Las reservas de la molienda

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El mayor susto de la zafra no fue ni siquiera el tenso final; giró alrededor de las calderas del Uruguay. (Foto: Vicente Brito)

Sancti Spíritus logró lo que casi es una excepción a nivel nacional: fabricar las más de 126 000 toneladas de azúcar inscritas en el plan.

Cualquier acercamiento a la cosecha debe deslindar los aciertos de las “materias extrañas” y no llueve sobre lo mojado si reiteramos que, como mismo el exceso de humedad —en los meses secos— restó azúcar en el proceso fabril, contribuyó también al crecimiento de la plantación, tanto que el estimado de materia prima a moler resistió la caída en 1.09 del rendimiento industrial.

Eso explica en buena medida por qué, pese al alargue de un mes, la campaña soportó la zancadilla del clima y el territorio llegó al compromiso productivo con el aval de la mejor integralidad a nivel de país, creció en caña y azúcar, además de aportar un crudo de alta calidad exportable.

Mucho se pudiera decir a favor del negocio a cielo abierto más grande que se realiza en la provincia, de esos miles de hombres y mujeres que intervienen en la contienda desde los más disímiles puestos laborales.

Pero si una reserva tiene la zafra, sobre todo de cara a la siguiente, es conocer los tropiezos y problemas manifestados en la operación agroindustrial porque no repetirlos puede ser equivalente a más caña y azúcar.

Por eso el reciente diagnóstico hecho en el seno del Buró Provincial del Partido miró la cosecha con ánimo crítico y los propios azucareros sacaron sus conclusiones: la zafra pudo ser mejor y el cumplimiento haber llegado antes.

Sin restarles valor a las carencias objetivas afloraron debilidades en la preparación del personal, algo que levantó dudas sobre la real efectividad de ese proceso previo a la arrancada. El gremio reconoce que faltó exigencia y control para superar los contratiempos de la cosecha.

Una mirada particular necesitan las seis unidades productoras, cinco de ellas vinculadas al central Melanio Hernández, que incumplieron los estimados de caña, algo llamativo cuando de forma general la tendencia del cultivo fue crecer.

Aunque el rendimiento agrícola a escala provincial rebasa las 46 toneladas por hectárea y la superficie cañera ha aumentado en los últimos cinco años en unas 10 000 hectáreas, la agricultura todavía está en deuda con la producción, de ahí que a ese programa no se le quite el pies de arriba, como se dice en buen cubano.

No obstante, la provincia está urgida de concentrar inversiones a fin de solucionar los problemas de la planta fabril y evitar que a la vuelta de pocos años la caña se ponga delante de la carreta y la industria no esté en capacidad de respaldar la molida.

Una lección no puede obviarse: se cumplió, pero 30 días después de lo planificado y habrá que agradecer también al cielo que dio un respiro, porque otra hubiese sido la historia de haber llovido más; ese es el enemigo al que más le temen los agrocañeros.

De lo que se trata es de corresponder en cada jornada de contienda a la tarea de corte, tiro y molida que se planifica; unas unidades lo logran, otras no; tampoco ayuda esa especie de “analgésico” al que se han habituado muchos en el sector, cuando repiten y repiten: “No llegamos hoy, lo cogemos mañana”.

No toca a la prensa dar recetas porque no es la que suda en los plantones, pero nos detenemos en los sistemas de pago vigentes que deben impulsar al hombre a rendir al máximo y ese esfuerzo retribuirse en más dinero.

Si el mecanismo está creado y los salarios en la zafra son bastante holgados, se supone que a los frentes de la cosecha no tengan que acudir otras personas a exigir y compulsar que se haga la tarea por la cual los responsables y ejecutores directos no dejaron de ganar.

Ya se sabe que ese gardeo al final de la campaña tuvo su impacto en el cumplimiento, pero lo lógico sería realizar bien la zafra sin necesidad de recibir refuerzos y que cada figura de la cosecha ejecute cabalmente la parte que le corresponde.

En el inventario de cuestiones negativas aparecen insuficiencias en la atención al productor, sobre todo en las unidades del Melanio Hernández, fallas en el proceso de revisión diaria de los equipos, falta de comunicación e información en los colectivos.

La dirección de la Empresa Azucarera considera el abasto y la baja molida en el central Melanio Hernández entre los problemas agudos de la campaña. El mayor susto de la zafra no fue ni siquiera el tenso final; giró alrededor de las calderas del Uruguay. De ahí la insistencia en el mejoramiento tecnológico, algo que ya se habla.

La zafra es una especie de guerra sin armas y su éxito depende no solo de tener caña y centrales bien reparados, recaba disciplina, conocimientos, exigencia, control, sincronismo de reloj a la hora de ejecutar cada paso del proceso con oficio y destreza, pero requiere también de una planificación que no puede descansar en el optimismo, sino en compaginar recursos, tiempo y hombres bajo una certera estrategia y conducción.

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