Convertir al maestro en prioridad real

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“Tenemos que atender mejor a nuestros maestros”, aseguró la Ministra. (Foto: Oscar Alfonso)

Desgarrada como está ahora mismo, la otrora alfabetizadora, que entregó casi 50 años de su vida al quehacer pedagógico, solo piensa en el aula donde ya no enseñará más. Con una trayectoria envidiable en la preparación integral de sus pupilos, que les valió ganar, más que concursos, habilidades para la vida, y una evaluación de MB durante muchos períodos académicos, selló su desempeño laboral en la etapa precedente con una categoría inferior. ¿Razón? El espacio de tiempo que debió compartir entre la escuela y su madre enferma, enteramente a cargo suyo.

Los ojos húmedos y enrojecidos de la maestra, con quien había conversado tan solo días atrás, aparecieron de improviso cuando Ena Elsa Velázquez, ministra de Educación, esgrimió argumentos sobre lo que urge hacer respecto a la atención al docente. En su parada en la provincia durante el recorrido para ultimar detalles del curso que comenzaría, recalcó: “Tenemos que atender a nuestros maestros, hay otras atenciones que no son de salario ni a nivel provincial o de país. Hay que razonar qué se puede hacer para ayudarlos, acercarles algunos servicios básicos y necesarios, podemos hacer más”.

Después, en sus declaraciones a la prensa, sería incluso categórica: “Yo creo que se pueden hacer muchas cosas más de las que está haciendo Sancti Spíritus (…). El ambiente de la escuela es determinante: la unidad, la comprensión con quienes tienen hijos pequeños y personas enfermas en la casa”, especificó, como si adivinara vivencias más o menos recientes. Y es que, herido como está el territorio desde hace década y media por la desproporción entre los maestros y profesores que dejan las aulas y los que entran nuevos, con tantos a favor de los primeros, se precisa de fórmulas urgentes y eficaces.

Bien lo explicaba la Titular: no se puede pensar solamente en el hoy, sino también en la estrategia para el mañana, en qué hacer con el objetivo de que ingresen a la Universidad más estudiantes en las carreras pedagógicas y eso es algo que no se consigue a las puertas del Alma Mater. La urgencia parte de una realidad: ni quienes egresan de las Escuelas Pedagógicas resultan suficientes para completar la cobertura de Primaria, Preescolar y Educación Especial, ni los que logran vencer la Educación Superior alcanzan por asomo para las Secundarias Básicas, los Preuniversitarios y Politécnicos. Este verano, por ejemplo, se titularon solo 62 y pocos de ellos en especialidades que se imparten frente al aula.

La tendencia actual apunta a la posibilidad de que se requiera de más personal ajeno, pero sucede que una escuela con contratos no funciona y eso se encargaría de recalcarlo Ena Elsa Velázquez, quien tiene bien claro que en tales casos se resuelve la impartición de determinada asignatura, pero no se despliega el trabajo educativo inherente a la escuela, al que son ajenos tales trabajadores.

La cobertura docente, empero, no fue lo único que le interesó a la hora de ponderar las múltiples aristas de las que depende la labor formativa integral en esta porción del país. “Los recursos por sí solos no garantizan el proceso docente educativo”, apuntó tras conocer que en esencia la arrancada del curso estaba garantizada, y ahondó en cada aspecto expuesto en el informe de la Dirección Provincial. Puso énfasis en el modo en que se ha pronunciado el Estado en cuanto a la atención a los niños sin amparo familiar, el imperativo de atender con respuestas los planteamientos de los pioneros en su Congreso, que versaron sobre el estado constructivo y el funcionamiento de sus instituciones, la enseñanza de la Historia, con el consiguiente empleo de las potencialidades locales y, no por último menos importante, las lagunas en la formación vocacional y orientación profesional.

En este apartado, intrínsecamente ligado al problema mayor, falta mucho camino por andar. Hubo años de esplendor repetidamente evocados no solo por los medios de prensa, sino además y sobre todo por sus protagonistas: los niños de entonces y los maestros y profesores que despertaron en ellos el amor hacia profesiones y oficios por los que fueron absorbidos.

Debiera resultar sintomática la indagación de la Ministra por cada detalle que amenace el desempeño del arte de enseñar y aprender hasta en el último rincón espirituano. No escaparon de su indagación el almuerzo de los maestros del Plan Turquino, los pormenores en la adquisición de los uniformes, la comunicación con la familia en casos en los que habrá cambios de locales o de condiciones para sus hijos, el dictamen de Salud allí donde estaba en riesgo la higiene o la inocuidad de los alimentos, el uso que se dará a cada nuevo recurso asignado, los cálculos para cubrir con las denominadas alternativas las plazas vacías, la realidad detrás de los números que hablan de la continuidad de estudios.

Pero su acento estuvo siempre en el factor determinante: la atención al maestro, algo que puede medirse en ocasiones a través de hechos al parecer intrascendentes, como el tono de una respuesta, la reacción ante un problema particular o el modo en que se inician un acto o una reunión. Si en lugar del elogio, como aconseja la prudencia, esa cita comienza con el regaño por lo no conseguido o lo que la visita no debió percibir, quien pretende alentar termina por sumar desánimo. Bien se sabe que no solo la escuela determina, pero ya va siendo hora de convertir al maestro en prioridad real para que quienes vienen detrás sientan el incentivo.

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