No nace otro como Fidel

Una doctora espirituana, a quien el Programa del Médico de la Familia juntó varias veces con Fidel, desnuda sus memorias ante Escambray

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Para Maritza el 5 de mayo de 1989 pasó a ser uno de los días más memorables de su vida. (Foto: Vicente Brito / Escambray)

Aún conserva los zapatos blancos como un amuleto contra el olvido. Los calzó por primera vez para él, porque el blanco significa pureza —cualidad que la definía— y porque transmite paz, justo lo que necesitaba ella. Nunca supo por qué la escogieron para recibirlo en el naciente Gimnasio Fisioterapéutico de Fomento, lo cierto es que aquel 5 de mayo de 1989 pasó a ser uno de los días más memorables de su vida.

“Doctora, siga con ese ejemplo suyo, con esa voluntad y ese patriotismo; recuerde que la idea del programa del Médico de la Familia es atender al paciente desde los lugares más recónditos”, diría al momento de abandonar el lugar. Desde entonces tal fue su brújula. Lejos estaba de imaginar que la semilla sembrada en Lawton en 1984 y extendida a Fomento dos años después se diseminaría por el mundo. Quizás lo previó solo él, visionario como fue desde la niñez hasta el ocaso.

Si no estuviesen recogidos en la página 8 del entonces diario Escambray, igual permanecen intactos en su memoria los detalles del encuentro. Sus dedos, los mismos con que ha auscultado tantos cuerpos, se desplazan ahora por la foto en la que se le ve caminar junto al Gigante mientras se movían por el centro. No solo en la vieja edición de papel amarillento que conserva con celo; está a su lado también en otras muchas imágenes que componen su álbum más preciado. “Son un regalo de Amengual”, explica, en alusión al fotógrafo del rotativo —ya retirado del oficio— que cubrió el suceso.

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“Recuerde que la idea del Programa del Médico de la Familia es atender al paciente desde los lugares más recónditos”, dijo Fidel a la doctora Maritza Hernández.

El saludo efusivo, el diálogo con pacientes y trabajadores, las preguntas escudriñadoras, su charla con la señora que llegó allí sin poder caminar y el comentario jocoso al enterarse de que ya podía correr por espacio de 32 minutos: “Si sigues así ni Juantorena te va a hacer nada”; su expresión de satisfacción, el abrazo de despedida. Todo eso aflora en la conversación.

“Yo era médico de la familia en Fomento desde que me gradué tres años antes y en aquella fecha se inauguraban varias obras de la Salud allá. Me puse nerviosa, pero le hablé con naturalidad porque él facilitaba el diálogo: conocía de todo y ponía mucha atención mientras escuchaba. Estuvo allí alrededor de dos horas”, narra Maritza Hernández Álvarez, doctora del Policlínico de Los Olivos en la cabecera de provincia y jefa de su Departamento Docente. Ya no es la joven muy delgada de aquellos días y su rostro de ahora transpira una honda tristeza al mencionar a Fidel.

Lo había tenido cerca antes en tres ocasiones: durante el acto del 26 de Julio en Camagüey — terminado el cual dialogó con los estudiantes de Medicina que egresarían como los médicos de nuevo tipo—, en fecha similar en Cienfuegos, en 1985, y al año siguiente en Sancti Spíritus, cuando ella concluía la carrera. “Todas esas veces lo vi en la propia tribuna, pero no hablé con él”, advierte.

Pero las emociones de aquel mayo aún no concluirían en el gimnasio. Al día siguiente el Comandante en Jefe sostuvo, en la Facultad de Ciencias Médicas, un conversatorio con decenas de médicos de la familia que ninguno de ellos olvidó. En la tarde, su presencia en el acto de la Plaza Mayor General Serafín Sánchez atrajo a miles de espirituanos. Habló entonces, entre muchos temas, de beneficios sociales y del imperativo de hacerlo todo bien.

“Ese programa es la base de la Medicina cubana fuera del mundo, siento orgullo de saber que lo vimos nacer junto a él”, sentencia Maritza. En junio de 1991 tendría la inmensa dicha de reencontrarse con su ídolo. “Yo era delegada a la Asamblea Provincial del Poder Popular y presidía la Comisión de Salud. Me correspondió presentar el informe de rendición de cuenta del territorio ante el Parlamento. Al yo terminar se interesó por la marcha de la experiencia.

“Ya un año antes había procurado información sobre lo que había pasado acá; yo tuve en marzo de 1990 a mi hija mayor, que ahora es también médico de la familia, y una foto donde estoy con ella en brazos formó parte del álbum que la Dirección Provincial de Salud le hizo llegar. Aquel día me miraba y sonreía. Cuando se acabó la asamblea quiso saludarme y me hizo algunas otras preguntas. Ahí sí me sentí más nerviosa, porque ya no iba a hablar solo del gimnasio, sino del municipio y de la provincia. Después no lo volví a ver más en persona”. El silencio que sobreviene es rasgado por la pregunta que ambas hemos estado evitando. Y las frases se cortan.

En el hogar de Maritza el amor por el barbudo mayor se cultivó desde la cuna misma. Por eso aquel fatídico 25 de noviembre, cuando en la noche Israel, su hermano, le comunicó la noticia, ella tuvo que sentarse antes de preguntar lo que se repitió en tantísimos hogares: “¿Tú estás seguro de que no es una bola?”. Debió reponerse primero para despertar al padre y dorarle la “bomba”. Por más que se esforzó, no logró evitar su estado de negación, la búsqueda temblorosa por emisoras de radio, la espera angustiante a que el cintillo de Telesur lo convenciera y el llanto.

Esquiva el lente, acaso ocultando alguna lágrima. Vuelve a la foto en la que ella, de bata y zapatos blancos, le roza y siente su halo mágico. Pureza y paz se acomodan en el alma remendada. Musita, más que hablar: “Fidel es un líder inmortal. Es del pueblo, con sus ideas de presente y de futuro. No es tan fácil. No nace otro como él en centurias”.

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