— sí influyen notablemente en el destino de ella y su familia.

Hija del dominicano José Grajales y de la cubana Teresa Cuello, Mariana nace el 12 de julio de 1815 —según consta en su fe bautismal en la parroquia santiaguera de Santo Tomás—, y fue la suya una infancia humilde, pero digna, educada en las primeras letras por sus progenitores, mulatos libres, que profesaban el apego a la libertad y al libre albedrío, practicantes también de estrictas normas de vida y de conducta regidas por valores éticos.

En Santiago de Cuba y, sobre todo, en Las Delicias y fincas circundantes, la joven pudo conocer los horrores de la esclavitud, lo que contribuyó a abrir sus ojos al agudo problema social derivado de la condición colonial de la isla y la rapaz explotación hispana que esquilmaba haciendas y conculcaba libertades en un clima de represión e iniquidades ya prácticamente insoportable.

A los 15 años, contrae nupcias en 1831 con Fructuoso Regüeiferos, unión de la cual le nacieron Felipe, Manuel y Fermín Regüeiferos Grajales, pero aquel matrimonio terminó nueve años más tarde a causa del fallecimiento del esposo en 1840. De un cuarto hijo, Justo Germán Grajales (1843-1868) no se conocen documentos que certifiquen el apellido paterno.

Tras años azarosos, Mariana une su vida a Marcos Maceo, un  hombre noble y generoso, quien se va a vivir con ella en la finca que él poseía en Majaguabo, San Luis, y comparten el tiempo entre esta y la casa que conservaban en Santiago, donde nació Antonio, el primero de los Maceo Grajales, destinado a ser símbolo del carácter indómito de los cubanos. Ya con cuatro hijos de Marcos, formaliza matrimonio en 1851.

FRAGUA DE VIRTUDES

En Majaguabo, donde pasan la mayor parte del tiempo, le nacen al nuevo matrimonio María Baldomera, José Marcelino, Rafael, Miguel, Julio, Dominga de la Calzada, José Tomás, Marcos y María Dolores Maceo Grajales, quien falleció a los 15 días de nacida.

Según testimonios de allegados, Mariana se mostraba tierna y amantísima con su prole, compuesta por 11 varones y dos hembras, pero, llevada por su formación, ejercía a la vez una disciplina como de campamento, haciendo de la casa un lugar ordenado y limpio donde las comidas tenían horarios fijos y nadie podía permanecer fuera del hogar pasadas las diez de la noche.

En la morada no se discutía delante de los hijos y las decisiones eran el fruto de común acuerdo entre Mariana y Marcos. No había preferencias hacia ninguno de los muchachos y el esposo se cuidaba mucho de cualquier gesto o expresión que lastimase el amor propio de los Regüeiferos. A unos y otros la gente los reconocía por su modo pulcro de vestir y comportarse y por los valores de que hacían gala.

Pero esos valores morales, esa actitud ante la vida inculcados por la madre ejemplar, el espíritu de justicia, acentuado en la existencia autónoma en el campo, no tardarían en reñir con el estado de cosas derivado de la opresión del régimen colonial.

CAMINO AL SACRIFICIO Y LA GLORIA

El 10 de octubre de 1868 estalla en Cuba la Guerra proclamada por Céspedes en su ingenio La Demajagua y comienzan los alzamientos en distintas localidades de Oriente. Se dice que dos días después Marcos Maceo envió a su hijo Miguel a la tienda de los hermanos Palencia, cerca de San Luis, a donde había llegado un grupo de insurrectos a las órdenes del capitán Rondón, viejo amigo de la familia.

Según esas fuentes, Rondón vino al encuentro de los Maceo Grajales y recibió de ellos un grupo de caballos, armas y algún dinero, al tiempo que preguntó cuál de los jóvenes estaría dispuesto a seguirlo a la manigua, recibiendo respuesta positiva inmediata, por lo que al menos tres de ellos —Antonio José y Justo— habrían marchado con el grupo rumbo a Ti Arriba.

Se dice también que, llena de ardor patrio, Mariana buscó un crucifijo y ante ese símbolo de su fe católica hizo repetir a sus hijos, hincados de rodillas: “Juremos libertar a la patria o morir por ella”, voto que resultaría profético.

Pero, según el historiador y periodista Joel Mourlot, en la propia zona de Majaguabo, donde la familia tenía sus fincas, se fundó en septiembre de 1868 una Junta Popular vinculada a la conspiración separatista que estalló el 10 de octubre, y que pocos días después del Grito de Yara salió de allí el primer grupo de hombres integrantes de la famosa Sección de Majaguabo para incorporarse a los insurgentes, la que iba encabezada por Antonio Maceo.

Era el comienzo de un calvario. En cualquier caso, no existen palabras para describir el dolor de una madre ante la pérdida de un hijo. Mariana pasó por la durísima prueba de perder a siete de sus vástagos, sin que flaqueara su espíritu indomable.

De los Regüeiferos Grajales todos perecieron en la guerra, pues Felipe fue fusilado siendo capitán; Fermín cayó el 18 de abril de 1874 en la acción de Cascorro, Manuel, que era sargento, sucumbió en el combate de Santa Isabel. Justo, quien tenía grados de capitán, fue capturado cerca de los predios familiares en San Luis, Oriente, y luego ejecutado.

De los Maceo, el primero en caer fue Marcos, el padre de familia, en el combate de San Agustín de Aguarás, el 14 de mayo de 1869; en tanto Julio, con grados de subteniente, pereció de forma heroica en Nuevo Mundo el 12 de diciembre de 1870. A Miguel Maceo, con grados de teniente coronel, le tocó caer junto a su hermano Fermín Regüeiferos en el combate de Cascorro.

Y aún habría de sufrir Mariana otra gran pérdida cuando Rafael,

uno de los tres generales que dieron los Maceo, fue hecho prisionero al finalizar la Guerra Chiquita y enviado a la cárcel de Chafarinas, en Marruecos, donde falleció el 2 de mayo de 1882.

EPÍLOGO GLORIOSO

La terminación de aquel ciclópeo empeño de 10 años sin abolición de la esclavitud y sin independencia, tiene por sí mismo que haber resultado para Mariana la mayor de las frustraciones posibles, sobre todo después de la pérdida de siete de sus retoños y de su esposo en diferentes lugares y circunstancias.

Solo le quedaban entonces Antonio y José, verdaderos titanes guerreros forjados en la lucha, y Marcos y Tomás, quienes acusaban en sus cuerpos los estragos de múltiples heridas; así como Baldomera y Dominga, las que como Mariana se habían incorporado a la contienda y laborado en hospitales de campaña.

De aquellos días inciertos, cuentan la abnegación singular de Mariana, multiplicándose en campamentos y prefecturas, curando heridos, lavando y zurciendo ropa, cuidando a los enfermos, incansable en su prédica patriótica que contribuía al restablecimiento físico y espiritual de los internados para que tornaran cuanto antes al campo del honor.

Antonio, que tan alto brilló en la pelea, quiso evitar que ella acabara como trofeo de las huestes hispanas, que la tenían localizada en la zona de Toa, de manera que, con cuidado y diligencia, movió cielo y tierra hasta que logró embarcarla en mayo de 1879 en un buque de pabellón francés rumbo a Jamaica, junto a su amada María Cabrales.

En Kingston fijarían la humilde residencia para un exilio que devendría prolongado, limitado para Mariana por las circunstancias de entonces en torno a Cuba, y su propia salud, ya endeble debido a sufrimientos y privaciones. Allí estaría acompañada por Baldomera y Dominga, y también por su nuera María.

Pero mientras por fuerza mayor la madre de los Maceo permanecía alejada del crisol de la lucha, lo mejor de su pueblo se movilizaba en pos de hacer valer los ideales a los que ella y su generación lo habían ofrendaron todo. El nuevo y tenaz esfuerzo estaba guiado por un hombre excepcional: José Martí, quien guardaba para ella lo más puro y sensible de sus sentimientos.

A Mariana en vida le dedica Martí hermosos epítetos desde Patria el 14 de marzo de 1892, luego la visita en su entrañable hogar y conversa largamente con ella. Cuando fallece el 27 de noviembre de 1893, escribe de nuevo sobre la heroína las más cariñosas y cálidas palabras: “No hay corazón en Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura”. Y es que Mariana —reconoció— le había llegado al alma.

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