Sancti Spíritus también levantó a Cienfuegos – Escambray

Sancti Spíritus también levantó a Cienfuegos

En dos ocasiones hubo espirituanos listos para participar en la insurrección contra la dictadura batistiana que estalló finalmente el 5 de septiembre de 1957

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De pie, de izquierda a derecha, Roberto Paz Sánchez y Félix Hurtado Manso, algunos de los convocados.

A 60 años del heroico levantamiento cívico-militar del 5 de septiembre de 1957 en la ciudad de Cienfuegos, el pueblo evoca a sus héroes y mártires, aunque ignora que más de un centenar de espirituanos tuvieron una participación —si bien indirecta— en los acontecimientos trascendentales que se desarrollaron aquel histórico día y que conmovieron desde sus cimentos la sanguinaria dictadura de Fulgencio Batista.

En realidad hubo planes para desatar la insurrección en abril del citado año, y luego en mayo, cuando el Movimiento 26 de Julio y oficiales, clases y soldados complotados en los cuerpos armados, principalmente en la Marina, estuvieron listos para lanzarse a la lucha con objetivos definidos, según los cuales se ocuparía el Distrito Naval del Sur en Cayo Loco, con ayuda de sus marineros para distribuir las armas al pueblo.

Ya con la ciudad en su poder, civiles y militares marcharían al Escambray con el propósito de abrir un nuevo frente guerrillero para secundar al primer frente de la Sierra Maestra, encabezado por Fidel Castro, lo cual hubiera significado una ayuda inestimable en aquellos momentos para la Revolución.     

EN EL REPARTO BUENAVISTA

Desde distintas partes de la antigua provincia de Las Villas fueron movidos hacia Cienfuegos un grupo de 35 avezados combatientes del “26”, la mayoría de los cuales llegaron el 28 de mayo de 1957, y fueron concentrados en la casa número 14 A, en la calle Tercera del Oeste, del reparto Buenavista.

Confluyeron allí los cabaiguanenses Félix Hurtado Manso, Roberto Paz Sánchez, Eladio Pérez León, Oscar Alfonso Carrillo, Diego Viera Díaz, Guillermo Verdecia Álvarez y Manuel Matienzo Abuela, así como el tuinucuense Juan José Álvarez Bernal y los yayaberos Pablo G. Pérez Ruiz, Juan Orestes Quesada Julién, Papiro y Adalberto Rabelo Rodríguez, junto a otros 24 jóvenes revolucionarios.

Como dato curioso, en agosto del propio año Félix Hurtado, en calidad de jefe,  y Roberto Paz, resultarían dos de los 15 participantes en el intento de alzamiento de La Llorona, en Cabaiguán, y estuvieron entre los siete supervivientes.

Según el investigador Luis Rosado Eiró, en su libro Cienfuegos, sublevación de todo el pueblo, cuando todos los preparativos estaban listos para las seis de la tarde del 28 de mayo, la acción fue pospuesta para las seis de la mañana del día siguiente debido a que el cabo Santiago Ríos Gutiérrez, jefe de la conspiración en Cayo Loco, informó que la guardia de turno del distrito no era de confianza, lo que sería determinante en el fracaso, pues aquella misma noche, y debido a una delación, los cuerpos armados detuvieron a los 35 de Buenavista.

A partir del momento de la detención por fuerzas combinadas de la Policía y el Ejército se inicia para estos hombres un vía crucis de torturas, vejaciones y sufrimientos del cual no creyeron poder salir vivos, pero los esbirros fracasaron en sus propósitos, gracias a la compartimentación mantenida por el Movimiento y a la entereza demostrada por aquellos revolucionarios que, torturados casi hasta la muerte, supieron preservar el secreto, al referir en los interrogatorios que su presencia en Cienfuegos se debía a una reunión política.

Solo la inmediata reacción de las estructuras del 26 de Julio, que movilizaron al pueblo, así como las denuncias a través de los medios y la presión de los familiares salvó a los 35 de una muerte segura. Esto obligó a la tiranía a trasladarlos al Vivac de Santa Clara para someterlos a juicio en la causa 562 de 1957 del Tribunal de Urgencia Provincial por el delito de atentado contra los poderes del Estado, que no se pudo probar y, por lo tanto, quedaron absueltos. 

UN ECO EN EL YAYABO

El propio día del conato insurreccional en Cienfuegos y por órdenes superiores, 45 militantes del Movimiento 26 de Julio en Sancti Spíritus, la mayoría jóvenes, se concentraron en una casa de la calle San José, entre Céspedes e Independencia, donde, según un responsable que acudió al lugar, debían esperar la llegada de armas y uniformes “para una acción armada de envergadura”, en apoyo a una operación mayor cuya magnitud y ubicación todavía ignoraban.

Octavio Aquino recuerda: “En esa casa estábamos Fidel Salas y tres primos suyos del mismo apellido, Juan Fernández Miranda, Pedro Arnalich Muñoz, Evy Alfonso, Armando Cancio y otros que ahora no recuerdo”. Interrogado más de medio siglo después, Fidel Salas señaló que, horas antes de lo del 5 de septiembre, el Movimiento los acuarteló en tres viviendas en la ciudad, y que había en estas como 300 personas.

“Yo estaba en una casa de un hombre llamado José Palacios por la calle San José, cerca de Independencia, por el Paseo Norte; allí nos reunimos para supuestamente recibir las armas, pero pasó el tiempo y las armas no llegaron y al otro día como a las nueve de la mañana empezamos a salir de allí.

Había en el lugar gente muy conocida como Pompilio Viciedo, Sindo Naranjo, José Luis Barceló y Octavio Aquino, entre otros”.

Lo que entonces no sabían era que, a aquellas mismas horas, un pequeño comando armado, formado por Lázaro Artola, Efraín Mur y otros compañeros se acercó a Sancti Spíritus entre las lomas y el río Yayabo, esperando la orden de entrar a la localidad.

 Ignoraban también que otro grupo compuesto por 18 hombres había sido convocado para las nueve de la noche del 4 de septiembre de 1957 en la valla de gallos de La Trinchera con el propósito de, una vez recibidas las armas prometidas, salir de madrugada a atacar Sancti Spíritus. Pero, según Emelio Domínguez, allí presente, “pasadas las tres de la tarde del 5 de septiembre mandaron a suspender la acción…”.

Estos esfuerzos, si bien no pudieron ser concretados, dan una idea de la disposición de los hijos de Sancti Spíritus para luchar contra la tiranía en apoyo a sus hermanos cienfuegueros y por el triunfo de la Revolución, que muchos de ellos acercaron luego arma en mano vistiendo el glorioso uniforme verde olivo del Ejército Rebelde, o desde la clandestinidad.

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