Guerra Fría o ¿cómo llamarle entonces?

El Muro de Berlín, que separó la capital histórica de Alemania entre 1961 y 1989. Aunque importantes dirigentes mundiales y analistas le escatiman ese calificativo, la situación internacional reúne prácticamente todas las características de tal situación de facto.

Aseguran que fue el judío germano-estadounidense Bernard M. Baruch quien a mediados de la década de los años 50 del pasado siglo describió la tirante situación existente entre el Este comunista y el Oeste capitalista con el calificativo de Guerra Fría.

Bernard Mannes Baruch, autor de no pocas frases célebres. Aquel avezado financista y político (1870-1965) que fue asesor de los presidentes Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt en cuestiones de economía, tomó el surgimiento del Pacto de Varsovia (1955), como definición de un contexto internacional donde ambos bloques contendían con guerras y conflictos de baja intensidad en distintas regiones del planeta, sin llegar al enfrentamiento directo.

La Guerra Fría, que muchos analistas ubican en el período 1945-1991, mediado entre la terminación de la Segunda Guerra Mundial y el fin de la Unión Soviética, fue marcada de hecho por el famoso político inglés Winston Churchill con un incendiario discurso contra la URSS en Fulton, USA, en 1946.

Es decir, que ya apenas concluida la terrible conflagración en que Norteamérica y el Reino Unido habían sido aliados del gran país del socialismo, y cuando aún se desarrollaba el Proceso de Nuremberg contra los criminales de guerra del desaparecido III Reich, el hombre que había hecho a sus compatriotas la célebre promesa de victoria, al precio de sangre, sudor y lágrimas, rompía lanzas contra el amigo de la víspera. No faltaban ya incidentes y roces entre Washington y Londres, de un lado, y Moscú, del otro.

Esos roces incluían “accidentales” derribos de aviones de la otra parte, y guerra sucia política llevada a cabo por los cuerpos de inteligencia de los occidentales en Italia, Francia y Grecia, que llegaba al asesinato selectivo, la coacción y el chantaje.

¿Motivo?, eliminar a los comunistas y otras fuerzas de izquierda en los gobiernos constituidos a raíz del fin de la hecatombe, y que habían ganado sus méritos en dura brega contra el fascismo.

Pero, en realidad, cuáles son la “sustancia” y la “carne” de tal situación entre bloques de naciones. Un análisis somero del ambiente existente en el período inmediato a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y a la Segunda (1939-1945), encuentra similitudes notables con la realidad que se vive hoy, salvando el contexto internacional mucho más complejo y cambiante.

Porque en los prolegómenos de ambos conflictos hubo no pocas tensiones y actos de fuerza, provocados fundamentalmente por la parte agresora, que fueron paulatinamente llevando a los bloques de potencias al enfrentamiento directo o guerra caliente. Entonces, ¿constituyeron ambos preámbulos una especie de Guerra Fría? Para este redactor, en principio, podrían clasificarse así.

¿Qué se pudiera alegar en contra? Quizá distinguir entre una y otra conflagraciones a partir del elemento ideológico, por el hecho de que al iniciarse la primera no existía aún en la palestra un país comunista como importante factor contendiente. Pero entonces habría que aceptar que en el período inmediato a la segunda si es factible aplicar la denominación de Guerra Fría. Sin embargo, nunca se le dio ese nombre.

Ahora bien, al desaparecer la Unión Soviética y el campo socialista europeo, y dadas las buenas relaciones que por entonces existían entre China y los países de la OTAN (con los Estados Unidos a la cabeza), se consideró llegado el final de lo que Baruch había bautizado con tanto tino.

Es decir, si ya no existía el coco del comunismo y el duro enfrentamiento ideológico que se había contendido en episodios como los de la Guerra civil en Grecia, la Crisis de Berlín, la Guerra de Corea, la Crisis de Octubre de 1962, la Guerra de Vietnam y otros muchos, se suponía que había llegado la paz universal.

Caído el célebre muro de Berlín y desaparecida la “cortina de hierro” y el Pacto de Varsovia, ¿para qué mantener la OTAN?, si incluso un politólogo estadounidense como Francis Fukuyama llegó a proclamar “el fin de la historia”.

Naturalmente, en todos esos años había surgido en los Estados Unidos un enorme Complejo Militar Industrial y, además, su política había pasado de aislacionista, hasta su entrada en la última gran contienda, a francamente injerencista y expansionista, ya en la posguerra. Y ese CMI, contra cuya voracidad alertó el presidente Eisenhower al final de su mandato, había ocupado una posición dominante en el establishment de la superpotencia.

En otras palabras, EE.UU no podía arreglárselas sin enemigos, porque ello habría significado el colapso de su industria de guerra que maneja presupuestos anuales de más de 700 mil millones de dólares, así que, de momento, inventaron la lucha contra el terrorismo y contra el narcotráfico.

No obstante, ahí no termina el problema. El surgimiento de potencias emergentes dado por el fortalecimiento de Rusia, el explosivo crecimiento de China y la India y la aparición de Brasil como poder regional han introducido bazas determinantes en la ecuación.

En particular, la alianza cada vez más estrecha entre Rusia y el gigante asiático, que potencian sus fuerzas armadas y modernizan sus arsenales bélicos, desafía la doctrina de Washington de impedir el surgimiento de nuevos polos de poder que pongan en peligro su supremacía mundial.

En este contexto se ha venido caldeando la situación con sucesivas crisis y fricciones provocadas por eventos tales como la breve guerra entre Rusia y Georgia en el 2008, la agresión occidental a Libia (2011), las amenazas y presiones contra Irán y la actual arremetida contra Siria. En todas ellas, EE.UU y sus socios han chocado con la oposición creciente de Rusia y China.

Hoy, como ha advertido el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, “la paz mundial pende de un hilo”. Si en la otra Guerra Fría la posesión de armas nucleares por parte de los dos bloques impidió la hecatombe, en la actual coyuntura no hay garantía alguna de evitarla.

Para este redactor y a partir del contencioso del Medio Oriente, el Asia Central y otros puntos de fricción entre los nuevos opuestos, ya no existe unipolaridad y, con permiso de Baruch, el hombre que acuñó la curiosa frase de: “Si todos tuviésemos un martillo, todo nos parecería un clavo”, sí, aunque algunos lo nieguen o teman aceptarlo, estamos en plena segunda Guerra Fría. ¡Ojalá que nunca llegue a calentarse!

One comment

  1. Los imperialistas norteamericanos son como PEPITO y sus calientes cuentos pues PEPITO le daba la vuelta a cualquiera para terminar en la vulgaridad la indecencia y lo mal sano y los imperialistas norteamericanos son los verticales indolente in conformes y BRABUCONES de barrio los que se creen merecedores de ser el DIOS PADRE Y ESPIRITO SANTO por lo cual son asesinos de profesiones que cuando no tengan a quien matar y masacrar van hacer como el ESCORPION INMOLARSE ASI MISMOS pese a la vulgaridad de PEPITO es tolerable pues JAMAS MATARIA A NADIE . Lazaro izquierdo

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