Vindicación del Apóstol

Nadie supo ver como José Martí los gérmenes de un imperio insaciable en la sociedad  de EE.UU. de fines del siglo XIX

En la nación norteña Martí desplegó sus excepcionales aptitudes periodísticas y se convirtió en el centro del gran proyecto libertario.
En la nación norteña Martí desplegó sus excepcionales aptitudes periodísticas y se convirtió en el centro del gran proyecto libertario.

A los Estados Unidos llegó el joven José Martí en 1880 con solo 27 años, no con el objetivo de labrarse una existencia muelle gracias a sus superlativas cualidades intelectuales, sino a preparar desde allí la independencia de su patria. De la joven república imperial partió en enero de 1895, a escasos días de su 42 cumpleaños, para irse a Cuba a la guerra libertaria donde moriría de cara al sol, tal como profetizara.

Sin embargo, durante su estadía en Nueva York, donde fijó residencia 15 años atrás, nunca se obnubiló con su ideal y actividades preparatorias de la próxima contienda, sino que, sobre todo entre 1880 y 1891, desplegó una labor periodística descollante como cronista de hechos noticiosos que recogió, analizó, desmenuzó y describió con su pluma privilegiada para los lectores hispanos de dentro y fuera de la Unión americana.

Su condición de pensador político avezado le permitió penetrar en las más recónditas esencias del surgimiento del nuevo imperialismo, brotado sobre la base de oleadas de inmigrantes europeos que se extendieron desde la costa este de la América del Norte hacia el oeste y el sur de un inmenso territorio, despojando de sus tierras a los indios, quitándoselas a México por medio de una guerra de rapiña o adquiriéndolas de manos europeas mediante la compra por consenso o por chantaje.

Martí reconoció en todo su valor la gesta independentista capaz de separar de la metrópoli inglesa las 13 colonias originales que sirvieron de base a la nueva nación heterogénea surgida en 1776, pero observó que apenas un siglo después, creciendo a pasos de coloso, la flamante potencia norteña no era ya el ideal de república democrática sobre el cual pudieran inspirarse otros empeños libertarios, sino que había devenido antítesis y peor peligro para sus vecinos del sur en un futuro mediato, como anticipó Simón Bolívar.

La violencia y ambición estaban en la raíz de aquel pueblo constituido por tan diversos factores de tan distintas procedencias, y cuya expansión vertiginosa y ansias de conquista dieron lugar a una seudocultura que se asumía a sí misma como superior frente a los nativos americanos y los “salvajes” mexicanos, en amplísimos espacios donde se imponían la ley del Winchester y el revólver.

El cronista supo discernir entre la barahúnda de acontecimientos la raíz verdadera de la nación emergente: “Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no solo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista”.

Todo esto lo tenía muy presente Martí cuando escribió el 2 de noviembre de 1889 al director del periódico La Nación, desde el Congreso Internacional de Washington: “Del holandés mercader, del alemán egoísta, y del inglés dominador se amasó con la levadura del ayuntamiento señorial, el pueblo que no vio crimen en dejar a una masa de hombres, so pretexto de la ignorancia en que la mantenían, bajo la esclavitud de los que se resistían a ser esclavos”.

Sucede que Martí tenía los antecedentes de lo ocurrido en plena Guerra de los Diez Años, cuando Washington ignoró las peticiones de  ayuda formuladas por el Gobierno de la República en Armas, y negó auxilio, así fuera indirecto, a los hombres que se sacrificaban en los campos de la Isla vecina, y porque además conocía la realidad del país donde decidió morar temporalmente, se opuso con todas sus fuerzas a cualquier idea de anexión o asimilación de su patria por el “norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

“Solo el que desconozca nuestro país, o éste, o las leyes de formación y agrupación de los pueblos, puede pensar honradamente en solución semejante: o el que ame a los Estados Unidos más que a Cuba”, escribió el Apóstol a Ricardo Rodríguez Otero en carta fechada el 16 de mayo de 1886.

Se trata de una idea reiterada por el Héroe Nacional, que está presente en muchos de sus escritos y discursos, pues no entiende la anexión ni a quienes la promueven, porque tal posibilidad lo indigna y le repugna. Por eso, en ocasión de su respuesta al periódico The Manufacturer por un artículo ofensivo para los cubanos que reproduce The Evening Post, responde al texto de marras en este último rotativo con otro artículo titulado “Vindicación de Cuba”.

Con una andanada de argumentos, razones y verdades, Martí aplasta literalmente al periódico y al articulista que tan ignorante y despreciativamente se expresaron hacia Cuba y los cubanos, así como de sus ansias de libertad, plasmadas en dos guerras por su independencia, mientras se preparaba una tercera.

“No es este el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba—expresa—. Es probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee ver su país unido a otro donde los que guían la opinión comparten respecto a él las preocupaciones sólo excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia. Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter”.

Idea política y tendencia recurrente dentro de un sector muy minoritario de la sociedad cubana, el anexionismo ha ido y venido en las mentes de ciertos individuos, en distintas épocas. Martí supo vislumbrar con singular perspicacia que, si bien siempre le negó Washington el apoyo a nuestros empeños independentistas, no iba a dudar en el futuro de secundar con entusiasmo a quienes abjuraran de sus valores patrios para acoger sus antivalores, pero, por suerte, el ideario de nuestros grandes hombres prevaleció a pesar de todo.

Martí no se cansó de esclarecer y alertar a sus compatriotas con su verbo inigualable y con su ejemplo. Es obvio que no aró en el mar, como en su día se lamentó Bolívar. Acá, entre nosotros, no querría ser asimilado nadie que posea dignidad y en sus cabales, por un sistema imperial monstruoso en sus entrañas y en sus proyecciones foráneas.

El Apóstol cumplió con creces su misión histórica, y si de momento su caída en Dos Ríos le imposibilitó impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extendieran por las Antillas los Estados Unidos y cayeran con esa fuerza más sobre nuestros pueblos de América —como expresó en misiva al amigo mexicano Manuel Mercado la víspera de su muerte—, su legado patriótico fue recogido por otro gigante, Fidel Castro, quien al frente de la Generación del Centenario de su natalicio lo hizo realidad fecunda.

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