Las sombras del Escambray
Especial dedicado al 50 aniversario de la victoria sobre el bandidismo

El Caballo de Mayaguara

Gustavo Castellón murió el 22 de abril de 1991 con grados de Mayor de las FAR

Gustavo Castellón murió el 22 de abril de 1991 con grados de Mayor de las FAR

El Caballo de Mayaguara(1) es hijo del monte. Perro viejo en la montaña. Dice: “La FAL belga es mi bicho, y mi pistola es la 45”. Me deja ver su pistola, la manipulo. Es una Colt, número 272 448, modelo del gobierno norteamericano. Se hizo de ella en la lucha contra la tiranía de Batista; más exactamente, en la batalla de Santa Clara.
No tiene nada de extraordinario su pistola. Afinada, engrasada con economía por quien sabe de armas; el pavón gastado en el gatillo y la empuñadura. Nada especial, salvo que es la pistola del Caballo de Mayaguara y que este hombre de 46 años es quien ha enviado más bandidos al Reino Celestial.

El Caballo es primer teniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y su otro nombre es Gustavo Castellón. Pero nadie lo conoce por ese nombre.

Las órdenes del Estado Mayor venían dirigidas así: “Estrictamente confidencial. Compañero primer teniente Caballo de Mayaguara, Escambray”.
Caballo es soldado. Posee una mujer bien acerada: él le conoce cada parte del cuerpo y donde le gusta que la toquen. “Sus besitos queman”, dice el Caballo y acaricia la FAL. El mismo bautizó su arma: la Yegua. “¿Cuántos bandidos ha matado?, le pregunto. Pero él se pone molesto y responde: “Yo sólo mato en combate”. Después me confiaron: “Son más de 200”.

En combate, el Caballo de Mayaguara se encaja la boina en la nuca, a la manera de los catchers en el juego de pelota. Carga la Yegua y la pone en automático. El Caballo pelea de pie, con las piernas abiertas, disparando a chorros y moviendo el arma en abanico.

Esa es su técnica porque él conoce la técnica de los bandidos. Cuando el bandido huye, dispara hacia atrás y a la loca, sin apuntar.
Sobrevienen en los cazabandidos los deseos de agarrarlos con las manos.
Caballo no se mortifica: él sabe que la Yegua quema a más de un kilómetro. Caballo sortea el tiroteo desordenado de los alzados y ladea la Yegua a la izquierda, la separa una cuarta del tórax y hace fuego en rafagazos largos, guiándose por las balas trazadoras y por los bandidos que caen.
El Caballo vive en un cuerpo de seis pies, lleno de músculos. Sus piernas están hechas con la misma madera del roble de las montañas. Lleva su pistola en una cartuchera de cuero negro y un cuchillo comando en el costado izquierdo. Siempre usaba un machete cañero en las operaciones.
Sobre él mismo dice: “¡Lo mío es tan grande, chico. He vivido tanto!” Los del Estado Mayor se preocuparon algunas veces por “el personalismo del Caballo”. Pero el Caballo reía: “¡Qué le voy a hacer, si yo soy el Caballo de Mayaguara!”.
Su tropa, formada por cachorros de tigre que merodeaban los 17 años, se paraba en seco cuando el Caballo alzaba la diestra en las operaciones. “Ya olió al bandido” y se preparaban para el combate.
La unidad se constituyó con los niños héroes del Escambray. El es padre de cada soldado y así les llama: “Ellos son mis caballitos”. Pero los caballitos no lo ven como a un padre. Para ellos, el Caballo es su jefe, su combatiente número uno. El más fiero de los cazabandidos.
Hubo épocas de apretarse el cinto, de que escasearan las botas y las camisas en la Sección de Suministros. Entonces constituían la imagen de todos los desvalidos de la tierra peinando en el Escambray. Peinaban descalzos, pero sus fusiles centelleaban. Frente a ellos marchaba el Caballo con la FAL terciada sobre el pecho.
De repente se detenía y alzaba la diestra. El monte callaba. “Ya olió al bandido”, se decían los caballitos. Sin embargo, no había magia ni radares en la nariz. Sólo que el caballo es hijo del monte.
El peina 100 metros delante de toda la tropa, “para oír bien, porque tengo oído fino”. Busca las huellas en la hierba, en los gajos partidos, en las contraseñas con piedras de los bandidos. Así los huele, con su propia experiencia de alzado.
De esa época de alzado, cuando la lucha insurreccional, le nació el nombre y la historia: este campesino pobre y sin tierra, hijo de isleños, supo una madrugada que los soldados de Batista habían macheteado a su compadre Maximiliano Reynoso, miembro del Partido Comunista, “por lo de las quemas de los campos de caña”. Fue la madrugada que el Caballo juró matar también.
Durante tres meses deambuló por la zona de Mayaguara, hasta que decidió coger monte y unirse a los rebeldes. Algún tiempo después, regresaría cada noche al campamento de los rebeldes con las armas que le quitaba a los soldados de Batista. Los rebeldes aseguraban: “Aquí el caballo es Castellón”.
A los 39 años de edad desapareció el campesino Gustavo Castellón y nació esta fiera de cuerpo grande y disparo certero. Lo parieron el monte y la injusticia.
Fue en aquella operación, en la llanadita cercana a Perea, cuando los del Estado Mayor lo llamaron. “Mira, Caballo, no sigas diciendo que no hay bandidos por los alrededores. La Seguridad sabe que los hay. Sin embargo, los de la tropa dicen que no hay ninguno, porque tú lo dices. Te están repitiendo”. Era el noveno día de operaciones y LCB ensayó una de sus tácticas: retirar el grueso de los batallones y dejar grupos emboscados, bajo las órdenes del mismo Caballo.
Esa noche, Caballo escuchó el canto de la VZ. Corrió dentro del monte, sin agarrar sus armas. El vezetero le informó: “¡Caballo, le di a uno!”

– ¡Estoy aquí. Me entrego! –gritó el bandido.

– ¿Se puede llegar en confianza? –preguntó el Caballo y se acercó a la figura revolcada contra la tierra.

El bandido le estaba apuntando con un Garand. El Caballo lo arrebató de un manotazo. Comprendió que había sido una reacción infantil e intuitiva. Fue entonces que se percató de que no traía la FAL encima.

Más tarde colocaron al herido en una camilla y el Comandante Proenza llegó. El bandido le dijo a Proenza:

– Yo se la iba a arrancar al Caballo.

Proenza respondió:

– ¡Vete a la mierda!

(1) Gustavo Castellón murió el 22 de abril de 1991 con grados de Mayor de las FAR.
(Relato tomado del libro Nos impusieron la violencia, de Norberto Fuentes. Editorial Letras Cubanas. La Habana, Cuba. 1986)