Periódico de Sancti Spíritus

La petición de Martínez Heredia

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No dejes de poner que soy Hijo Ilustre de Yaguajay, había solicitado Martínez Heredia a Ojito. (Foto: Abel Rojas)

Premio Nacional de Ciencias Sociales, este yaguajayense radicado en La Habana falleció el pasado 12 de junio, pero legó una obra aguda y leal

 

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Hereje y leal, más todavía a la hora cero. No me lo dijo Fernando Martínez Heredia aquella tarde de 2012 cuando llegué de Sancti Spíritus a su casa con mil preguntas debajo del brazo. No me lo dijo, pero cada palabra, cada gesto venían a acuñarlo, mientras pretendía componer la vida de este filósofo e historiador, Premio Nacional de Ciencias Sociales 2006, al vaivén de su sillón y, claro, de mis interrogantes.

Había tocado su puerta habanera en busca del joven que dejó a Yaguajay poco después de que Fidel llenara de barbudos la capital. Y me encontré al mismo veinteañero que se fugó, pistola calibre 45 a la cintura, de la Escuela de Instrucción Revolucionaria, cuando estalló la Crisis de Octubre. A despecho de la orientación venida de arriba, esa noche Fernando y sus compañeros de la Unidad Militar se vieron camino hacia la División Antidesembarco de Occidente, dirigida en esa fecha por el hoy General de División Samuel Rodiles Planas.

Humilde y natural. No lo dijo, pero lo inferí cuando me aseguró que a los ocho años se pasaba el día limpiando cueros de vaca en el suelo para la zapatería de su papá o cargando mosaicos o bolos de madera. Un poco más espigado, se le metió entre ceja y ceja conocer quiénes de Yaguajay partieron a la guerra de 1895; para ello visitó decenas de casas, conversó con sus familiares y los censó a punta de lápiz, una veta, al parecer, de esa alma escrutadora que lo acompañó.

Lo acompañó —desdichadamente lo escribo en pasado—, porque este pensador, si bien poseía un espíritu divino para discernir y opinar, era un ser de carne y hueso, a quien un infarto cardíaco le jugó una malísima pasada el 12 de junio a los 78 años de edad.

Agudo y profundo. No se jactaba de su pensamiento de largo kilometraje, evidente en títulos fundamentales acerca de la experiencia socialista cubana y el entorno latinoamericano, entre estos Desafíos del socialismo cubano; En el horno de los noventa; El Che, el socialismo y el comunismo; El corrimiento hacia el rojo; A viva voz; Sociedad y política en América Latina; Historias cubanas, Las ideas y la batalla del Che y El ejercicio de pensar, volumen de verbo reposado y urgente, que hace trizas el dogmatismo.

Martínez Heredia concibió este volumen no solo para replantearle el pleito a esa manera de ver y escudriñar el mundo; sino de dar brújulas para que esta se comprenda y liquide a fondo, y, sobre todo, no rebrote. “Las ideas no tienen dueño, y el que cree serlo, suele negarle el derecho a otros a manifestar sus opiniones”, me comentó.

Una de las columnas de dos de los proyectos más significativos en el ámbito del pensamiento social de la década de los 60 de la centuria precedente en Cuba: el Departamento de Filosofía, de la Universidad de La Habana, y la revista Pensamiento Crítico (1967-1971), blandió sin cuartel sus armas contra las interpretaciones almidonadas y miméticas del Marxismo que soplaban de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Ese pensar con acento propio no cayó del cielo. Siempre leyó, releyó y estudió como un “demente y a toda hora” —me aclararía Fernando—. Desde Marx, Engels, Lenin hasta Gramsci; desde Martí, Fidel, Che, Enrique José Varona, Fernando Ortiz hasta Jorge Mañach; desde Stendhal, Loveira hasta Carpentier, y muchísimos más que también se alinearon a su convicción de ser “marxista cubano”, pero no a partir de los manuales de Filosofía a lo Konstantinov.

Al parecer, tanta aprehensión crítica de esas lecturas sedimentó su pensamiento descolonizador, que lo llevó a considerar que la “izquierda”, como tendencia política, era un término muy ambiguo, capaz de ser empleado al hablar tanto de Leonid Brezhnev como de Antonio Guiteras; que lo condujo a decir “crisis de los 90” en alusión al denominado período especial.

Sobre ello y más, conversé con Martínez Heredia. Una llamada telefónica que le recordaba la conferencia por impartir esa tarde a quien fuera el director general del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello nos privó hablar a las anchas acerca de Ernesto Guevara.

Sin embargo, no me podía marchar sin arrancarle algunos adelantos del diálogo que pactaríamos para otra ocasión. Le dolía la relegación que tuvo el ideario guevariano en la década de los 70 y buena parte de los años 80 del siglo anterior. Enhorabuena, Fidel lo trajo de regreso al conmemorarse el aniversario 20 de su asesinato en Bolivia —sostuvo—. “Veo muy necesario traer de vuelta al Che completo”.

Con la premura pisándonos los talones, me entregó su currículo profesional, donde pude leer sus títulos académicos que no izaba para tocar puertas: Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba; Doctor en Derecho, Profesor Titular de la Universidad de La Habana, colaborador científico del Programa de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Cuba; miembro del Seminario Problemas del Mundo Actual del Instituto de Investigaciones Económicas, de la Universidad Nacional Autónoma de México…  

—Ojito, si no fuera mucho pedirte, no dejes de poner que soy Hijo Ilustre de Yaguajay. Uno no debe olvidar de donde viene.



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