Añeja torre de la Iglesia Mayor espirituana, atracción veraniega

Reflejo del tesón de los constructores de antaño, la torre-campanario de la Iglesia Parroquial Mayor de Sancti Spíritus deviene una de las principales atracciones para nacionales y foráneos

Iglesia Parroquial Mayor, la más antigua de Cuba.
Iglesia Parroquial Mayor, la más antigua de Cuba.

Ubicada justo en el centro histórico de la ciudad espirituana y testigo de los más disímiles acontecimientos, esta construcción pertenece a uno de los monumentos arquitectónicos más relevantes del período colonial en Cuba, de ahí que cada año cautive a todos aquellos que llegan hasta esta provincia para contemplarla.

Única a un lado del inmueble y edificada luego de la visita del obispo Espada en 1891, según recogen documentos históricos, tiene tres cuerpos cúbicos que disminuyen ligeramente en ancho y ostensiblemente en altura y llegó a ser en su momento la torre más alta de la Mayor de las Antillas.

Su altura inicial fue de 40 metros, equivalente a un edificio de 15 pisos, pero varias descargas eléctricas afectaron la cúpula y a mediados del siglo XIX se le dio el remate que aún conserva, por lo que actualmente el campanario del conocido Templo del Espíritu Santo posee 86 escalones elaborados con maderas preciosas y unos 30 metros.

Pese a las altas temperaturas, quienes se atreven a subir aseguran que allí se respira el aire fresco y se puede observar gran parte del terruño espirituano y también admirar sus enormes campanas, las cuales, al sonar, recuerdan a los pobladores que en el corazón de la otrora villa todavía se erige, majestuoso, el templo católico más antiguo de esta región central.

Acompaña a la torre-campanario un reloj que da la hora para el norte y para el sur de esta ciudad y data de 1911, pero el primero que tuvo fue comprado en 1771 con 600 pesos reunidos por el pueblo.

Este reloj ya forma parte de la vida de los espirituanos, por lo que muchos recurren, confiados, al gran círculo donde giran las manecillas para garantizar la puntualidad de sus quehaceres.

En algunos momentos de su larga existencia, la vieja maquinaria detuvo el paso y fue como si dejara de latir el corazón de la ciudad e incluso, aquellos que antes ni siquiera repararon en él, lo reclamaron de igual forma.

Ya sus sonidos se han tornado habituales con el tiempo, pero sigue atrayendo las miradas de los transeúntes cada vez que anuncia el paso de cada hora, mientras, desde su altura, observa a los caminantes y se muestra “orgulloso” de resistir tempestades o porque “sabe” que es herramienta fundamental de la vida.

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