El general obrero

Uno de los jefes militares más capaces de nuestras guerras independentistas, el General espirituano Serafín Sánchez Valdivia, ganó reconocimiento también como maestro en campaña, escritor, periodista y humilde tabaquero de la emigración

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El Mayor General Serafín Sánchez en un óleo del pintor Francisco Rodríguez.

La escultora Thelvia Marín, fallecida recientemente, no escogió una escena de guerra como leitmotiv para el conjunto escultórico dedicado al Mayor General Serafín Sánchez Valdivia en la plaza que lleva el nombre del espirituano, combatiente en las tres contiendas libertarias contra la metrópoli española y reconocido como un hombre imprescindible en la consecución de la unidad entre los viejos guerreros del 68 y los pujantes pinos nuevos.

La artista confesó más de una vez que la idea de esculpir al Serafín maestro le llegó cuando supo que durante la Guerra Grande el prócer dedicaba horas de su descanso en las maniguas del Camagüey para alfabetizar al soldado Qui­rino Amézaga, un africano traído como esclavo presumiblemente desde la Guinea Portuguesa, que no dudó en levantarse y combatir contra Es­paña hasta la hora de la muerte.

Thelvia había escuchado muchas de las historias de la guerra por boca de Raymundo Sán­chez, hermano de Serafín, quien acostumbraba a cautivar a la niña con la leyenda de un ge­neral que fue escritor y editor de libros, tabaquero en Cayo Hueso, amigo de Gómez y de Martí y que en la más absoluta pobreza alternaba con su amigo Francisco Carrillo el único par de za­patos con que contaban ambos para se­guir ha­ciendo proselitismo.

Nacido el 2 de julio de 1846, Serafín se levantó en armas a los 22 años de edad al frente de 45 hombres en Los Hondones, cerca de Bella­mota, y en cuestión de pocos meses libró de­cenas de combates, ganó autoridad y sufrió la amarga experiencia de ver caer a dos de sus primeros jefes: Honorato del Castillo y Ángel Cas­tillo.

Un trance novelesco resume en buena medida la recia personalidad y los sentimientos de quien fuera bautizado como El Paladín por uno de sus biógrafos, el escritor Gerardo Cas­tellanos: tras un brote de cólera que diezmó a la tropa en la finca Los Guanales, la jefatura solicitó voluntarios para ayudar a los en­fermos en sus últimos momentos y proceder al enterramiento urgente de los muertos que se sucedían.

De los 22 hombres que asumieron la arriesgada misión, solo siete lograron sobrevivir aquel episodio de sombras, que muchos años después el propio Serafín relataría a sus compañeros de trabajo en la emigración y que Thelvia Marín re­crearía en los bajos de la plaza espirituana.

DE GUERRA EN GUERRA
Bajo las órdenes de Agramonte combate Se­rafín en el Camagüey, donde a la muerte del Ma­yor se alista con Gómez en La Sacra, El Naranjo, Mojacasabe, Palo Seco, Las Guásimas y luego re­gresa a Las Villas, libra decenas de acciones de guerra y se mantiene sobre las armas hasta que sobreviene el fatídico Pacto del Zanjón.

Pacientemente soportó Serafín las acusaciones odiosas que sobre él se formularon, cuando en circunstancias muy adversas para la Revo­lución debió llegar en persona hasta el Palacio de Gobierno y negociar con el mismísimo Arsenio Martínez Campos la salida de la Isla del Brigadier Ramón Leocadio Bonachea, quien se mantenía sobre las armas en el centro del país, pero asfixiado por la persecución española.

Fracasada la llamada Guerra Chiquita en la que también interviene, comienza su peregrinar por Nueva York, Nassau y Dominicana, don­de logra asentarse en condiciones tan mo­destas que según versiones familiares, Máxi­mo Gó­mez, je­fe y maestro en Camagüey, decide dejar de fu­mar para reunir dinero y comprarle una leva nueva a su discípulo y compadre.

“(…) escríbale al general Gómez, escríbale a los demás jefes de la guerra, que estén dentro y fuera de Cuba y dígales a todos sus amigos que nosotros estamos dispuestos a luchar de nuevo y a triunfar a toda costa”, le pide a Martí, con quien establece después de 1890 una copiosa correspondencia que en buena medida ilustra la amistad ejemplar surgida entre los dos re­vo­lucionarios al calor de los preparativos de la Guerra Necesaria.

DE COLUMNA HASTA LA ESTATURA
Preocupado por la situación económica de Serafín, Martí escribe una suerte de carta recomendación al rico industrial y patriota cubano Eduardo Hidalgo Gato, que resume las consideraciones que ya para entonces tenía el Apóstol sobre el hombre que se había sacrificado du­rante más de 20 años por su patria: “De soldado se anduvo toda Cuba”, decía la misiva del Maestro y a seguidas: “(…) adquirió gloria justa y grande. Es persona de discreción y de manejo de hombres, de honradez absoluta y de reserva y como usted lo ve tiene de columna hasta la estatura”.

Por Punta Caney, al sur de Sancti Spíritus, regresó el General Sánchez a su patria al frente de una de las más importantes expediciones de la última guerra y bastó que tocara tierra para que se levantaran en armas todos los seguidores de la comarca, incluido aquel esclavo al que él había enseñado las primeras letras en los campamentos del Camagüey.

Meses más tarde, ya con un contingente de casi 2 000 villareños reunidos bajo su mando, se incorpora a la invasión, donde resulta protagonista en los combates de Iguará, Casa de Te­jas, Boca del Toro, Mal Tiempo, Jovellanos, Co­liseo, Calimete; es designado Inspector Ge­neral del Ejército Libertador, en cuyas funciones viaja a Oriente y se entrevista con Calixto García y José Maceo, y luego regresa a Las Villas, donde se mantiene en campaña hasta su muerte el 18 de noviembre de 1896.

Exactamente un año antes, cuando lo “descubrió” en Lázaro López, el Brigadier Bernabé Boza, jefe del Estado Mayor del Generalísimo, no pudo contener sus elogios para aquel hombre “fino y culto”, autor de Héroes humildes y compilador de Los poetas de la guerra, que tanto bien había hecho a la causa cubana: “Este  jefe —apuntó en su diario de campaña— es, después de Gómez y Maceo, el mejor general que tenemos en la guerra hoy”.

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