Usted está aquí: Inicio Escambray.Versión en Español Cultura La Fiesta del Sigual

La Fiesta del Sigual

por Pastor Guzmán Castro Última modificación 14/01/2010 20:33
Colaboradores: Foto: Vicente Brito, Ilustración: Montos

Lo ocurrido tentativamente a fines de 1935 en la finca de Miguel Mariano Gómez, cerca de El Jíbaro, dio lugar a todo tipo de especulaciones morbosas. Según indicios de la época, una simple celebración de burgueses -droga por medio- devino bacanal sin frenos que la historia recogería como La Fiesta del Sigual.

La fiesta del SigualDulce noviembre. Un céfiro ligero anuncia la próxima llegada del invierno. En la mansión del rico comerciante Engelberto Villarroel, en Sancti Spíritus, la tarde estalla en un abanico de colores a través de los vitrales que coronan las típicas ventanas de caoba.
   El ambiente es distendido, festivo, porque el amigo predilecto del dueño de la casa, Miguel Mariano Gómez, despunta como seguro ganador de las elecciones de enero de 1936. Mientras el anfitrión espera el resultado de la consulta a las bases del Partido Liberal en la comarca espirituana, que confirmarán si el hijo del ex Presidente José Miguel va como candidato único de esa agrupación, la lujosa morada se ha ido llenando de gente.
   Junto a médicos de renombre, abogados, conocidos mayoristas, cierto acaudalado banquero, y dos o tres terratenientes, se presentan algunos de los músicos más populares de la villa y, lo que a todos resultó más agradable: distinguidas señoritas pertenecientes a lo más rancio de la sociedad espirituana.        
 Villarroel, tan espléndido en estos lances como avaro en los negocios, manda a la empleomanía a repartir Oporto, pero pronto circulan otras bebidas como rones, wiskies y coñacs entre visitantes e invitados, subiendo poco a poco los colores en las mejillas de tan ilustre concurrencia y la euforia de unos y otros.
    De pronto, suena el teléfono y se recibe la mejor de las noticias posibles: ¡Los liberales irán como un solo hombre a las urnas! Se escuchan vivas y exclamaciones de júbilo entre la concurrencia.
“Voy a llamar inmediatamente a Miguel Mariano para informarle”,  anuncia Villarroel, pero alguien le propone: “Engelberto, ¿porqué no aprovecha y le pide usted prestada al Senador la casa del Sigual para celebrar esta magnífica ocasión?”.
    “Tu idea es excelente, ¿cómo no se me ocurrió a mí antes?”, replicó riendo el acaudalado propietario y, dicho esto, marcó y pidió a la operadora la conexión inmediata con La Habana. La buena nueva puso de excelente humor al futuro presidente y allanó el camino para la petición que le siguió: “Sí, dígale de mi parte al mayoral que le dé la llave, ¡ah!, y diviértanse…”.

SE ORGANIZA LA ESTAMPIDA

   La idea de continuar la celebración en un escenario distinto, campestre por demás, provocó en la mayoría un incremento de la contentura. Villarroel comisionó a uno de sus servidores para que fuera delante con un papel suyo a ver al mayoral de la finca El Sigual y a invitar de paso a conocidas familias de los alrededores.   
   Entretanto, algunos asistentes salían a comprar bebidas y conseguir hielo y se fue organizando la caravana de automóviles de la época, compuesta por Fords, Packards, Lincolns, Plimouths y hasta un Lambourghini, de Casiani, un italiano aplatanado.
   El Sigual -recordaría mucho después el trovador Panchito Ortiz- se encontraba situada a unos 11-12 kilómetros de El Jíbaro y tenía dos accesos: un camino que entraba por la finca Torrijos, aledaña al poblado, y otra calzada, que conducía al Puente de Paso Viejo, proseguía por la hacienda La Crisis y entroncaba con el vial principal que llevaba a la heredad de Miguel Mariano. Por uno u otro trayecto, la alocada caravana no tardó en llegar a su destino.
    Ya en los jardines de la gran casa campestre, cada quien parqueó donde y cómo pudo los lujosos coches de marca. Mientras las bellas señoritas y encopetadas señoras penetraban en la enorme mansión, hicieron su aparición los primeros carruajes, conduciendo a féminas exponentes de la burguesía rural de la zona. 

BACANAL EN EL JÍBARO
   A todos causó la mejor impresión aquella construcción magnífica de paredes de tabloncillo machihembrado y pisos de mosaicos pulidos, rodeada de portales, casetas y cobertizos, unidos o separados de la casa, pero accesibles a ella por pasillos techados con pavimento de losas de barro.
   En grandes y relucientes receptáculos se preparó un coctel que habría de hacer historia, y sobre cuya fórmula “secreta”, sus elaboradores, el avispado Mauricio “Nené” Candebat y un tal Valdivieso, no dejaron de verter chanzas e ironías. Cervezas y rones también ocuparon sus lugares, las unas con hielo y los otros a disposición del barmán del mismísimo Villarroel.
   Iniciadas las etílicas libaciones se acrecentó el bullicio y el entusiasmo general. Los músicos procedentes de Sancti Spíritus y un conjunto de El Jíbaro se alternaron en la platea del convite, que detonó en un tropel de parejas desplazándose por la espaciosa sala, demostrando sus habilidades para el baile, pero…
    De manera paulatina, primero casi imperceptible, luego cada vez más notoria, empezaron a manifestarse alteraciones en el comportamiento de algunos participantes, que besaban ostensiblemente a sus compañeras e intentaban, a la vista de todos, acariciar sus encantos más íntimos.
      En lugar de preocuparse e interceder en salvaguarda de hijas o protegidas, ciertas madres y chaperonas echaban la vista con mal disimulado deseo al hombre más próximo. La mayoría hacía rato que gustaba sin mesura del “diabólico” coctel en la cocina, mientras se escuchaban por doquier vocablos obscenos y sonoras carcajadas, sin pudor ni comedimiento alguno.
   Proliferaron gestos, insinuaciones y miradas golosas. Luego empezó el desfile de parejas de ocasión, desde la sala y la cocina en busca de lugares apropiados, llenándose los cuartos, la despensa, baños y cobertizos… El resto de la película quedaría registrado para la posteridad en unas cuartetas indecentes, algunos de cuyos versos todavía se comentan en la villa: En la fiesta del Sigual/ se formó tremendo rollo…”.  


RESACA INFERNAL
   Nadie recordaría luego la hora exacta en que terminó la orgía. Cuando el señor Aristóbulo Lupiáñez, extrañado por la ausencia de su esposa e hijas, llegó al Sigual ya avanzada la madrugada, poco faltó para que le diera un síncope. Lo primero que observó fue a Genovebo, su fiel servidor, balanceándose semidesnudo en condiciones deplorables. Entró al lugar y vio horrorizado entre aquel revoltijo de gente, que supuso borracha, a sus seres más queridos…
   En la mansión campestre, las personas fueron gradualmente despertando, estirándose, sacudiendo las cabezas como si volvieran de otro mundo. A todos atacó como por encanto una hermética amnesia. Poco a poco los vehículos recogieron a sus pasajeros y se pusieron en marcha, dando la impresión de que venían de una trifulca, no de una celebración de ricos.
   La fiesta del Sigual se convirtió en tabú para la burguesía liberal espirituana. También los conservadores silenciaron el escándalo por solidaridad de clase o para disipar sospechas acerca de su hipotética autoría. Por “Nené” Candebat y el tal Valdivieso, presuntos ejecutores de la narcotización colectiva, Villarroel y los suyos ofrecieron una gruesa recompensa que nadie pudo cobrar, dada la agilidad con que ambos pusieron tierra por medio.
   Y en los predios del Yayabo empezaron a circular hojas volantes con aquellas coplas vulgares de sabor pornográfico, acerca de lo que todos sabían y muchos negaban. Pero, blasfemias aparte, alguno que otra confesaría años después que aquello fue precisamente lo que ocurrió…
Más aún, insinuaban que toda especulación quedaba corta.

Nota: Escambray agradece a los trovadores Francisco “Panchito” Ortiz y “Lalito” Cardoso, al obrero jubilado  Ángel López López y a Félix Barceló por su colaboración para este trabajo, versión libre de los hechos

Acciones de Documento