Periódico de Sancti Spíritus

Cuba-EE.UU., ¿otro Maine en el ambiente?

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El dudoso ataque acústico viene como anillo al dedo a los siniestros planes contra Cuba urdidos por Trump.

La progresión de medidas lesivas para las relaciones entre Cuba y EE.UU. insinúan una autoprovocación montada por Trump y la ultraderecha

 

Bruno Rodríguez en conferencia de prensa: Cuba considera inaceptable expulsión de 15 diplomáticos en EE.UU. (+fotos)

La medida de reducir el personal diplomático cubano en Washington tiene un carácter eminentemente político

Ordenan salida de diplomáticos cubanos de Washington

Cancillería de Cuba tilda de precipitada decisión de EE.UU. de retirar sus diplomáticos

 

La decisión de la secretaría de Estado de Estados Unidos de retirar a 15 diplomáticos cubanos de su embajada en Washington, hecho que motivó la intervención pública del canciller Bruno Rodríguez Parrilla este martes, aparece como una escalada de acciones unilaterales de la actual administración estadounidense con el avieso y manifiesto propósito de dañar las relaciones con Cuba.

Aunque el Presidente Donald Trump clasifica por su proyección personal y actuación pública como un mandatario incoherente e impredecible, no lo es tanto como para no adivinar los verdaderos propósitos de su actuación en torno a la hipotética agresión acústica contra diplomáticos de EE.UU. en Cuba, sobre todo después de que anunciara públicamente el 16 de junio en Miami su posición oficial hacia la isla, rodeado de mafiosos, terroristas y mercenarios.

Ya desde esta perspectiva, resulta totalmente lógico el incidente de la dudosa acometida sónica contra personal diplomático de su país en La Habana, algo que huele a autoprovocación, a suceso prefabricado y con alto potencial desestabilizador para las incipientes relaciones que ambos gobiernos han venido desarrollando desde fecha tan reciente como el 17 de diciembre de 2014, por iniciativa del Presidente Raúl Castro y el entonces gobernante norteamericano Barack Obama.  

Es obvio que el dudoso ataque acústico viene como anillo al dedo a los siniestros planes contra Cuba urdidos por Trump, la ultraderecha fascista de Estados Unidos y los trogloditas cubanoamericanos de Miami, empezando por el senador Marco Rubio, enemigo acérrimo de los vínculos entre La Habana y Washington.

Estos factores, en cualquier tipo de juicio, aportan elementos suficientes como para deducir que se dan las condiciones objetivas y subjetivas para un proceder premeditado y perverso.

Si ya se tiene en la ecuación a quienes conviene el supuesto atentado, también está claro a quienes no conviene, y estos son las autoridades y el pueblo de Cuba, sobre los que se quiere hacer recaer las sospechas y, en primer término, la responsabilidad. ¿Qué sentido tendría entonces que el Gobierno cubano, a través de cualquiera de sus agencias, atentara contra la integridad física de los diplomáticos estadounidenses, vulnerando su tradición de respeto y protección al personal oficial de otros estados en suelo nacional?

¿Cómo conciliar así que la perla antillana vaya contra sus propios intereses, al atentar supuestamente contra las relaciones con la potencia vecina y afectar la tímida apertura en el asfixiante muro del bloqueo que esos vínculos han ido abriendo?

La expulsión de dos diplomáticos de la embajada de Cuba en Estados Unidos, seguida del retiro del 60 por ciento del personal de la legación estadounidense en La Habana, y ahora la salida forzada de otros 15 cubanos de su sede en Washington demuestran una línea de acción irreflexiva, precipitada y agresiva que sin duda perjudica de forma manifiesta los vínculos entre los dos países.

La exposición del ministro de Relaciones Exteriores de Cuba Bruno Rodríguez Parrilla deja muy mal parado al gobierno de EE.UU. en el manejo del asunto que nos ocupa, por cuanto se abren demasiadas interrogantes sin respuesta.

Para quienes vieron la conferencia, la pregunta capciosa del corresponsal de la CNN, respondida de forma magistral por el titular del Minrex, y la expresión incrédula del reportero ponen de manifiesto la forma en que cierta prensa occidental está enfocando un problema prefabricado a partir de filtraciones anónimas e información sesgada por parte de funcionarios del Departamento de Estado.

Un análisis, aunque sea somero, permite percatarse del proceder altamente sospechoso por parte de Washington, que ha formulado alusiones acusatorias contra Cuba sin que presentara una sola prueba al respecto, y sin esperar el resultado de investigaciones que especialistas de los dos países han venido realizando.

Ha sido tan así que incluso en términos semánticos resulta más que dudoso el hecho de que el secretario de Estado Rex Tillerson y otros funcionarios hayan empezado de pronto a llamar ataques a lo que en un principio denominaron incidentes que habrían afectado la salud de 21 funcionarios de su país en su legación habanera.

Si faltara alguna prueba de ese proceder torcido, baste mencionar que, a pesar de la citación del Presidente Raúl Castro al encargado de Negocios de Estados Unidos en Cuba para reiterarle la inocencia de su Gobierno, y el máximo interés por esclarecer los hechos, y sin tener en cuenta la reunión sostenida por el secretario de Estado con el canciller cubano, en Washington —a pedido de este último—, apenas 48 horas después EE.UU. anunció su decisión de retirar de la isla el 60 por ciento de su plantilla diplomática.

¿No parece un acto hecho ex profeso —o una burla— para torpedear cualquier arreglo correcto de este affaire? En todo este embrollo revolotean otras interrogantes que con el paso de los días no han tenido respuesta: ¿Por qué Tillerson retiró de Cuba a los supuestos afectados sin permitir que fueran inquiridos por la comisión investigadora creada por las autoridades cubanas ni mostrarlos a la prensa?

Si fuese cierto —como han dicho ciertos medios— que ello obedeció a que los 21 diplomáticos virtualmente dañados eran en realidad agentes secretos, es decir, espías, ello reforzaría aún más los argumentos de la parte cubana, pues daría la certeza de otros dos nuevos elementos: primero, que como siempre EE.UU. no ha sido equitativo, pues Cuba —lo afirmó su canciller— jamás envió personal de inteligencia a su sede en Washington y, segundo, que los agentes yanquis pudieron ser dañados por equipos sofisticados de escucha operados por ellos mismos.

 En última instancia, ¿quién es potencia tecnológica: Cuba o Estados Unidos? Además, ¿qué razón o propósito impidió que los médicos norteamericanos que atendieron estos casos se entrevistaran con especialistas cubanos y por qué la información que ha aportado la parte estadounidense resulta a todas luces selectiva e insuficiente?

Desde su inicio en febrero pasado el asunto de los diplomáticos ha olido mal; tanto, que ha hecho sonar las alarmas en Cuba y otros lugares del planeta, intuyendo una especie de auto provocación tipo Maine, pues la explosión de ese acorazado la noche del 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana le sirvió de pretexto a Washington para inmiscuirse en la guerra de los cubanos por su independencia y apoderarse de la isla, iniciando así su fase imperialista.



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