Nicolás Maduro: asunción presidencial bajo el ataque de Washington

Nicolás Maduro toma posesión como presidente de un nuevo mandato en un momento en que Venezuela enfrenta una fuerte lucha por mantener su independencia

venezuela, nicolas maduro, america latina, estados unidos
Maduro aseguró durante su juramentación presidencial llevar a Venezuela por el camino de la prosperidad social y económica. (Foto: Twitter)

Nunca como ahora parece tan vigente la máxima de Bolívar sobre el gran vecino del Norte, al expresar: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.  Nunca como ahora se ha cerrado el corbatín del garrote del imperio y sus lacayos del continente sobre la patria bolivariana a través del llamado Grupo de Lima, regentado por Washington y formado además por Canadá y por las oligarquías en el poder más extremistas al sur del río Bravo, encabezadas por el neofascista brasileño Jair Bolsonaro.

Ese grupo o pandilla bautizado con el nombre de la capital peruana, pidió la dimisión del presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y advirtió que si insiste en asumir el poder —como le corresponde por haber ganado las elecciones de su país, nada menos que con el 63 por ciento de los votos válidos—, lo desconocería. También, de múltiples formas, esa cohorte ha venido incitando a la desobediencia pública en la patria del Libertador, y a sus Fuerzas Armadas a un golpe de Estado.

Prohijado por la desprestigiada OEA, el Grupo de Lima viene a ser algo así como un compendio de desacreditados regímenes que muy poco o nada tienen para enseñar en cuanto a las llamadas buenas prácticas democráticas, pues, salvo excepciones, han sido ejemplos muy recientes de todo lo contrario.

Una mirada a vista de águila pone en evidencia su techo de vidrio, empezando por el propio Perú, donde de los escándalos de la época de Fujimori, se pasó a los de Alan García, luego de Alejandro Toledo y, hace poco, los del defenestrado Kuczinski, sin que el mandatario actual, Martín Vizcarra, haya logrado limpiar la suciedad acumulada que tiró por el suelo el prestigio de la clase política en pleno. De ahí el clamor popular: “¡Que se vayan todos!”.  

¿Qué se puede decir de Argentina?, donde la economía cae cotidianamente a pesar de que, en lugar de un feroz bloqueo, como sufre Venezuela, tiene la ayuda de Washington a través del FMI y sus agencias, en tanto el presidente Mauricio Macri no duda en endeudar el país mientras descarga todo el peso de la crisis sobre sus trabajadores, persigue judicialmente a la expresidenta Cristina Fernández de Kirschner y asesina o encarcela a sus enemigos políticos, empezando por activistas mapuches?

Lo mismo ocurre en Chile, donde impera una Constitución de los tiempos del dictador Pinochet y se desmanda una oligarquía que mantiene los resortes del poder como una dictadura de derecha, también victimaria del pueblo mapuche y pertinaz perseguidora de los movimientos sociales, notoria por su traición a sus hermanos argentinos al apoyar a Inglaterra durante la Guerra de las Malvinas.

En esta lista, Colombia es ejemplo cimero de estado represor y traidor a su pueblo y a los demás pueblos de Nuestra América, máximo exponente de entreguismo vergonzoso al conceder siete bases militares al imperio gringo, enfiladas contra su propia gente y contra sus vecinos; que además ha dado entrada a la OTAN, contraviniendo el compromiso asumido en La Habana en diciembre del 2014 de declarar el Continente como zona de paz, y todo ello mientras permite el asesinato de activistas sociales y opositores políticos, y reprime con violencia las protestas populares por exigencias económicas.

De escándalo en escándalo que golpean las más altas esferas del poder, Guatemala no se ha podido librar del estigma de haber sido por demasiado tiempo una república bananera, y aún hoy se afirma que lo sigue siendo, ahora más con la palma africana que con el plátano, siempre abusando de su depauperada clase trabajadora, empezando por los campesinos, que buscan emigrar masivamente aún a costa de sus vidas.

Por si fuera poco, ahí está la Honduras del golpe de estado parlamentario a Manuel Zelaya en el 2009, país bananero por excelencia, asiento de una de las más feroces y desprestigiadas oligarquías del continente, donde en las últimas  elecciones —es vox populi— se produjo uno de los más sonados fraudes de los últimos tiempos para impedir la llegada al poder de una coalición de fuerzas progresistas. Esta nación que llegó a la independencia sin lucha fue entregada por esa oligarquía atada de pies y manos al voraz imperio norteño.  

¿Y el Paraguay heredero de Stroessner, donde manda el mismo partido colorado oligárquico de los tiempos de ese dictador, simpatizante del nazi fascismo y represor consuetudinario de ese pueblo? Allí se orquestó el golpe de estado parlamentario contra el sacerdote Fernando Lugo y se provocó antes el incidente que mató a decenas de campesinos y a seis policías con el propósito de fabricar el pretexto para el juicio político.   

Canadá, que junto con Estados Unidos fue dejada fuera ex profeso por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, ha confirmado su poca confiabilidad como país y su entreguismo ciego a Estados Unidos con el presidente Justin Trudeau, quien también con sus actos ha traicionado la memoria de su padre Pierre Elliot Trudeau, a pesar de haber sido víctima él mismo de los desafueros del abominable Donald Trump.

Estos son los gobiernos más influyentes de la pandilla de Lima, a los cuales la historia en su momento pedirá cuentas. A ellos ha presentado Venezuela en las últimas horas una severa nota de protesta por intromisión en sus asuntos internos y el presidente Nicolás Maduro les ha dado un inusual ultimátum conminándolos a rectificar en las próximas 48 horas su postura de desconocerlo, advirtiéndoles que, de no ser así, “adoptará las medidas más crudas y enérgicas que pueda tomar un Gobierno en defensa de la dignidad, soberanía e integridad”.

Por contraste, el México del nuevo presidente López Obrador se ha deslindado de la posición común del grupo limeño proclamando el principio de no intervención en los asuntos internos de otras naciones como base de su política exterior.  

En este complejísimo contexto, donde Washington y sus lacayos han puesto en práctica contra el país morocho todos los mecanismos de una guerra de cuarta generación, y tratan de materializar por todos los medios una revolución de colores como la que trajo a su redil a la Ucrania de Turchinov y Porochenko, los analistas internacionales empiezan a columbrar algo mucho más grande que un diferendo local, devenido regional, para transmutarse en un escenario crítico de la lucha geopolítica y geoestratégica que libran en este momento las potencias tradicionales con los poderes emergentes.

Así, la Rusia de Vladimir Putin que en diciembre del 2018 envió bombarderos estratégicos a realizar maniobras con la Fuerza Aérea de Venezuela —en  clara señal de apoyo—, y por esos días suscribió convenios por miles de millones de dólares con el país suramericano, acaba de emitir una fuerte advertencia a Estados Unidos en contra de una posible intervención militar en la patria de Bolívar y Chávez, de forma unilateral o apoyándose en gobiernos como los de Brasil y Colombia.

Asimismo, China ha alzado su voz en las tribunas internacionales en defensa de la patria morocha y le ha concedido importantes créditos que junto a los recibidos de Turquía, Irán y otros países asiáticos y del Medio Oriente, han resultado como una tabla de salvación económica para una economía golpeada con fuerza singular por la guerra económica interna y el bloqueo asfixiante a que la han sometido Washington y sus lacayos en todo el mundo.

Los planes de EE. UU. y el Grupo de Lima, exacerbados con motivo de la reasunción del presidente Maduro este 10 de enero del 2019 de su alta investidura, también han concitado el rechazo de Cuba, Bolivia, Nicaragua y otros integrantes del ALBA, cuyos mandatarios, empezando por el presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, acudieron a Caracas para la solemne ceremonia de investidura.

Hoy existe cada vez más la certeza de que en Venezuela no se juega ya únicamente el destino de un país y su pueblo, y ni siquiera el de la independencia y soberanía como principio enarbolado por los gobiernos de izquierda en la región latinoamericana y caribeña —asediada como nunca por una Doctrina Monroe resucitada—, sino que está en juego el equilibrio del mundo a que aludió José Martí, frente a las fuerzas oscuras del fascismo de nuestro tiempo.

Deja un comentario

Escambray se reserva el derecho de moderar aquellos comentarios que irrespeten los criterios ajenos, ofendan, usen frases vulgares o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social.