La ciudad del Yayabo tras Irma

Amanecer este domingo 10 de septiembre.

Luce descabellada, sucia y como embargada por una pesadumbre. Hojas de árboles y ramas por doquier. Pedazos de tejas, trozos de repello a la entrada de viejas edificaciones. Macetas enormes rajadas medio a medio en un bulevar irreconocible por los cristales disimulados tras los cartones y la precinta. Plantas rotas a la mitad o inclinadas y con las raíces fuera. Y agua, mucha agua por doquier. Llevo 34 años en este lugar, pero jamás en una contingencia meteorológica me había autoevacuado. Al regreso de la casa de la amiga que nos dio cobija a una de mis hijas y a mí todo luce distinto, aunque ya sabemos que lo peor está al norte, en Yaguajay, donde las calles ayer se pintaban intransitables y las viviendas, en muchos casos destruidas.

Pero esto es Cuba, caballeros, así que nadie por contornos cercanos o lejanos, al menos que se sepa hasta ahora, lamenta la pérdida de un ser querido o de un desconocido siquiera. La añeja villa del Yayabo de aguas revueltas tiene un conglomerado de personas atentas justamente a esas aguas, en vela de sorpresa por el probable llenado de sus embalses y por la tierra empapada que parirá, seguramente, lo que la sequía le ha venido robando desde hace tanto tiempo.

“Imagínate, pasó por aquí a 19 kilómetros, casi se paró a deleitarse al norte de nosotros”, comenta un joven que ahora camina sobre el viejo puente al que las leyendas le atribuyen leche de cabra entre los componentes con que fue edificado. En el borde del puente, las semillas de caoba hondureña yacen hechas pedazos. En la panza del río, como intentando pasar bajo una de las arcadas, una palma sin cabellera. “¿De dónde vendrá”, indago antes de continuar y un señor de unos sesenta años me dice que “la presa debe de estar llena de troncos”, pues vio pasar ayer muchos, desde la altura del puente Balneario.

Regreso a la casa, atenta a cada abolladura en las fachadas y a los gajos del parque Rudesindo García del Rijo, ese al que pareciera le quitaron el nombre y solo le quedó el segundo apellido, por el hostal enclavado en la acera de enfrente, en el costado contiguo a la calle Máximo Gómez.

Celulares y tabletas, hasta equipos de videos en manos de aficionados recogen el palpitar de la ciudad mojada, que se despierta ahora y celebra los primerísimos rayos de sol en dos jornadas. Son pasadas las 11:00 a. m. La gente viene y va con galletas, perros calientes, yogurt, lo que vendan en los mercados, cuyos trabajadores apenas han dormido. Casi nadie por estos días ha dormido pensando en los demás o haciendo por ellos.

Tengo colegas trabajando desde el propio viernes cuando los dejé en la redacción de Escambray. Al llegar a la casa un recado. “En cuanto almuerce que llame para irla a buscar”.

Una vez en Escambray  me dicen que en breve debo cubrir un recorrido por Yaguajay. Y me apuro, por tanto, a escribir esta crónica, con la esperanza de que cuando mi nieto de dos meses, a quien no veo hace dos días, regrese a casa, ya el tiempo haya mejorado; hayan repuesto, con suerte, el servicio eléctrico y la ciudad, mojada o húmeda, vea resurgir las alegrías de sus gentes.

Habrá entonces memorias qué contar de cuando Irma se empecinó con el Caribe y tuvo a Cuba en vilo, y con ella, a Sancti Spíritus en ajetreo constante. Porque aún no lo he dicho, pero en la añeja villa hace ya muchos días no se da tregua a las faenas para que vidas y recursos sean preservados, para que haya un mañana en espera de cada niño, hombre, mujer, anciano. Para que sea, no más, otro huracán en sus memorias y no una sombra, como lo han sido tantos huracanes para tantas personas en tantos países, islas y ciudades.

One comment

  1. Alejandro Lòpez Pérez

    Adelante Sancti Spiritus, estoy seguro que ahora quedarás más bella de como eras consagrandote como una de las más bellas.
    Fuerza

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