Arremetida al sur del río Grande

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Algunos analistas le auguran al gobernante un escándalo equiparable al de Watergate.

 Trump ha arreciado la ofensiva desatada por Obama, sobre sus vecinos del sur, haciendo prevalecer presiones y amenazas por sobre la diplomacia y el entendimiento

De la expresión del Presidente estadounidense Donald Trump en los días de la campaña electoral acerca de que no le interesaba ir por el mundo cambiando gobiernos —como hicieron sus antecesores— ya no queda ni el recuerdo, porque, acaso, ¿qué otra cosa sino una descarada política de cambio de régimen es la que continúa aplicando Estados Unidos en América Latina y el Caribe?

Sin hablar ya de otras partes del planeta, donde ocurre más o menos lo mismo, ahí está el caso de Venezuela, víctima de la agresión coligada de los centros de poder en este continente y más allá, bajo la batuta de Washington, que viene utilizando a la Organización de Estados Americanos (OEA) como punta de lanza institucional para provocar una situación incontrolada en la patria de Bolívar que justifique una intervención armada.

Es cuestión de número y geopolítica, exactamente igual que en los años 60, cuando la OEA se plegó a las presiones del gigante de las siete leguas, como lo llamó Martí, y con la sola excepción de México, las naciones del área condenaron y luego expulsaron a Cuba de ese ministerio de colonias, que se llenó de oprobio por su sumisión al más fuerte y su doble rasero, puesto de manifiesto con su tolerancia a las dictaduras de la región y su apoyo a las agresiones de Washington.

Por desgracia, el México democrático y soberano de principios de los años 60 del pasado siglo ha dado paso a un narco-estado fallido, caracterizado por el entreguismo de su clase dirigente ante el imperio. Allí ocurre toda clase de crímenes contra periodistas, mujeres y ciudadanos comunes que dejaron el pasado año más de 23 000 muertos, y el pueblo encabeza huelgas y protestas masivas por reclamos de todo cariz y por la justicia en el caso de los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa.

Pero, ojo. Analistas internacionales han llamado la atención acerca del cambio de actitud del Presidente Donald Trump hacia su vecino sureño, al que humilló varias veces con sus amenazas de construir un supermuro en la frontera, cuyo costo obligaría a pagar al país azteca, y su enunciado proyecto de renegociar totalmente o anular el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) con México y Canadá.

Se sugiere con suspicacia que Trump le ha quitado presión a la ejecución de esa barrera fronteriza y acaba de ratificar la vigencia del acuerdo económico durante una reunión en Ottawa con sus homólogos de México y Canadá, Enrique Peña Nieto y Justin Trudeau, a cambio del apoyo mexicano y canadiense en la cruzada contra Venezuela.

De otro lado, otros dirigentes políticos, como el Presidente peruano Pedro Pablo Kuszinski, y el colombiano Juan Manuel Santos, también han estado activos en su acoso al gobierno chavista, como en su tiempo hicieran sus congéneres oligárquicos contra Cuba. El peruano-polaco corrió incluso a la Casa Blanca a reunirse con Trump y allí formuló declaraciones ofensivas por su tono peyorativo para su país y para toda Latinoamérica, que sus compatriotas le han criticado masivamente con enojo.

Un hecho más que curioso en toda esta problemática es que mientras muchas de las naciones consignadas que tienen hoy gobiernos de ultraderecha se alinean políticamente con Estados Unidos —que promete ayudarlos a perpetuar su dominio—, ponen en cambio sus esperanzas de desarrollo económico en China, que está pasando a ser un socio comercial de primordial importancia con sus préstamos e inversiones.

Ello obedece, en primer lugar, a que la economía del gigante norteño y sus problemas estructurales no le permiten hoy un comercio mutuamente ventajoso porque sus corporaciones no son lo suficientemente competitivas. ¿Será casualidad entonces que Beijing haya acogido de buena gana el anuncio de Trump de aumentar en 54 000 millones de dólares el presupuesto del Pentágono —ya de por sí enorme— y ello cuando ambos países son rivales militares y económicos? Un cable de la UPI de fines de 2016, decía que la economía de EE.UU. solo necesitaba un codacito para irse a bolina…

Tal como van las cosas, la situación para los países progresistas de América Latina y el Caribe depende de un complejo grupo de factores y del factor tiempo, lo mismo que para Donald Trump, pero con signo inverso. Por ejemplo, si la Revolución bolivariana logra mantenerse un año más, la política del imprevisible inquilino de la Casa Blanca puede arreciar conflictos y desatar guerras que harían disparar el precio del petróleo y acabar con las tensiones que hacen “gritar” su economía, principal elemento de presión que hoy esgrime la oposición golpista.

En el ínterin, el gobierno corrupto de Michel Temer en Brasil puede desplomarse en virtud de la falta de apoyo y las protestas populares en su contra o, por el contrario, verse obligado a convocar elecciones anticipadas que con mucha probabilidad ganaría el expresidente Lula da Silva, cambiando de signo político a la mayor nación de Nuestra América, y con ello la actual correlación de fuerzas. De ahí el acoso judicial contra Lula.

Entre incontables variantes e imponderables, se mueve también el destino político del propio mandatario estadounidense, acechado por los demócratas y un grupo numeroso de republicanos en el Congreso y atacado desde la izquierda y la derecha en su país por sus decisiones a menudo erráticas.

Ahora mismo, no se sabe el alcance que tendrá la insólita destitución del director del FBI James Comey, en momentos en que el alto funcionario dirigía una investigación acerca de los supuestos vínculos entre el actual Presidente y sus íntimos con agentes del gobierno ruso en la etapa previa a las elecciones presidenciales de noviembre de 2016, lo que, hipotéticamente, le habría facilitado el triunfo.

Ya algunos analistas le auguran al gobernante un escándalo equiparable al de Watergate, que en 1974 hizo renunciar al cargo a Richard M. Nixon. Ello estaría en sintonía con los muy contados profetas que en el 2016 vaticinaron el entonces quimérico triunfo de Trump en las urnas, solo que varios de ellos auguraron también que no podría acabar su mandato.

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