Periódico de Sancti Spíritus

Un discurso premonitorio

sancti spiritus, caravana de la libertad, fidel castro, revolucion cubanaFue un Día de Reyes extraordinario el 6 de enero de 1959 en Sancti Spíritus. Prácticamente todos los testigos del apoteósico recibimiento a Fidel, quien venía al frente de la Caravana de la Victoria desde Santiago de Cuba, coinciden o coincidieron acerca de la excepcionalidad del acontecimiento, cuyo profundo contenido histórico la mayoría fue incapaz de aquilatar en aquellos instantes inolvidables.

Fidel llegó al parque Serafín Sánchez pasadas las diez y treinta de la noche del 5 de enero de 1959 en medio de una explosión de júbilo popular sin precedentes y a duras penas logró remontar la escalinata de la monumental edificación neoclásica de la entonces Sociedad El Progreso, rodeado por un mar de pueblo. Ya dentro, conversó con los presentes, dio instrucciones, bebió un vaso de leche y se dispuso a hablarles a los habitantes de la primera ciudad grande del país liberada por los rebeldes, discurso que se radió a toda Cuba.

“Compatriotas, no podía ser para mí esta ciudad de Sancti Spíritus, una más en nuestro recorrido” (…), comenzó Fidel su intervención, con lisonjas hacia la villa del Yayabo y sus moradores, para poco después ir entrando en materia.

Desfilaron a través de su voz, enronquecida por las jornadas extraordinarias vividas, la exhortación hacia tareas inmediatas de la Revolución, por ejemplo, organizar la zafra azucarera; el homenaje a los combatientes espirituanos del Ejército Rebelde, el enfrentamiento clasista a intereses creados y contra fuerzas externas…

Pasaría más de medio siglo y, sorprendentemente, este planteamiento lo veríamos después reflejado en la definición de Revolución que nos dejó como legado a los cubanos, y que suscribimos con amor tras su partida física, porque no fue casualidad que entre quienes lo rodeaban allí aquella madrugada había numerosos exponentes de la burguesía local, la mayoría de los cuales intentaría, después, impedir —de mil maneras— la radicalización del proceso.

Por último, abundó el joven líder acerca de las reivindicaciones a favor del pueblo, empezando por los campesinos de la Sierra Maestra, el resto de la provincia de Oriente y luego en Las Villas, territorios cuyos vínculos históricos desde los tiempos de las luchas independentistas ponderó.

Y entre las obras a emprender en beneficio de los pobres, de los hambrientos, de los ignorantes, en cumplimiento del Programa del Moncada —al que solo aludió implícitamente— mencionó carreteras, caminos, ferrocarriles, escuelas, pequeñas hidroeléctricas e, incluso, un plan para edificar hasta una decena de ciudades escolares con capacidad para 20 000 alumnos cada una.

 “El pueblo no se puede dormir sobre los laureles”, expresó Fidel, y advirtió: “que el camino que tenemos por delante es un camino largo y duro, que la Revolución en su etapa constructiva no será un paseo, que por delante tenemos muchos intereses creados, que toda obra justa encontrará resistencia”.

  Con una lucidez asombrosa, el Comandante en Jefe fue premonitorio al señalar: “El enemigo en fuga, pero con cuantiosos recursos económicos, tratará de poner en nuestro camino todos los obstáculos, se asociará con cuantos enemigos de Cuba puedan encontrar y estaremos en la obligación de mantenernos siempre alerta, siempre en guardia, que muchos peligros amenazan a nuestros combatientes”.

  Dijo Fidel entonces que, al igual que en la Sierra, la Revolución ahora tendría que realizarse paso a paso, poco a poco y sin otra divisa también que la del triunfo, luego previó la acción de los demagogos y oportunistas de última hora, de traidores y desertores y además: “tal vez amenazas extranjeras, tal vez agresiones extranjeras”, anticipándose a Girón, a la Crisis de Octubre del 62 y a las bandas armadas.

“Volveré primero que nada a la Sierra Maestra —afirmó—, ya no en plan de guerra, sino en plan de paz; ya no a pedirles sacrificios a los campesinos que nos sostuvieron en los días difíciles y que con nosotros soportaron las bombas y la persecución, sino a llevar algo, a hacer algo por ellos, a empezar a cumplir lo mucho que les hemos prometido”.

No es óbice recordar entonces que la Revolución se ocuparía muy pronto, no solo de los campesinos de la Sierra, sino que se fue a la Ciénaga de Zapata, uno de los territorios más olvidados de Cuba para reivindicar a sus moradores, hombres y mujeres humildísimos que vivían en condiciones infrahumanas, y, paso a paso, llegaría a todo el país.

Pocas semanas más tarde el flamante Gobierno revolucionario con Fidel desde su cargo de Primer Ministro decretaba la rebaja de la tarifa eléctrica y los alquileres y elevaba el salario mínimo. Menos de cinco meses después proclamaba en La Plata, Sierra Maestra, la Primera Ley de Reforma Agraria que hacía propietarios de la tierra que trabajaban a cientos de miles de campesinos. En un latifundio oriental se iniciaba la edificación de la primera Ciudad Escolar del país.

Era el inicio de una obra transformadora gigante en una nación pequeña, el comienzo del rescate de la patria, repartida a pedazos entre los monopolios extranjeros, con una economía totalmente dependiente de la de Estados Unidos y donde el capital criollo era minoritario, tímido y parasitario, servil a intereses ajenos. Obra de la que se beneficiaría no solo el pueblo de Cuba, sino decenas y decenas de países del mundo.

Al frente de la Caravana de la Libertad, Fidel venía del Oriente de Cuba con la primera mitad de la misión cumplida: la guerra de liberación. Ahora emprendería otra: la de la verdad, retada a resistir la durísima prueba de la aplicación práctica de sus promesas en un entorno adverso, sometido a una guerra sin cuartel por la mayor potencia del planeta.  

Fidel estaba consciente del inmenso desafío que tenía por delante, pero lo emprendió con valentía, decisión y todo el optimismo del mundo. Así fue venciendo todos los retos, incluso los 638 planes e intentos de asesinato en su contra. La historia de la humanidad no recoge otro ejemplo comparable de resistencia, entereza, coherencia política y valentía, prolongadas en el devenir, amalgamadas hasta construir una epopeya gigantesca en un modesto país del tercer mundo que transformó radicalmente.



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