Fidel: la brevedad de un abrazo

Cuando las cenizas del líder cubano Fidel lleguen este 3 de diciembre a Santiago de Cuba, aún será recordado el homenaje de Sancti Spíritus

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Nunca antes Sancti Spíritus pareció tan triste. (Foto: Reidel Gallo/ Escambray)

En las camisas blancas, en los pañuelos de varón, en la imagen del cuadro apretado al alma y con marcas visibles de haberse descolgado de la pared este jueves, lágrimas de claveles y voces que no dejaron lugar al silencio.

El paso de sus cenizas por Sancti Spíritus tuvo la brevedad de un abrazo y la eternidad de muchos siglos. Quedó el testimonio de las manos de decenas de miles de espirituanos que a lo largo de más de 70 kilómetros de la Carretera Central dijeron el último adiós a quien es raíz en la tierra y verso en el verso, diría el poeta.

Con sus 92 años de vida, Dalia Medina me lo confirmó. Vino con la memoria del corazón a despedir a un justo que hizo un alto aquí el 6 de enero de 1959. “El ardor que se observa entre los espirituanos es realmente incomparable, y es un acto que no convocó nadie, que lo convocó el pueblo”, dijo entonces en su histórico discurso desde los balcones de la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, otrora Sociedad El Progreso. 

Como en aquella madrugada, la naturaleza parió un día gris en este pedazo de Cuba, y de la multitud también nacieron voces: “Te queremos, Fidel”. Y la solemnidad del momento, el tránsito del cortejo fúnebre con las cenizas del líder histórico de la Revolución hizo único el instante: se dispararon las cámaras, los celulares; las banderas en la altura de los balcones ondearon con el paso de la brisa fresca. Definitivamente estaba ahí, con su brío inalterable. 

La urna de cedro, abrazada por la bandera cubana y rodeada de rosas blancas, se perdió en la mirada; la gente congregada en los alrededores del parque Serafín Sánchez se quedó susurrando canciones, a veces en sollozos, a veces en abrazos a quien tenía al lado, no importó si se conocían de hace años o si acaban de verse por vez primera. El lenguaje común era el amor a un hombre que creció a la altura de los cedros olorosos y espigados de su natal Birán.

Nunca antes Sancti Spíritus pareció tan triste. Es difícil compartir la idea de este viaje final hacia Santiago de Cuba; mas, allí regresa con su viejo uniforme, con sus viejas botas, con sus viejos espejuelos, con su viejo reloj. Allí vuelve, al monte indeleble.

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