La Revolución puso a Jobo Rosado en el mapa

La santaclareña Aida Noris Gutiérrez llegó muy joven a esta zona de Yaguajay enrolada en la Campaña de Alfabetización

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Aida Noris: No hay nada más bonito que vivir para ver lo que esta Revolución ha hecho. (Foto: Vicente Brito / Escambray)

Veintidós años tenía Aida Noris Gutiérrez cuando en 1961, proveniente de la ciudad de Santa Clara, trajo a la zona de Jobo Rosado los aires de la Alfabetización. Entonces, ni un ápice de su imaginación podía augurarle que aquel disperso y arrinconado caserío sería el puerto definitivo de su carrera en el magisterio y de cuanta encomienda social y política tendría luego por delante.

Sentada en su casa, Aida Noris mantiene la mirada fija a través de la ventana y el Jobo Rosado de hoy no hace más que recordarle aquel lugar que conoció en los albores de la Revolución.

“Por esta zona habitaban unos 200 pobladores, casi todos en casas de guano, con pisos de tierra, sin electricidad y al camino no se le podía llamar carretera. Cuando alguien se enfermaba había que correr para Meneses o Iguará”.

Todavía la maestra recuerda la decisión que le cambió la vida. Había estudiado en el instituto situado en el parque Vidal, en el corazón de Santa Clara, y se sentía atrapada por aquellos cambios que empezaban a nacer en la isla; la necesidad de maestros para hacer la Campaña de Alfabetización llegó a sus oídos y de la noche a la mañana pasó a las filas de ese ejército.

“Aquí alfabetizamos varias compañeras, nos ponían en las casas de los vecinos, a mí me dieron como 40, después me pusieron en la escuela, la primera matrícula fue de 20 alumnos. Recuerdo que eran dos aulas hasta sexto grado, muchachos grandes, hasta de 13 años los tuve allí en primaria, porque los padres se los llevaban a trabajar para el campo y perdían las clases”.

Todavía le parece estar escuchando a su mamá, que en cada oportunidad de comunicación le hacía la misma pregunta: “¿No vas a virar?”.

“Me enamoré aquí, me casé y tuve mi hija; ahora ella y los nietos viven allá en Santa Clara. No conocía nada del campo y aquí he aprendido a vivir en él, a disfrutar la vegetación, el paisaje”.

¿Qué no olvida de la etapa de alfabetizadora?

En esta zona habían alzados, yo dormía en la casa de una viejita y un día me dijo: “Mira, mañana no duermas aquí, porque se dice que te quieren matar”; estuve tres días parando en Meneses, me iba a pie, hasta que pasó el peligro.

Te digo que aquella primera noche en el campo, oscura, me asusté, nunca había salido de la ciudad. Pero me fui adaptando y me empezó a gustar ese ambiente rural, la tranquilidad, el trato de las personas, la amistad con mucha gente de por aquí. Con seguridad te digo que ya no me adapto al pueblo, voy a Santa Clara a darles vuelta a mi hija y los nietos, pero regreso.

Lo que sí no olvido es el atraso que existía en este lugar, sin tienda ni venta prácticamente de nada; un solo televisor con una planta y casi siempre cuando lo encendían se llenaba la pantalla de rayas, me recuerdo que la gente preguntaba por qué se veía así, y el señor decía que estaba llamando a La Habana a ver qué pasaba; había mucha ignorancia. Entonces, yo les decía: “Algún día Jobo Rosado va a tener corriente, verán”, y así fue.

¿Sólo la ocupó el magisterio?

Qué va, cuando empezó el Poder Popular me eligieron delegada y fui la primera mujer que representó al municipio de Yaguajay en la Asamblea Provincial. La primera rendición de cuenta que hice fue alumbrando el local con mechones, soplaba el viento y los apagaba. Tiempo después se electrificó la zona y empezó a verse el progreso, tuve que tramitar muchos planteamientos y el poblado poco a poco fue mejorando.

Luego converso con algunas personas y les digo que no hay nada más bonito que vivir para ver lo que esta Revolución ha hecho. Esta comunidad es otra, muy diferente a aquel caserío que conocí en 1961. Fui delegada por varios años y te puedo decir que la casa más mala por mucho tiempo fue la mía, le entregaba los materiales a los demás.

¿Estar jubilada es sinónimo de recogimiento en su casa?

En Jobo Rosado aprendí a querer la Revolución y la quiero tanto que me jubilé y sigo trabajando, ahora al frente del núcleo zonal del Partido y en otras tareas que siempre aparecen.

Me agrada ver cuántas oportunidades tiene ahora la población, muchachos que conocí descalzos, hoy son maestros, médicos, se trabaja la tierra y el Estado le compra la producción al campesino. Me gustó ser maestra y sobre todo dar primer grado porque lleva mucha paciencia, mi hija también ejerce esa profesión allá en el mismo preuniversitario donde yo estudié, eso me satisface.

Pienso que esta zona del Plan Turquino pudiera estar mejor, por ejemplo, en el transporte, porque los pasajes están muy caros; otro problema está en la venta de los productos liberados, que hay que buscarlos en el pueblo.

Pero es mucha la diferencia entre aquel caserío de los años 60 y la comunidad de hoy, con médico, farmacia, tienda, restaurante, agua y electricidad. Antes nadie sabía que este lugar existía, la Revolución puso a Jobo Rosado en el mapa.

2 comentarios

  1. Linda historias de heroes que no se ven, gracias escambray, cuando los nombre de pueblos y pequenos pueblo.
    Me recuerdos de mi infancia y los primeros dias en mi pequena escuela que fue construida por mi padre y otros vecinos, campesinos y familiares.
    Cuanto me gustaria que hablara y se publicara algo sobre Las Nuevas Marias, ya la escuela no escuela es una casa, pero sigue ahi.
    Cadavez que paso por ahi, aunque ya muchas personas no viven ahi o se han marcha do y muchos de que fueron mis companeros de escuela viven en menese.
    Me encontre la vez pasada con quien fue uno de mis maestro y hablamos sobre mi y como era, cosas que se nos olvidan.
    Manolo Morales, siempre lo vi como gran maestro a quien le tengo que agradecer esos primeros anos como su alumno.
    Que bonito seria que lo entrevistaran el y su hermana tambien ensenaron a muchos jovenes que hoy son profesionales.

  2. La alfabetización constituyó otra revolución dentro de la revolución; como olvidar la cantidad dfe brigadistas que asumieron la tarea de vencer aquel mal que aprovechaban los explotadores para mantener el yugo en el cuello de los obreros; felicidades a todos aquellos que hcieron posible aquella campaña que alumbró a tantos iletrados en nuestro país.

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