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“Eran las manos del Che”

por Gisselle Morales Rodríguez Última modificación 14/01/2010 17:37
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Así resumió su sorpresa uno de los peritos dactiloscópicos argentinos encargados de certificar la muerte del Che en 1967. A 40 años de que sus manos llegaran a Cuba, Escambray se adentra en un relato tan desconocido como impresionante

 “El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio,
hasta quién sabe cuándo”.
Julio Cortázar

Por 400 000 dólares un agente de la CIA, disfrazado de experto del Museo Británico, intentó comprar las manos del Che. La anécdota la cuenta Juan Coronel, miembro del Partido Comunista Boliviano, quien, junto al abogado y reportero de Cochabamba Víctor Zannier, formó parte de un intrincado plan para sacar del país andino las manos del guerrillero y hacerlas llegar a Cuba.
El Che momentos antes de ser asesinado en la escuelita de La Higuera. El propio periodista las había encontrado en el apartamento de Antonio Arguedas, ministro del Interior de Bolivia en aquel momento, con instrucciones expresas y detalladas del funcionario sobre cómo buscar en el suelo debajo de su cama una urna de madera tapizada “con terciopelo rojo y un acabado muy elegante”.
De modo que, cuando Zannier arribó a La Habana a bordo de un avión de Aeroflot con el maletín entre las piernas el 6 de enero de 1970, concluía una operación de gran envergadura en la que intervinieron varias naciones y por la que no pocos arriesgaron sus vidas.
Ese mismo año, en el acto conmemorativo por el 26 de Julio, el Comandante en Jefe Fidel Castro dio a conocer la noticia frente a un millón de personas reunidas en la Plaza de la Revolución:
“Mencionábamos nosotros al doctor Arguedas, que hizo llegar a nuestro país el Diario del Che. Hay algo más que deseamos que el pueblo lo tome con, digamos, una cierta serenidad. Y es lo siguiente: también después del Diario el doctor Arguedas luchó y se esforzó por hacer llegar a nuestro país la mascarilla del Che, la mascarilla que le tomaron allí el día que lo asesinaron. Y además hizo llegar, conservó e hizo llegar a nuestro país las manos del Che. (…) Es de su materia física lo único que nos queda.  No sabemos siquiera si algún día podremos encontrar sus restos. Pero tenemos sus manos prácticamente intactas. Y es por eso que nosotros queremos preguntarle al pueblo cuál es su criterio, qué debemos hacer con las manos del Che”.
“¡Conservarlas! ¡Conservarlas!”. La ovación, unánime en toda la plaza, no sólo reflejaba el dolor frente a la prueba tangible de una muerte tan sentida, sino, sobre todo, el desasosiego de la muchedumbre que no podía comprender el vilipendio a que había sido sometido.
Casi cuatro décadas debieron pasar para que finalmente se reconstruyera la historia, fragmentada en el recuerdo de unos cuantos sobrevivientes, de cómo la CIA y el alto mando boliviano sumaron a sus miserias el asesinato a sangre fría y el ultraje al cadáver del Che.
UNA TRIBU DE SALVAJES
A Mario Terán le flaquearon las piernas el 9 de octubre de 1967 cuando los oficiales de mayor rango le pusieron el arma en la mano. Aquella tarde en la escuelita de La Higuera, el entonces sargento de las Fuerzas Armadas de Bolivia ultimó a Ernesto Guevara con una ráfaga luego de que el argentino le exigiera: “¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!”.
La orden de eliminarlo había llegado desde La Paz, consultada al detalle con la administración norteamericana, firmada por el dictador boliviano general René Barrientos y supervisada por el agente de la CIA de origen cubano Félix Rodríguez Mendigutía.
Durante 24 horas, el cádaver del Che fue exhibido frente a militares y lugareños.Trasladado en un helicóptero hasta Vallegrande, el cuerpo del Che fue colocado en la lavandería del hospital Señor de Malta y expuesto durante 24 horas, mientras las fuerzas armadas y el gobierno decidían qué hacer con él. El día 10, ante la llegada de Roberto Guevara para reclamar el cadáver de su hermano y certificar su muerte, la situación tomó ribetes de urgencia.
“Decidieron no entregárselo a la familia -explica a Escambray el doctor Jorge Luis González Pérez, actual rector de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana y jefe del equipo de científicos que encontró los restos de la guerrilla en 1997-, pero debían resolver rápidamente cómo probar su identidad y hacerlo desaparecer.
“Por aquella época se corrió la voz de que el Che tenía dobles -relata el especialista-, porque en ocasiones Inti o Coco Peredo, que eran bolivianos, cumpliendo órdenes suyas se hacían pasar por los líderes del grupo revolucionario para que su acento peculiar no los pusiera sobre aviso y porque, estratégicamente, no era conveniente que los pobladores se sintieran dirigidos por un extranjero. Por eso la CIA no iba a permitir que quedara la más mínima duda sobre la muerte del Che”.
Apremiado por el tiempo, Barrientos llegó a proponer cortarle la cabeza y enviársela como prueba a Fidel.
“Van a quedar a los ojos del mundo como una tribu de salvajes, general”, fue la advertencia del cubano Félix Rodríguez, aunque algunas fuentes señalan al jefe de las Fuerzas Armadas Bolivianas, Alfredo Ovando, y hasta a los médicos que realizaron la autopsia como principales partidarios de la negativa.
Entonces coincidieron en amputarle las manos, un recurso tan brutal como excesivo, y enterrar el cuerpo en la madrugada del 11 de octubre en una fosa común en las cercanías de la pista de Vallegrande con todos los cuidados de un secreto militar.
A los ojos del mundo, el líder de la guerrilla había caído en el combate de la Quebrada del Yuro, un lugar recóndito de la selva, y su cadáver incinerado para no permitir ni siquiera el consuelo de un sitio para venerar.
LAS HUELLAS
Obligados a guardar silencio bajo juramento por más de 30 años, los peritos de la Policía Federal Argentina Nicolás Pellicari y Juan Carlos Delgado fueron relevados en el 2005 de la orden de callar. A la redacción de Clarín, una de las publicaciones de mayor tirada en el cono Sur, llegaron en la tarde del miércoles 26 de octubre, apertrechados con fotos, actas y la lucidez de sus recuerdos para narrar las circunstancias en que identificaron las manos del Che.
Los habían despertado en la madrugada del 12 de octubre de 1967 con extremo sigilo. El propio Barrientos había solicitado al dictador argentino, general Juan Carlos Onganía, que los enviara en el menor tiempo posible para cotejar las impresiones de las manos con la única ficha dactiloscópica que, como parte del legajo de identificación personal de Ernesto Guevara, se conservaba en Argentina.
Dos días después, en el cuartel de Miraflores en La Paz y rodeados de la cúpula militar boliviana, los peritos se enfrentaron a “un paquete envuelto en diarios -según declaraciones de Juan Carlos Delgado a Clarín-. Era una lata de pintura que cuando la abrimos el olor del formol nos volteó. Eran las manos del Che amputadas quirúrgicamente”.
“Desde el punto de vista técnico fue una decisión errónea emplear formol para conservar las manos -aclara a Escambray el doctor Jorge Luis González-, porque esa sustancia deseca los tejidos. Hubiese sido más aconsejable el alcohol”.
Su criterio coincide con la versión de Pellicari en el rotativo argentino: “Tuvimos que emparejar las papilas, los pulpejos o yemas de los dedos parecían pasas de uva, y tuvimos que extraer el formol. Además, tropezamos con la dificultad de que el Che, que había vivido y trepado en la montaña y en la selva, tenía las crestas capilares casi destruidas, es decir, la yema de los dedos no tenía ni depresiones ni surcos”.
Sin más opción, los peritos recurrieron al método, indirecto pero infalible, de adherir a los dedos una película de polietileno entintada, pegarla en las fichas y luego fotografiarlas. Finalmente, a las cuatro de la tarde certificaron por escrito que aquellas manos habían pertenecido al Che.
“Fue una prueba categórica, irrefutable”, confirma hoy a Escambray el doctor González Pérez, basándose en la evidencia científica y consciente de que la veracidad del descubrimiento de los restos del guerrillero en 1997 ha sido puesta en duda con mucha más saña.
Pellicari y Delgado no reclamaron las manos, como los militares bolivianos hubiesen preferido: “Nuestra misión termina aquí”, dijeron. Y sin un minuto de cabildeo partieron de regreso a Argentina en medio de una de las mayores inundaciones que recuerde Buenos Aires. Nunca más en sus largas carreras profesionales volverían a sentir una turbación semejante.
LOS CAMINOS DEL CHE
A 40 años de aquella congregación histórica en la Plaza, los jóvenes de entonces recuerdan la zozobra cuando Fidel evocaba “las manos con que empuñó sus armas libertadoras, las manos con que escribió sus ideas brillantes, las manos con que trabajó en los cañaverales, y en los puertos y en las construcciones”.
“Asesinaron al Che, pero no pudieron impedir que su Diario llegara a Cuba. Trataron de desaparecer su cuerpo, pero no pudieron impedir que sus manos llegaran a Cuba”, proclamó con aflicción por la pérdida todavía demasiado reciente. Sin embargo, ya para esa fecha, frente a la multitud adolorida, el Comandante abrigaba la certidumbre de que el paradigma de hombre nuevo que sentó Guevara en estas tierras no había caído con él, sino que se convertiría en el símbolo que es hoy y que Julio Cortázar salvó para la posteridad en una frase profética y memorable: “Los caminos del Che son infinitos”.

Fuentes consultadas:
Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro en la Plaza de la Revolución el 26 de julio de 1970
Entrevista al doctor Jorge Luis González Pérez, rector de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana y jefe del equipo de científicos que encontró los restos de la guerrilla en 1997.
El destino de los embalsamados, Gabriel García Márquez
Los secretos del Che que aún guarda la Argentina, publicado por Clarín el 24 de octubre de 2004.
Las manos del Che, historia secreta de cómo se confirmó su muerte en Bolivia, publicado por Clarín el 30 de octubre de 2005.

 

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