El ejemplo de Elcire Pérez

A la distancia de 60 años, la figura de Elcire Pérez González, mártir de la lucha contra la dictadura de Batista, deviene símbolo y ejemplo para las nuevas generaciones de cubanos

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Elcire Pérez, destacado luchador clandestino natural de Guayos

Marzo 14 de 1958, calzada de Porvenir, reparto Lawton, La Habana. En la cuadra ubicada entre San Francisco y Concepción, carros perseguidores bloquean un automóvil donde viajan cuatro jóvenes muy buscados por la Policía. Los sicarios no los incitan a la rendición, sino que vacían bárbaramente sobre ellos sus ametralladoras.

En aquella orgía macabra, versión callejera de Humboldt 7, muere Elcire Valentín Pérez González, destacado luchador clandestino natural de Guayos, municipio espirituano de Cabaiguán, y sus compañeros José Luis Dubrock, Miguel M. Concepción y Máximo Santiago Haza.

Yiyo, como le decían sus compañeros, acababa de salir de un encierro de meses en el Castillo de El Príncipe, a donde fue a parar víctima de la delación que permitió su captura el 6 de diciembre de 1957 por el carnicero coronel Esteban Ventura Novo y sus jenízaros, quienes lo condujeron a la Quinta Estación de Policía con un objetivo esencial: que les dijera el paradero de su jefe superior, Faustino Pérez Hernández. Pese a los 11 días de horribles torturas, el muchacho no les dijo una sola palabra.

La respuesta de Elcire fue continuar dirigiendo desde El Príncipe a su comando de jóvenes revolucionarios, indicándoles acciones concretas de sabotajes, recolección de armas y venta de bonos del Movimiento 26 de Julio, y a su salida, redoblar las acciones contra el régimen de Batista.

PATRIOTA DESDE LA CUNA

El breve tránsito histórico por la vida de Elcire Pérez comienza el 16 de diciembre de 1938 en Guayos, donde nace fruto de los amores de César Pérez y su cuñada Nila González. Su crianza en el hogar de Ismael Calero y Teodora Rodríguez, una pareja de ancianos muy queridos por la familia —ya que su madre biológica tuvo que irse a La Habana— determinó que el niño creciera en esa casa, orlado por la comprensión y el cariño de ambos.

Su infancia fue la de cualquier infante pobre, aunque con valores íntimos que definirían su existencia, ya desde sus estudios primarios en las escuelas privadas de Eurania Gómez y Eduardo Gómez del Valle. El despertar le llega en el Instituto de Segunda Enseñanza de Sancti Spíritus, donde ingresa cuando tenía 13 años, porque allí, junto con la progresiva madurez le influye el ejemplo de jóvenes como Enrique Villegas.

El 28 de enero de 1953, en ocasión del centenario del natalicio del Apóstol, Elcire, de solo 14 años, organizó y dirigió un desfile estudiantil por las calles de Sancti Spíritus con un cartel que decía: “La patria es ara, no pedestal”. Aquella manifestación fue disuelta a plan de machete y golpes de cachiporra por los soldados batistianos.

Ese propio día por la tarde, al inaugurarse un busto dedicado a Martí en Guayos, la misma frase martiana se oía en gritos estentóreos ante la multitud por el mismo muchacho que la enarbolaba en un cartel por la mañana en la villa del Yayabo, y esa seguiría siendo su impronta en el Instituto.

El compromiso de Elcire en las actividades revolucionarias contra el régimen llegó a ser tal que cuando matriculó cuarto y quinto años de bachillerato para hacerlos simultáneamente tuvo que abandonar sus estudios porque las luchas estudiantiles le absorbían ya todo el tiempo.

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Faustino ponderó altamente la ejecutoria de Elcire Pérez, a quien llego a considerar como a hijo suyo.

POR UNA CAUSA JUSTA

Su amigo y camarada de ideas Rafael Garriga conoció a Elcire a inicios de 1954, cuando un grupo de jóvenes estaba dedicado a la creación de un comité en defensa del gobierno progresista de Guatemala. Recuerda Garriga que cuando invitan a Yiyo a pertenecer a la organización, él respondió con júbilo y asintió al momento.

Luego extrajo del bolsillo de su camisa un manifiesto escrito a máquina donde denunciaba la injerencia de Washington contra el hermano país centroamericano, así como el desvergonzado proyecto de partir a Cuba en dos, convirtiendo una parte de nuestro país en “lo que es el canal de Panamá y la base yanqui de Guantánamo”. Dos días después el Manifiesto vería la luz firmado por 32 hombres y mujeres de distintos sectores de la población.

“Dos semanas más tarde —refiere Garriga— tendríamos que comparecer ante el Tribunal de Urgencia de Las Villas, acusados de comunistas y de injuriar al Gobierno de los Estados Unidos, etc. Durante el desarrollo del juicio se escucharon gritos de condena a la tiranía batistiana: era la inconfundible voz de aquel muchacho de cutis blanco, ojos pardos y pelo castaño oscuro”. Finalmente por falta de pruebas, todos fueron absueltos.

La gran influencia de Elcire fue Faustino Pérez Hernández, quien a poco de ingresar Yiyo en el Movimiento 26 de Julio, todavía en el Instituto de Sancti Spíritus, lo designa como primer coordinador de la organización en Guayos. Por sus actividades, Elcire es detenido casi a diario y se conoce que el capitán Mirabal planea matarlo.

Ante la inminencia del peligro, sus compañeros logran enviarlo a La Habana. Ya en la capital, se incorpora de inmediato a la brega, a las órdenes de Faustino Pérez, quien le asigna misiones cada vez más responsables, siendo uno de los ejecutores principales de la llamada “noche de las 100 bombas” y otras sonadas acciones clandestinas.

Todo marchaba más o menos  bien hasta el día en que cierto compañero, menos íntegro que él, cedió ante las torturas —o sobornos— y delató el lugar donde encontrarían a Elcire y sus amigos. Si en la Quinta Estación de Policía, Yiyo hubiese flaqueado, Faustino —ese Frank País espirituano— habría muerto y la historia hoy sería otra.  

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