Miguel Clavo Gómez: cátedra viva del magisterio (+fotos)

Con 45 años en la profesión e integrante del Contingente Pedagógico Augusto César Sandino, el espirituano Miguel Clavo Gómez confirma que ejercer como maestro supone mucho más que tomar la tiza y el borrador

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Para Miguel resulta vital la formación de valores. (Foto: Arelys García Acosta)

“¿Y quién es Puntilla?”, indaga el líder histórico de la Revolución cubana Fidel Castro en el amplio escenario del teatro Carlos Marx, de La Habana, ante la presencia de 2000 maestros internacionalistas, integrantes del Contingente Pedagógico Augusto César Sandino, llegados de Nicaragua el 10 de julio de 1981.

La pregunta es respondida al unísono por los presentes: “No es Puntilla, Comandante, es Clavo; aquí está”,y señalan sonrientes al maestro espirituano Miguel Mariano Clavo Gómez, cuyo ingenio alcanzó celebridad en medio de parajes selváticos donde los alfabetizadores cubanos se internaron en una cruzada contra la ignorancia en la nación centroamericana.

“Cuando Fidel supo allí, por boca de mis compañeros, que había un ‘cacharrero’ que arreglaba los radios enviados por él desde Cuba para que nos mantuviéramos informados, enseguida quiso saber quién era y cómo lo hacía”, recuerda Clavo.

MIL PREGUNTAS EN RISTRE

“En condiciones de vida casi de campaña, ¿con qué soldabas?”, inquirió Fidel y la respuesta del maestro llegó con el tono familiar de un hijo que contesta al padre:

“Ya usted sabe, inventando, primero con una puntilla puesta en un fogón de gas con un alicate, después con una pistola de soldar que me regalaron. Todos los fines de semana viajaba en lancha por el lago Río San Juan, desde el Morrito hasta San Carlos, municipio cabecera, fronterizo con Costa Rica, donde me llevaban los radios, cocinas eléctricas, planchas, lo que fuera para que yo los arreglara. Salía a las 12 de la noche y llegaba a ese lugar a las 7 de la mañana”.

“¿Qué te faltó hacer allá?”, profundiza Fidel, y desde el auditorio se escucha una voz: “Comandante, dígale que le haga el cuento de lo que hizo en el Morrito, cuando se quedó sin luz”.

En gesto de aprobación, Fidel asiente y escucha:

“Había un problema con la línea central —le relató Clavo— y yo me brindé con la gente del pueblo y con el alcalde para arreglarlo. Mis jefes se opusieron, me decían: ‘Negro, tú estás loco y si te sucede algo’. Al final, reuní a los hombres más activos y con varas de pito tumbamos el caballito que estaba a la entrada del pueblo; se incendiaba una y cogíamos otra y luego, agarrado con sogas y un pedazo de palo entre las piernas, me fueron subiendo por el poste donde estaba el transformador. Arreglé el problema que tenía y al momento ya había luz. Cuando se entera Tomás Conde Saure, el coordinador del departamento de Río San Juan me manda a buscar y me pone como un zapato. Cuando informó a La Habana esa irregularidad, en lugar de decirle que me regañara, le dijeron: ‘Felicita a ese cubano’”.

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Miguel Clavo confirma que ejercer como maestro supone mucho más que tomar la tiza y el borrador. (Foto: Arelys García Acosta)

Un aplauso cerró la intervención en la que Fidel, buscando un apelativo para el espirituano, quien fungió hasta de enfermero en momentos necesarios, bautizó a Clavo como el Técnico del Contingente.

En el ameno diálogo fue fácil advertir que desde La Habana Fidel permanecía al tanto de cada unode los pedagogos cubanos que cooperaron en Nicaragua entre 1979 y 1981 para reducir la tasa de analfabetismo a menos del 13 por ciento.

Durante una hora y 45 minutos que duró el intercambio, el entonces Presidente cubano se interesó por las condiciones bajo las cuales los maestros daban las clases, las distancias recorridas, las características complejas de algunas zonas. Nada le fue indiferente en las narraciones hechas por los internacionalistas.

EL MAESTRO DE LA CRUZ

A Clavo se le vio llegar una noche de octubre de 1979 con equipaje ligero y los zapatos enlodados. “En Río San Juan cuando llueve son aguaceros torrenciales”, le aclaró el guía de aquella zona selvática del sur nicaragüense habitada básicamente por campesinos de pobreza extrema y de muy bajo nivel cultural.

A lomo de caballo y a pie, Miguel Mariano iba todos los días hasta La Cruz, un lugar a dos horas de camino, donde a solo pasos de una hacienda propiedad del dictador Anastasio Somoza, el gobierno sandinista improvisó una escuela.

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Cualquier escenario es bueno para enseñar, asegura el pedagogo espirituano. (Foto: Arelys García Acosta)

“La primera en recibirme fue la más recordada de mis alumnas, Juanita. Era chiquita, flaquita, tenía apenas nueve años. Ella esperaba a que yo llegara para desensillar la yegua y soltarla en el potrero. Iba descalza y en vestido. Cuando terminábamos las clases la volvía a ensillar y esperaba a que yo me fuera. A veces se quedaba preocupada porque al animal le daban convulsiones y se caía. Por eso tenía el hábito de seguirme con la vista y decirme adiós hasta que me perdía monte adentro.

“Primero impartíamos clases debajo de una árbol llamado guanacaste —añade el maestro—. Teníamos como asientos las raíces y como mesa una tablita que colocábamos encima de las piernas. Empecé con ocho alumnos y terminé con 42.

“La mayoría de los estudiantes venían de lejos, cruzaban ríos y pantanos, arriesgaban sus vidas en aquella selva; por eso, lloviera o no, allí estaba yo, puntual.

“Por las noches, ya de regreso en el pueblo, trabajaba como asesor técnico de la cruzada de alfabetización de los adultos. Los fines de semana iba a las casas, me tomaba el café. Me volví el barbero, el electricista de la comunidad, hacía todo lo necesario para que las personas creyeran en el valor del conocimiento y aprendieran, por lo menos, a leer y a escribir”.

LA SABIDURÍA SOBRE LA MESA

En el magisterio espirituano, Miguel Mariano Clavo Gómez ha sentado cátedra desde hace más de 45 años, la mitad de estos en la Enseñanza Especial, quizás porque en la escuela Protesta de Jarao, de la ciudad de Sancti Spíritus, se juntaron todas las razones.

“He dado clases en escuelas primarias hechas de tabla de palma y piso de tierra, en aulas improvisadas en vaquerías. Cualquier escenario es bueno para enseñar.

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Miguel Clavo: Tengo apego por los alumnos con necesidades educativas especiales. (Foto: Arelys García Acosta)

“Tengo apego por los alumnos con necesidades educativas especiales; ellos están ávidos de cariño. Visito sus hogares; conozco al padre que es alcohólico, sus necesidades, el ambiente familiar donde cada uno se desarrolla. Los llevo a mi casa de vez en cuando, comparto con ellos un huevo frito si es lo que tengo, ven las vasijas limpias y ordenadas, las camas tendidas. El ejemplo es lo que queda, lo que copian de ti. Disfruto ser maestro, para serlo hay que poner la sabiduría sobre la mesa para que todo el mundo viva de ella”.

One comment

  1. Buenos días. Mi nombre es Aldo García y soy alumno del Máster de Estudios Contemporáneos que se imparte en la Universidad Complutense de Madrid.

    El motivo de mi mensaje tiene que ver con el proyecto de Tesis de Maestría que me propongo llevar a cabo. De forma muy resumida, me interesa estudiar la cooperación y la solidaridad cubana. Para ello, me interesa llevar a cabo un estudio longitudinal donde teniendo como referencia la cooperación cubana en Nicaragua, pueda comparar dos momentos concretos. Por un lado, la labor desarrollada por el Contingente de maestros cubanos en la Cruzada Nacional de Alfabetización en Nicaragua. Por otro lado, estudiar la reciente labor alfabetizadora a través del programa de alfabetización “Yo, sí puedo.

    Es por ello que me gustaría saber si sería posible realizar una entrevista al Maestro Miguel Clavo, con el objetivo que pueda aportarme luz sobre su labor y la de sus compañeros en la Cruzada de Alfabetización nicaragënse.

    Reciba un cordial saludo.

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