Serafín Sánchez luchó por Puerto Rico

A 169 años del nacimiento del prócer espirituano, Escambray aborda una faceta poco conocida de su pródiga existencia: su solidaridad con la causa de la independencia de Borinquen

escambray, serafín sánchez

Refería en el exilio el periódico Yara, hace 131 años, que ya en 1883 durante su estancia en tierra dominicana el general Serafín Sánchez organizó entre los emigrados cubanos en Santo Domingo un club revolucionario al que bautizó con el nombre de Lares y Yara.

La evocación de estas dos gestas es una muestra de los sentimientos internacionalistas que latían en Serafín, quien se adelantó una década a los acuerdos tomados por el Partido Revolucionario Cubano de hacer de la guerra de Cuba, guerra de liberación también de Puerto Rico. Ese día en sus palabras inaugurales expresó el espirituano:

“Lares y Yara, dos pueblos separados por el mar y el tiempo, pero que la idea, la necesidad, la dignidad ha unido en estrecho abrazo. Lares es Puerto Rico, que protesta en septiembre; Yara es Cuba que protesta en octubre. Dos pueblos de una familia de pueblos hermanos que protestan contra una misma tiranía monstruosa y secular”.

Esta última referencia, que aparece en la obra de Luis F. del Moral Serafín Sánchez, un carácter al servicio de Cuba —Editorial Mirador, México-Habana, 1955— llama la atención sobre un tema apenas abordado: el de los aprestos y la actitud de Serafín en torno al problema de la independencia de Borinquen, porque, diluido en la temática más abarcadora y priorizada de la emancipación de Cuba, aquel quedó tristemente relegado a un segundo o tercer planos.

En sus conversaciones en Quisqueya durante la permanencia de 11 años de Serafín allí, él y Máximo Gómez abordaron más de una vez el tema de la manumisión de Puerto Rico, lo que sale a colación en algunas “líneas al vuelo” en la correspondencia entre ambos.

En 1891, convencido de que si algún porvenir le esperaba a la Revolución cubana estaba junto a José Martí, marcha Serafín a su encuentro en Nueva York, sumándose de inmediato a los trajines organizativos del nuevo esfuerzo libertario. Martí le prodiga fraternal acogida y surge entre ambos una amistad que crece por día.

Juntos asisten a reuniones y veladas patrióticas. En aquellos encuentros nocturnos y en sus conversaciones íntimas, saltaba a menudo a la palestra el tema de Puerto Rico, sobre el cual  comprobaron con satisfacción la total coincidencia de opiniones.

Cuando a inicios de 1892 Martí y sus auxiliares más allegados redactan los documentos fundacionales del Partido Revolucionario Cubano, allí estaba —no podía faltar— la referencia expresa que fijaba dentro de los objetivos de la guerra que se preparaba, lograr,  junto con la independencia de Cuba, la libertad de Puerto Rico.

UNA MISIÓN CASI SUBLIME

No fue casualidad, entonces, sino afortunada coincidencia el que, en los cruciales días de inicios de octubre de 1896, en plena guerra del 95, Máximo Gómez instruyera al Mayor General Serafín Sánchez para que diera todo su apoyo al teniente coronel Enrique Loynaz del Castillo, de cuna borinqueña, en sus esfuerzos por llevar a Puerto Rico una expedición armada para luchar por su independencia.

El plan concebido consistía en efectuar la extracción de todo el tabaco almacenado en la costa norte de Las Villas, situarlo en un punto del litoral próximo a Yaguajay y desde allí cargarlo a bordo del vapor que traería armas y pertrechos para la expedición a Borínquen.

En pago del tabaco, la empresa adquirente debía entregar a Sánchez, 1000 rifles y 100 000 cápsulas, de cuya cantidad se destinarían 500 rifles y 75 000 cápsulas a la disposición del General en Jefe, y los restantes 500 rifles y 25 000 cápsulas quedarían a bordo para armar al contingente invasor que el mismo barco conduciría a la costa sur de Puerto Rico y lo desembarcaría allí antes de continuar con su cargamento hasta el puerto de destino.

En estos trajines se encontraba inmerso el Mayor General, que había arreciado sobremanera su campaña bélica en la jurisdicción espirituana, librando una acción tras otra, cuando el 17 de noviembre regresa a la llanura de Sancti Spíritus donde se encuentra con Loynaz, quien escribió en su diario: “Me ordenó acompañarle, que él marchaba con ese objetivo hacia la costa”. Lo que quería decir que iba en cumplimiento de la misión fijada hacia la zona de Yaguajay.

Pero el adalid espirituano no ceja en su afán por golpear al enemigo colonialista y ese propio día lo bate en Manaquitas y por la noche conmina al mando peninsular en Sancti Spíritus a encontrarse en las márgenes del Zaza. Por desgracia, ya en los lances finales de ese monumental combate contra más de 2 500 soldados de Iberia, cae Serafín haciendo historia en el célebre Paso de Las Damas.

DESPUÉS DEL DESASTRE

La propia noche del 18, con el cuerpo de Serafín tendido en Pozo Azul, el teniente coronel Loynaz se dirigió al General Francisco Carrillo en solicitud de sus órdenes y presencia en la realización del traslado del tabaco, recibo del armamento y embarque de los revolucionarios, pero el aludido expresó que no estaba autorizado en ninguna forma, ni oral ni escrita, para tal empresa.

Carrillo alegó que conocía del asunto solo por las conversaciones tenidas con el General Sánchez, que lo único que podía hacer era enviar esa noche, con la mayor urgencia, un expreso a Máximo Gómez, informándole de la muerte de Serafín y solicitando instrucciones. Así lo hizo, pero mientras estas eran aguardadas se acercó a la costa el vapor, sin que pudiera hacerse el trasiego de tabaco y armas porque no llegaba la orden superior para proceder.

El tiempo pasaba y los expedicionarios se fueron reincorporando a sus unidades. Poco después los españoles invadieron la zona tabacalera y los cubanos, no pudiendo en aquellos momentos defender las casas de tabaco, las incendiaron. “En el humo de aquel incendio —escribió Loynaz— se disipó la esperanza de la expedición libertadora de Puerto Rico”.

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