Cuando Fidel regresó al Escambray espirituano

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Desde el triunfo revolucionario, Fidel visitó el Escambray para alentar los planes de desarrollo en esas serranías.

“¿Tú te quieres operar el labio ese?”, preguntó Fidel a Mateo Ojeda Macías, colocándole el brazo sobre el hombro. Ante los comentarios jaraneros de los demás constructores, el visitante espetó: “Si somos capaces de derrumbar esas lomas, si somos capaces de derrumbar esos buldóceres cuando se rompen, ¿cómo no vamos a ser capaces de arreglar a los hombres?… y cuando estés bien hasta una novia te buscamos, te ayudamos a encontrarla”.

 

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Con labio leporino de nacimiento, el obrero quedó pasmado de la sorpresa. El Jefe de la Revolución, en una de sus frecuentes apariciones en los viales que se abrían paso en el Escambray, había llegado ese día de diciembre de 1970 a la carretera La Felicidad-Polo Viejo-Limones Cantero. Al mes siguiente se produciría el primer viaje de Mateo a la capital, con hospedaje por varios días en el hotel Habana Libre. Luego vendría la operación, sobre cuyo éxito comentaría más tarde: “Ya ni la rayita de la unión se me ve”.

“Las visitas de Fidel a la brigada constituyen los momentos más emocionantes y nos dejan a todos el espíritu impregnado de entusiasmo: los compañeros pasan después los días comentando las incidencias del encuentro y el hecho de cómo un jefe de Estado, con mil problemas sobre sí, halla tiempo para darnos vueltas e interesarse por los problemas nuestros”, relataba a la prensa de la época Eutimio González Cabrera, responsable de la brigada que construía la carretera de Güinía-El Algarrobo-Condado.

No somos responsables del mundo de ayer, no somos responsables del mundo viejo, ¡pero somos responsables del mundo de mañana!, ¡Somos responsables del futuro!

Con una alta valoración sobre el quehacer de aquellos hombres que, según sus palabras, atravesaban el Escambray de Norte a Sur, Fidel aprovechaba cada oportunidad para alentarlos. Fue así que el 10 de diciembre del Año de los Diez Millones, como parte de su recorrido por el lomerío, El Algarrobo vivió el asombro de la presencia del líder, quien llegó en uno de los tres jeeps verde olivo y causó el alboroto del vecindario. No desdeñó el saludo de nadie y hasta se mostró cordial en cada diálogo, pero se dirigió, resuelto, hacia las naves del internado Enrique Villegas, que abría sus aulas a alumnos de quinto y sexto grados de toda la serranía desde el comienzo del curso. Antes había acogido a muchachos de Secundaria Básica.

Probablemente fueron las canchas de basquetbol y voleibol, ubicadas inmediatamente después del enorme árbol, las que atrajeron su atención. Tras su llegada, Fidel se entregó a la práctica deportiva con un grupo de trabajadores y estudiantes. Muchos de estos últimos tenían hasta 14 y 15 años.

“Andaba con botas y preguntó si no habría por ahí un par de tenis. Serafín, el administrador, le buscó unos; le quedaban algo apretados, así que les cortaron las puntas y, luego de una broma, se los puso. Comenzó a jugar pelota en este terreno, delante de la escuela. Después jugó un poco de básquet en esa cancha”, relata Alfredo Medina Naranjo, quien tenía por aquel entonces unos 12 años.

“Mi hermano Ramiro fue de los que jugaron pelota con él. Cuenta que Fidel pidió le buscaran al que más supiera de ping-pong, y le trajeron al ‘ruso de Güinía’. No, no era ruso, pero le decían así. Era un mulato de pelo medio colora’o, jugó lo mejor que pudo y qué va, Fidel le ganó. Después echó un partido de voleibol”, detalla Alfredo.

Otros pormenores emergen en el relato de Romelio Fonseca, quien se desempeñaba como plantero y turbinero de la escuela: “Estaba en el cafetal con unos alumnos y me mandaron a buscar. Cuando llegué ya el juego de pelota estaba andando. Los de la escuela lo incitaron a que jugara básquet, y él, en jarana, le dijo a Arnaldo Milián (primer secretario del Partido en Las Villas) que les contara cómo había sido la cosa en Güinía, que si hizo tal o mas cual cantidad de tantos. El equipo nuestro tenía varios profesores de Educación Física; le dijeron que tal vez los de Güinía eran lisiados, que con ellos la cosa sería diferente y en realidad iban ganando el partido. Al ver aquello Fidel, fingiéndose bravo, acusó a la profesora que hacía de árbitro de cometer trampa, ya que intercambiaba miradas con Silvio Vivas, jugador del equipo contrario. ‘Seguramente ustedes son novios, por eso es’, dijo sonriendo, como pretexto para poner a Milián en el arbitraje. Aquello se convirtió en una diversión”, relata Romelio.

“Después de los juegos se reunió con el colectivo e indagó sobre las inquietudes —apunta—. Se le plantearon tres: la necesidad de una guagua, la mala iluminación de la cancha y la solicitud de un cuadro de pelota. Esa última petición la formulé yo. Él iba diciendo cada vez: ‘Anota ahí, Milián’, o ‘Anota, Chao’ (el entonces jefe de la Región Escambray). Todas fueron resueltas en breve plazo.

“Aquel recorrido se realizó entre el 10 y el 12 de diciembre por toda la zona montañosa y empezó por la carretera Condado-Güinía. También estuvo en Cumanayagua, fue a Trinidad, La Sierrita y Topes de Collantes. Eso lo corroboré yo en documentos históricos que tuve a mi alcance”, puntualiza el productor cafetalero.

Todo esto será de ganadería y tabaco. Más áreas de vegetales y viandas para el consumo de la región, y forestales en las montañas.

En sus andanzas por parajes montañosos, hoy pertenecientes al municipio de Trinidad o aledaños a él, el Jefe de la Revolución insistía una y otra vez en propósitos fundamentales. Al visitar el internado Conrado Benítez, de Pitajones, comentó lo relativo al retraso escolar y la aspiración de instalar en centros como aquel a más de 5 500 estudiantes de sexto a décimo grados.

En Güinía pernoctó una noche y al amanecer, feliz de saberlo allí aún, Anolan Turiño se apuró a reparar el desliz del día anterior, cuando pudo verlo, pero no complacer a su hijo, que añoraba estrechar la mano de su ídolo. Directora del centro escolar del pueblo, hizo algo “incorrecto”, según su propia apreciación: pararse en medio del camino ante la imposibilidad de sortear el tumulto que rodeaba al Comandante. Como era de esperar, él detuvo el jeep y preguntó qué le sucedía: “Es que mi hijo quiere saludarlo”. Una vez satisfecho el deseo, ella conminó al niño a decir lo que tenía pensado, pero la frase quedó trabada en la garganta infantil. “Fidel, yo te quiero mucho”, musitó bajito el pequeño un rato después, cuando el carro había desaparecido.

“El hecho de que el Comandante venga, converse con cualquiera aquí, le ponga el brazo por encima a cualquiera pese a andar uno siempre enfangado, sudado, lleno de grasa…, eso le toca al hombre en lo más íntimo”, confesaba luego de una de aquellas visitas Demetrio Ramos, responsable de mantenimiento de los equipos pesados que construían la carretera Manicaragua-Jibacoa-La Felicidad-Topes de Collantes.

Los más de 4 000 kilómetros cuadrados de superficie sobre los que se levantaba el Escambray al triunfo del Primero de Enero de 1959 sufrían a finales de 1970 una transformación radical. Ya no estarían más fragmentados en parcelas cultivadas individualmente y sin adecuación a la técnica ni a la topografía del territorio. Muchos de sus 205 854 habitantes, según el censo de aquel año, dejaban ruinosas casas para irse a vivir a poblados levantados con su propio esfuerzo, o con el de sus coterráneos.

Llegará el día en que ni ustedes mismos conozcan el Escambray, porque va a ser un centro de progreso, de civilización, de desarrollo, de riquezas…

Fidel insistía en hacer no solo casas, sino también otras obras sociales: “…caminos, lecherías, presas, hay que producir. Hay que llevar todo eso parejo”. Instaba a reforestar el lomerío, de donde habían desaparecido muchísimos árboles y en su lugar señoreaba el marabú.

Las montañas que más adelante pasarían a formar parte de la provincia de Sancti Spíritus, con toda su gente incluida, asistían, sin saberlo, a un momento especial: Fidel regresaba de tanto en tanto, no para consumar acciones libertarias ni para dirigir la lucha contra los bandidos que se empeñaban en frustrar el progreso, sino para transformar el Escambray en un paraje digno, donde los lugareños vivieran complacidos de su realidad y produjeran cuanto fueran capaces de sacarle a la tierra.

Nota: Las frases en cursiva, pronunciadas por Fidel Castro Ruz, al igual que algunos testimonios, fueron extraídos del libro El Escambray en ascenso, editado en Las Villas en 1973.

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