Periódico de Sancti Spíritus

Cooperativa de Jatibonico produce un millón de litros de leche por cuarta ocasión

En terrenos diseminados por los alrededores de Jatibonico, la CCS Emilio Obregón produjo por cuarta vez un millón de litros de leche

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“Hay que ser esclavo de las vacas”, asegura Jesús Pérez. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Lo que a todas luces parece una desventaja geográfica por tanta separación de las fincas campesinas para nada se vuelve un obstáculo si de producir leche y otros alimentos se trata. Resulta que las tierras de la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Emilio Obregón pueden competir en la provincia por el récord de las áreas dispersas, si vemos que ocupan espacios en las cercanías de El Majá, la presa Lebrije, Jatibonico y se extienden rumbo al sur hasta La Yaya.

Más que esas distancias que llevaron a montar en predios de la CCS tres termos refrigerados para acopiar leche, la principal peculiaridad llega a partir de la entrega de tierra en usufructo, “buscando los pedacitos que no se cultivaban de caña, áreas dañadas, con abundancia de marabú y malezas”, según rememora Armando Pérez Hernández, presidente de la cooperativa.

A la vuelta de pocos años la entidad devino una de las bases campesinas distintivas del territorio en la entrega de leche, algo impensable décadas atrás cuando la caña gobernaba Jatibonico y los aires ganaderos siempre batían de la zona de Arroyo Blanco, sitio con tradición en ese renglón productivo.

Al término del 2016 la CCS sumó una entrega superior al millón de litros de leche, resultado que consigue por cuarta ocasión y logrado, además, por las cooperativas Camilo Cienfuegos, de La Sierpe y José Martí y Bienvenido Pardillo, de Sancti Spíritus.

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Armando Pérez Hernández elogia el vínculo entre la cooperativa y la Universidad del territorio. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

A CASCO DE CABALLO

Si algo se admite entre los integrantes de la CCS es que la potencialidad lechera está por descubrirse, porque si en la primavera cerca de 150 productores tributan el alimento, menos de la mitad de esa cifra clasifican entre los de alto potencial y, al decir de Armando Pérez, hay campesinos que en la seca no dan nada.

“Tengo algunos que de 16 vacas, solo tienen tres preñadas, esos perdieron el año lechero”, expresa para ilustrar cuántas reservas quedan en una cooperativa que compensa en parte su dispersión geográfica con la cercanía a los subproductos de la zafra elaborados en el central Uruguay.

Sin embargo, la estabilidad productiva de la CCS no admite discusión, de lo contrario no sostuvieran el cruzamiento lechero que se traduce en garantizar el alimento a nueve bodegas, un círculo infantil y un centro de la Salud. “Pero esa leche viene primero al termo, se le hacen las pruebas de calidad y después se distribuye”, explica el presidente.

La Emilio Obregón despunta también a escala municipal en la producción de otros renglones como carne vacuna, frutabomba y tomate para el programa de sustitución de importaciones.

“Todas esas producciones son a casco de caballo, aquí no existen equipos de maquinaria, se impone la mano del hombre y sorteando caminos infernales en muchos lugares”, revela la propia fuente.

GANADERO DE LA SEQUÍA

Jesús Pérez Blanco se sabe de memoria el camino que separa su casa, en Jatibonico, con la finca La picapica, colindante con la presa La Felicidad; trayecto que desanda todos los días en plena madrugada.

“Le va a parecer raro, pero aporto más leche en esta etapa que en la primavera”, expresa a modo de carta de presentación y, para calmar cualquier asombro agrega: “El manejo de la masa lo hago en función del período, por eso tengo vacas que van pariendo todo el año; casi no las he acabado de destetar y están preñadas otra vez”.

Este campesino, usufructuario y mayor tenedor de ganado en la cooperativa con unas 200 reses, no pierde pie ni pisada a la reproducción y al manejo del rebaño. Sus palabras tienen el respaldo de los números: actualmente ordeña más de 40 hembras y mantiene una entrega diaria en el rango de los 200 litros.

“No se vaya a creer que eso es fácil, hay que ser esclavo de las vacas, estar detrás de ellas, como quien dice, las 24 horas; para eso me levanto todos los días a las tres de la madrugada y regreso oscuro; casi vivo en la vaquería. Lo demás es sacrificio, dedicación personal, incluso de mi hijo, que también participa en la producción, y seguir una regla: los terneros están primero que la leche.

“No es vivir de lo que da la vaca, es que me gusta lo que hago, fíjate que aplazo una fiesta si tengo que ir a ver una vaca paría. Llevo 35 años en la ganadería y no conozco la muerte de uno de mis animales; es verdad que ahora pagan la leche a buen precio, pero cuando la pagaban a 25 centavos también la entregaba al Estado”.



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