Hogar de Niños sin Amparo Familiar, de Sancti Spíritus: en los recodos del alma

Con tres décadas de fundado, el Hogar de Niños sin Amparo Familiar, de Sancti Spíritus, ejemplifica los valores más elevados de la Revolución cubana expresados en el Programa del Moncada

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El colectivo sigue muy de cerca el desempeño escolar de los muchachos y muchachas. (Fotos: Arelys García Acosta)

En el Hogar de Niños sin Amparo Familiar, de Sancti Spíritus, hace 30 años el amor al otro es el que rompe los muros del abandono o el vacío que deja la orfandad. Ocho niños y adolescentes, hermanos sin compartir apellidos, conviven en esta casa grande, cobija segura donde el calor humano no falta y expresión concreta de los ideales manifestados por el líder histórico de la Revolución cubana en el Programa del Moncada.

Con la encomienda que hace tres años atrás dejara Gloria Pérez Valdivia, Mamá Gloria, quien dirigiera la institución desde su fundación el 28 de octubre de 1985, “seguimos abrazados a los propósitos de esta casa sin escatimar ternura”, asegura la licenciada en Defectología Maday Simón Guerra, al frente del centro en la actualidad.

“Ella me enamoró con sus actos porque sus instintos maternales siempre rompieron cualquier frontera con estos pequeños que tienen tanta necesidad de cubrir las carencias afectivas de mamá y papá”, reflexiona Maday Simón.

“Veinte personas trabajamos aquí, entre ellas auxiliares pedagógicas y asistentes generales que velan por los horarios de estudio, baño, alimentación, sueño. Siempre hay quien los acompaña en las noches por si tienen miedo o pesadillas. Hemos bajado sus fiebres; no nos hemos apartado de la cabecera de la cama cuando han estado ingresados en el Pediátrico”, explica la directora.

En la cotidianidad de esta familia donde no son precisamente los lazos de consanguinidad la razón que los une, la asistente Lourdes de la Cruz Abreu lleva 17 años dándose a estos infantes, cada uno con una historia pasada marcada por las desventuras del destino.

“Las mismas jimaguas Yasira y Roxana llegaron aquí con cuatro años y eran niñas muy difíciles a la hora de bañarlas, de darles los alimentos —comenta Lourdes—.Por estos pasillos las vimos correr; ahora tienen 15 años, ya son nuestras hijas afectivas, casi de sangre”.

“Los hay que ya son hombres como Yasserd, quien tiene 20 años; él lleva ocho viviendo aquí y es nuestro niño grande. Así aprendemos a verlos, por ese cariño materno, por lo que tienes que inventarles a diario en la cocina para que coman, por las veces que les aconsejas, o que les escuchas una confesión. A todos hay que asumirlos como hijos; uno debe llegar aquí sin pensar en horario de salida ni en salario”, afirma De la Cruz Abreu.

La entrada al mundo de estos pequeños necesita tejerse con los hilos de la sensibilidad, subraya Dunia Martín Gorrín, trabajadora social. “Aunque muchos tengan tíos, abuelos, primos; nosotros somos la familia más cercana que tienen ellos, los que asistimos a las reuniones de padres en sus escuelas, estamos pendientes de sus notas, de sus noviazgos, de sus salidas al parque, de los amigos que tienen. Buscamos que intercambien con la comunidad, que no se sientan ajenos y diferentes a otros niños”, añade Dunia Martín.

OTRA HISTORIA

El Hogar de Niños sin Amparo Familiar, de Sancti Spíritus, el tercero creado en el país, forma parte de una red nacional de centros de asistencia social donde se acoge a niños, adolescentes y jóvenes sin amparo, a los cuales se les proporciona alimentación, atención médica, condiciones de vida y educación para que lleguen a la edad adulta mejor formados.

La casona por donde han transitado más de medio centenar de estos muchachos y muchachas se edificó en 1918 por la acaudalada señora María de la Concepción Hernández y Rodríguez Venegas, nieta por línea paterna del Conde de Villamar.

Para entonces María de la Concepción tenía 19 solares en la parte norte del pueblo, cinco casas en el área antigua y la finca rústica Vista Hermosa. Paradójicamente, la mansión que bautizó como Villa Conchita nunca se llenó de risas infantiles mientras vivió allí. María de la Concepción quedó viuda del asturiano Manuel Toyos Fernández, sin haber tenido descendencia.

RECOMPENSA

Las notas de un antiquísimo piano conservado con esmero en la sala del Hogar de Niños sin Amparo Familiar despiden el día. Bajo el embeleso de una pieza musical de Beethoven, Kedey Amadev Rodríguez Aróstica, el más pequeño de todos, acurruca su cuerpo de solo siete años, en el regazo de la directora mamá Maday Simón; mientras, la joven de 18 años, Yeny María Hernández Entenza se reencuentra con las memorias de aquel viernes de lloviznas, cuando fue recibida en este centro después de la pérdida física de sus padres.

“Hace tres años llegué aquí con mis dos hermanos. Esta fue la familia que nos acogió, que nos ha dado alegrías, la que celebró mis 15 años en Varadero, uno de los regalos que nunca esperé. Con el apoyo de esta familia alcancé mi título de Auxiliar Pedagógica. Los tres hemos estado acompañados; eso ha sido lo más importante”, expresa Yeny María.

El corazón tiene memoria y es, además, sabio porque magnifica los buenos recuerdos. Yeny sabe de estas certezas que la vida colocó en algún recodo de su alma.

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