La opción de Venezuela es resistir, resistir y resistir

En los últimos tiempos la situación en ese país ha devenido una especie de horno político, económico y social

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Sectores de la oposición venezolana insisten en desconocer el arraigo del chavismo como fuerza política. (Foto: AFP)

Una mirada aunque sea sucinta de la actual situación en Venezuela permite ver numerosos puntos de contacto con la que atravesó Cuba en la década de los años 60, cuando sobre el archipiélago antillano se volcó todo el poder mediático del imperio con su arsenal de mentiras, calumnias y tergiversaciones, combinado con el bloqueo económico, la subversión política, el apoyo a la contrarrevolución armada interna, la invasión mercenaria y, en octubre de 1962, la amenaza de intervención directa.

En aquellos instantes cruciales para la Revolución cubana y martiana, en la asediada Cuba surgió inevitablemente el síndrome de plaza sitiada que insufló en el pueblo la decisión de resistir a cualquier precio, consciente de que si se perdía aquel experimento popular “bajado de las lomas”, se perdía todo, colapsaban los esfuerzos y sacrificios de 100 años de lucha y el imperialismo caería con esa fuerza más sobre nuestros pueblos de América, al decir de Martí.

Pero Cuba resistió, y a partir de Girón, calificada como la primera gran derrota del imperialismo en América, los pueblos del continente fueron un poco más libres, como expresara entonces el Comandante en Jefe Fidel Castro. Al todopoderoso imperio no le quedó más remedio que aprender a convivir con la isla insurrecta.

Hoy Venezuela es la Cuba de los años 60 —algunos la comparan con la República Española—, y sobre ella se vuelca todo el poder apabullante del Imperio, sus vasallos y sus títeres; en fin, que la Roma americana está echando al ruedo todo lo que tiene en los aspectos político, económico-financiero, mediático y militar para estrangular a la patria de Bolívar y Chávez y han hecho que en los venezolanos se extienda, cada vez más también, el sentido de plaza sitiada, lo que estimula la capacidad de resistencia.

Y esa capacidad de resistencia, basada en el patriotismo de lo mejor de su pueblo, puede hacer multiplicar, llegado el momento, el fervor que acompañó al Libertador cuando, al frente de miles de sus compatriotas, atravesó las fronteras entrado el siglo XIX y llevó la libertad a otros cinco países del sur del continente, que hoy no están ocupados por soldados colonialistas, sino que la mayoría padece bajo el yugo de oligarquías serviles al imperialismo yanqui.

Claro que hay muchas salvedades, por ejemplo, que Venezuela tiene frontera con Colombia, la antigua Nueva Granada, con la que un día fue un solo país y de donde vino la traición del general Santander, herederos del cual son los Santos, Uribe, Pastrana y compañía, y que también limita por tierra con países como Guyana y Brasil, regido este último por el golpista y desacreditado Michel Temer, todos proclives a prestarse para una agresión concertada contra la Revolución bolivariana.

Tal cual entonces —como si el tiempo no hubiese pasado—, ahí está la desprestigiada OEA sirviendo de soporte político para justificar una intervención humanitaria en un país cuya economía está crujiendo bajo el sabotaje interno y las múltiples presiones externas de la pandilla yanqui-otanista, que actúa como jauría de lobos en una cacería de corderos.

Hay que acordarse de lo expresado acerca de Estados Unidos por el Libertador Bolívar en la famosa Carta de Jamaica y en los aprestos para la celebración del Congreso Anfictiónico de Panamá, el cual, de forma más o menos directa, las presiones y artimañas de Washington, auxiliado por las pérfidas acciones de Inglaterra, lograron frustrar.

En el actual escenario, cuando la oposición agrupada en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) pateó el tablero al negarse a suscribir el ya consensuado acuerdo con el Gobierno bolivariano en República Dominicana —por órdenes del ahora echado secretario de Estado estadounidense Rex Tillerson, desde la capital colombiana—, el país se abre en medio de dudas y esperanzas a los esperados comicios del 20 de mayo, donde el actual Presidente Nicolás Maduro contenderá con otros cuatro o cinco candidatos.

En estas circunstancias, la oposición ha optado por dos vertientes básicas: la mayor parte se niega a participar en las elecciones, las cuales se propone descarrilar por cualquier medio, incluyendo las violentas guarimbas, mientras otra, liderada por el exchavista Henry Falcón, apuesta por la vía electoral con la esperanza de un milagro en las urnas o, al menos, captar mayor representación en las bases, dentro de la senda constitucional.

El imperio, que observa activo y mete sus manos en todo, piensa que, en última instancia, si se produjese el milagro de que gane Falcón, este no podría prescindir de su ayuda y tendría que plegarse de buena o mala gana a sus designios, de manera que obtendría sus propósitos de forma incruenta y casi sin costo económico y político. Entretanto, Washington mueve los hilos de la conjura para ahogar al país morocho por cualquier vía, incluida la militar.

Más, en este complejo problema intervienen disímiles elementos y uno de los más importantes es el factor económico, utilizado hasta ahora de forma efectiva para restarle apoyo al oficialismo y generar disidencias y traiciones. En este ámbito, el Gobierno ha logrado sobrevivir a los bajos precios petroleros inducidos y ahora, con el barril rondando 60 dólares y con tendencia al alza, las autoridades comienzan a contar con más opciones para importar los necesarios alimentos que el país, con muchas y excelentes tierras y mano de obra “sobrada”, no ha sido capaz de producir.

Súmase la excelente acogida que en el plano internacional ha logrado el Petro, moneda virtual respaldada por las riquezas hidrocarburíferas de la Cuenca del Orinoco y ahora también por el hecho de tener certificada la cuarta reserva mundial en capacidad de extracción de oro. Ya Washington ha dado la orden de bloquear al Petro, pero existe un inconveniente: a nivel mundial es en extremo difícil que alguien renuncie a la utilidad y las riquezas del oro y del petróleo.

En el plano político, la renuncia del Presidente peruano Pedro Pablo Kuscynski, abocado a una destitución congresional por corrupción, ha puesto en entredicho la celebración en abril en Lima, de la anunciada Cumbre de las Américas, a donde Maduro tenía vetado el acceso por disposición del ahora defenestrado peruano-polaco, con tan poca moral como su congénere brasileño Michel Temer para acusar y conspirar contra otros, en un ejercicio que puede resumirse en una frase: el vicio agrediendo a la virtud.

Las próximas semanas serán cruciales en lo que se avizora como un escenario “fluido” como expresa el colega Walter Martínez en su popular espacio televisivo Dossier, y puede haber sorpresas de todo tipo, cuando la estrategia más acertada para las autoridades venezolanas parece ser resistir, resistir y resistir.

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