Serafín Sánchez sobre Ramón Leocadio Bonachea: “Mi conciencia me exigía salvar a este hermano”

En Hornos de Cal, muy cerca de Sancti Spíritus, el patriota villaclareño puso fin a su campaña en la Guerra Grande y nos legó una conducta de servicio a la patria

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El 15 de abril de 1879, Ramón Leocadio Bonachea rubricó una página aleccionadora para la historia de Cuba.

Ramón Leocadio Bonachea nació el 9 de diciembre de 1845, en Santa Clara, en la calle de Buenviaje, entre San Francisco Javier (Maceo) y Parque. Bonachea, en euskera, significa buena casa. Pero esa vivienda ya casi no existe, el techo de la sala se cayó y su fondo es hoy parte de la cocina del local de Patrimonio, que da a la calle Santa Rosa. La memoria de Bonachea pareciera casi totalmente sepultada, aunque resulta uno de los pocos generales que dio esa ciudad a la Independencia.

Es muy posible que la connotada Nicolasa Pedraza Bonachea haya sido maestra de Ramón Leocadio. También lo fue Miguel Jerónimo Gutiérrez. Ya hecho un jovencito, por un incidente con militares españoles, lo enviaron a casa de un amigo abogado, en Puerto Príncipe, donde el ambiente parecía más remansado.

Allí se inició, junto a Ignacio Agramonte, en la masonería en la Logia Tínima, de la cual el Venerable Maestro era Salvador Cisneros Betancourt. A los 19 años tomó las armas en Puerto Príncipe, participó en la toma de Guáimaro y se le dio de inmediato el grado de Teniente, por su labor de reclutador. Comenzó la guerra con la captura de militares enemigos y la ocupación de armas y monturas.

Bajo el mando de Augusto Arango atacó a los españoles en Ceja de Bonilla; peleó en Sabana Nueva y Pitajones, a las órdenes de Ángel del Castillo, y estuvo el 20 de julio de 1869 en el ataque a Puerto Príncipe, dirigido por Agramonte. Formó parte de la escolta del Mayor y participó en el rescate del que sería después traidor, Julio Sanguily.

A fines del 69 ya era Comandante. Peleó el 1ro. de enero de 1870 en Minas de Juan Rodríguez, donde le hicieron al general Puello 223 bajas. Se le citó en el parte cubano del día. Formó parte de la legión invasora que en San Diego de Buena Ventura organizó Gómez para llevar la guerra a occidente. Peleó en Las Guásimas.

El 27 de abril del 76, bajo el mando de Gómez, había entrado en Ciego de Ávila. En julio, a las órdenes del General Manuel Suárez, atacó Morón. A principios de 1877 pasó a Río Entero en Las Villas. En junio retornó a Camagüey, en la zona de Morón.

Bonachea se había casado con su vieja conocida de la niñez, Victoria Sarduy, ante el prefecto de Santa Cruz del Sur. A su primera hija la llamó María América Ana. En el 78 nació su hija Leocadia. Poco después partió a cruzar la trocha hacia Las Villas orientales para continuar la lucha.

Cuando se produjo el pronunciamiento de Lagunas de Varona, salió Gómez de Las Villas y dejó a Julio Sanguily al mando. Bonachea regresó a Camagüey, transmitió el sentimiento de disgusto de los villareños a Gómez por la designación, y surgió un incidente con el Generalísimo por el cepo a que condenó a un oficial. Esto le impidió a Bonachea el ascenso a grados superiores. Por esa causa, en febrero del 78 solo había llegado a Teniente Coronel. Sin embargo, en su hoja de servicios de los Diez Años se anota «valor a toda prueba».

DEL ZANJÓN A HORNOS DE CAL

En Camagüey lo sorprendió la paz del Zanjón en febrero del 78. Bonachea no aceptó el vergonzoso pacto y continuó la lucha con menos de un centenar de hombres. Libró una campaña solitaria de 14 meses más, hasta el 15 de marzo de 1879, cuando, presionado de diferentes maneras, dejó las armas. Pese a las solicitudes de que capitulara había continuado combatiendo en las proximidades de la trocha de Júcaro a Morón, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Trinidad y Remedios.

El 10 de noviembre del 78 el Comité Revolucionario de Nueva York le había enviado el diploma de General de Brigada. Lo vino a recibir en abril, días antes de marcharse de Cuba. El 14, Calixto García le escribió y lo encomia: «Hay quien pretende desviar a usted de la gloriosa senda […] Habiéndose usted colocado en ese puesto debe morir, antes que rendirse al enemigo…», le dijo.

El 14 de febrero de 1879 había sufrido su única derrota en un punto entre Cabaiguán y Nazareno. Para entonces, le mostraban a Bonachea cartas de jefes capitulados y autonomistas, como Spotorno, en las que le expresaban la necesidad y conveniencia de su capitulación, pues ansiaban la paz y la reconstrucción del país; o recibía la de patriotas, como Serafín Sánchez, quien conspiraba a favor de la próxima guerra y consideraba que Bonachea, con su actitud irreductible, mantenía alerta a los españoles. Serafín Sánchez escribió: «…su permanencia en el campo hacía aquí imposible todo trabajo beneficioso y mi conciencia me exigía salvar a este hermano, contra quien los españoles lanzaban a asesinos que a milagro no lo mataron […] Al ver yo que la traición jugaba con él y que hasta la correspondencia del extranjero se la ocultaban sus jefes, decidí tomarme el empeño en que se marchara, salvando el honor de nuestro hombre […] Tal vez me inculpen […] pero yo confío en el porvenir y vivo con la satisfacción de mi conciencia».

Por fin Bonachea dejó las armas en Hornos de Cal, a 22 kilómetros al sudoeste de Sancti Spíritus, poblado de Jarao. En la protesta afirmó que si bien no había capitulado ante los españoles ni con sus autoridades, ni aceptaba el Zanjón, se encontraba conforme en cesar la lucha. Evidenció, junto a Maceo con su Protesta de Baraguá, ser la encarnación de la rebeldía cubana.

Cuando se marchó de Cuba en 1879, solicitó al gobernador general un comprobante de que no había recibido suma alguna de dinero, pues los hacendados trataron de entregarle 20 000 pesos, más 10 000 puestos por los españoles, tolo lo cual pidió se lo entregaran a sus hombres, y él  no tocó un centavo.

LEVANTA LA CABEZA

En incontables ocasiones intentó, desde el exterior, revitalizar la lucha en Cuba. Trató de venir como jefe de la llamada Expedición de Vanguardia, en 1884, en El Roncador. Pasó la noche del 2 de diciembre en Las Coloradas, en el golfo de Guacanayabo. Al amanecer del día 3 los mambises lograron acercarse a la costa. Bajaron dos exploradores. Uno de ellos, Pedro Ros, les preguntó a unos pescadores, dónde estaban y cómo ir hasta El Arrozal.

Estaban en Las Coloradas, les dijeron. Los expedicionarios reembarcaron y El Roncador se dirigió a los bajos de Buena Esperanza. Bonachea pretendía desembarcar por Palo Alto, en el extremo occidental de Camagüey, entre el río Jatibonico y Júcaro, zona para él conocida.

Los dos pescadores a quienes preguntaron dieron cuenta a José Reytor, alcalde de barrio de Belic: «Andan moros por la costa». Entonces, Reytor y otros fueron en un bote hasta el cañonero La Caridad, fondeado en Cabo Cruz. Ramón González, práctico de la zona, asumió el timón del cañonero. La nave divisó a las dos de la tarde a El Roncador, que enfilaba a tierra.

Bonachea vio al cañonero. Pensó resistir, pero para no sacrificar a sus hombres hizo lanzar los fusiles y cartuchos al agua, y así privar de pruebas a las autoridades españolas. Amarrados, los expedicionarios fueron transportados a Manzanillo. Cuando los llevaban por las calles recibieron los escupitajos y las burlas de los voluntarios. Uno de los apresados más jóvenes se echó el sombrero sobre el rostro y bajó la cabeza. Bonachea le gritó: «Levanta la cabeza, que no es indigno luchar por la patria y la libertad».

El 4 de diciembre de 1884 se les tomó declaración. El día 6 fueron llevados a Santiago de Cuba en el Thomas Brooke. En Santiago los pasaron al Sánchez Barcaíztegui. Cuando este tuvo que salir, los pasaron a Cayo Ratones, en medio de la bahía. El 13 de enero de 1885 los llevaron a las mazmorras del castillo del Morro.

Del Morro fueron al Jorge Juan, para ser juzgados. Condenaron a muerte a cinco por rebelión y filibusterismo:  al ya General de División, José Ramón Leocadio Bonachea, al Coronel Porfirio Estrada, al Capitán Pedro Cestero, al Teniente Cornelio Oropesa y al práctico Bernardo Torres.

A otros se les condenó a cadena perpetua; a Miguel Suárez y Pedro Ros, a 17 años; y  a los marineros griegos a 12 años de reclusión. El capitán general Fajardo ratificó la sentencia. Fueron fusilados el 7 de marzo de 1885. Cerca de ellos colocaron a los otros reos, para que presenciaran la ejecución.

Serafín Sánchez no solo denostó a las hienas colonialistas, sino a los autonomistas, que no dijeron una sola palabra que pudiera haber salvado a Bonachea y sus hombres. Allí cayó el héroe de Hornos de Cal, el hombre que demostró la resistencia de los cubanos a la opresión.

 

Rolando Rodríguez García es historiador e investigador cubano. Autor de Los Mangos de Baraguá contra el Pacto del Zanjón, Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente y República de corcho, entre otros

3 comentarios

  1. Fernando Castro

    Como en Baraguá y Hornos de Cal los cubanos continuamos el combate cotidiano por nuevas victorias.Maceo y Bonachea presentes.

  2. No sabia que sanguily fuera traidor algo muy interesante,de lo que me gustaría que alguien me lo explicara

  3. nosabia que sanguily era traidor

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