José Alberto Rodríguez, un artista de nuestro tiempo

Con la obra 17 gramos, el joven artista espirituano conquistó el Premio del Salón Vita Brevis

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17 gramos permite disímiles lecturas, todas posibles.

En el III Salón de Arte Contemporáneo Vita Brevis, bajo la égida de la Asociación Hermanos Saíz, la pieza 17 gramos del joven artista José Alberto Rodríguez Ávila fue merecedora del máximo premio. Ciertamente, y en el mayor de los casos, el arte contemporáneo está llamado a una provocación a la rebeldía y a negar lo que sinceramente es estético, incluso a la denominación de “arte tradicional”, y donde lo abstracto pretende una capa de sugestión que en pocas ocasiones consigue seducir al espectador.

Me refiero a obras que, en efecto, tanto aspiran a auto-reflexionarse que quedan exiguas en una extraordinaria inverisimilitud.

17 gramos escapa de esa moda tendenciosa que ensalza el consumismo, a un arte que aspira a la mercantilización; y José Alberto se compromete con un concepto sostenible luego de una profunda investigación, y sin caer en la tentación de un arte contemporáneo sin pensamiento, pero que en apariencia es muy conceptual. Aquí es evidente que el autor posee un discurso coherente y con un eminente sentido intelectual. 17 gramos permite disímiles lecturas, todas posibles, dialoga con el espectador actual, y es ese, por muy simple que parezca, uno de los mayores aciertos de la pieza del joven artista espirituano, del buen arte contemporáneo todo.

El eficaz concepto que sustenta a la obra premiada no es su único valor real, aunque en el arte contemporáneo esa sea una de las enigmáticas primicias, la obra también porta un gran valor en su factura estética.

Tres características que no suelen venir juntas en un creador de esta época: talento, disciplina y técnica se complementan en la carrera de José Alberto, recientemente titulado de la Universidad de las Artes (ISA), en la carrera de Artes Visuales.

La obra consiste en una urna de cristal, que se puede apreciar en todas sus dimensiones porque es volumétrica; dentro de ella, una cuchara de plata que porta una determinada cantidad de cenizas. Adjunto a la urna percibimos una planilla de inventario en la que se especifica el valor patrimonial del objeto, y advierte cuál es la naturaleza de esa ceniza. Con esta propuesta el autor opera con un concepto vital: la crisis de una herencia cultural, ética e identitaria de nuestra memoria nacional, inteligible en un pasado que, según él mismo refiere, desconoce. Ese juego nostálgico entre lo lúcido y lo ambiguo —concertado en una pieza visualmente atractiva—, es la que hace a su obra diferente, trascendental.

El autor plantea un ¿producto? que pone bajo sospecha esa garantía arbitrada de la retención y el control regulado de aquello que llamamos la herencia. Si nos ponemos un poco más exquisitos entre las posibles lecturas de la obra nos percatamos de un discurso, además de profundamente antropológico, sobre el valor real del objeto museable, y de la posibilidad de elevar a ese estatus a los restos de personas o individuos significativos dentro de su historia y vida personal. Una especie de autorreferencialidad (según consta en a un costado de la urna, las cenizas pertenecen a su abuelo Domingo Ávila Baracaldo) en la que aborda la memoria de todos los que han sido para que él sea, indagando si el dominio eidético de una persona puede eternizarse en sus cenizas.

El autor, de manera inteligente, lo logra relacionando la pieza con la praxis cultural, que radica en ingerir cenizas de los muertos, rito practicado por tribus situadas a orillas del amazonas, como lo es el pueblo Yanomamo, practicante del endocanibalismo. Se reconoce como práctica cultural que está encaminada a preservar la memoria ontológica de los antepasados, catequizando al difunto en una presencia activa dentro de la dinámica diaria de la comunidad.

17 gramos resulta ser una obra ingeniosa, con la bondad de hacernos reflexionar y a la vez ofrecer una visualidad estéticamente interesante. José Alberto Rodríguez Ávila muestra al mundo exterior —con total veracidad— su interior.

Enhorabuena, entonces, a este joven artista de gramos pesados a quien hay que reconocerle su mirada artística transgresora y su competitividad.

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