VII Congreso de la UPEC: Con Fidel en intimidad

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Fidel junto a la delegación espirituana al VII Congreso de la UPEC.

Las carcajadas de Fidel retumbaron sin protocolos en la sala tres del Palacio de Convenciones con los chistes refraneros del difunto Tomás Álvarez de los Ríos. A esas alturas ya lo había cambiado todo, desde el programa hasta la formalidad de las sesiones. Los periodistas disfrutaban esta especie de tertulia íntima, donde lo mismo se conversaba bien en serio sobre política informativa que se preparaba el menú para una cena final.

El VII Congreso de la UPEC no volverá a repetirse. Resultó un evento único, especial, donde se perdieron los límites entre la presidencia y el plenario porque el Comandante en Jefe se convirtió en un reportero más. Y lo dijo explícitamente: “Me gusta el oficio, de verdad, ténganme por uno de ustedes”.

En marzo de 1999 se desarrolló este evento, que inicialmente se previó para dos días, pero que a instancias del entonces Presidente cubano se extendió a cinco jornadas, algunas de las cuales llegaron a durar hasta casi 20 horas.

Algunas veces, desde su responsabilidad como timonel de la nación, Fidel había criticado a la prensa por errores en una cifra o insatisfecho con algún enfoque. Quizás por ello los alrededor de 250 delegados e invitados al encuentro hilaban fino al preparar sus intervenciones. Pero la realidad superó las expectativas porque en lugar de un mandatario gruñón o disgustado, en el plenario se personó un hombre comprensivo, humano, sencillo, de humor envidiable, quien dio a la prensa el mejor espaldarazo que el gremio recuerda hasta hoy.

Y no solo porque de aquel encuentro se derivaron atenciones materiales que la prensa merecía y necesitaba: entrega de computadoras, conexiones para Internet y vehículos para colegas destacados; venta de ropa para trabajar, reforzamiento del transporte y la informática en los medios.

Sino, sobre todo, por sus conceptos esclarecedores que mantienen total vigencia hasta ahora como los relacionados con el tema de la superación y la necesidad de crear un sistema que beneficiara por igual tanto a los colegas del más humilde municipio como a los de la capital del país.

Al abordar el peliagudo asunto de la política informativa el Comandante en Jefe admitió que había faltado comunicación, confianza en los reporteros, cuyo único compromiso es con la verdad y para quienes las puertas siempre debían permanecer abiertas, con vistas a evitar el cero absoluto de información. No por gusto desde la presidencia alguien reflexionó: “Después de este Congreso todos hemos adquirido más conciencia del valor de la prensa, todos menos Fidel que ya la tenía”.

En el encuentro se escucharon sin tapujos y en miscelánea diversas intervenciones de los colegas, desde las más lúcidas y oportunas hasta algunas atrevidas u oportunistas. En lo posible él se encargó de complacer a todos: concedió una entrevista para la revista Bohemia, papel para una publicación femenina, facilidades de trabajo, explicaciones de diversa índole y atenciones personales. Solo se le escuchó negar la petición de casas de recreo y descanso para la prensa.

Sin politiquería barata ni afanes por ganar una simpatía que sabía ya conquistada, el Comandante en Jefe hizo confidencias, anécdotas, historias sin mostrar el menor asomo de apuro: luego de cinco días con buena parte de sus noches prefirió no clausurar el Congreso para evitar formalidades y decretó su futura permanencia.

Así, como continuidad, después se mantuvieron los encuentros en varios plenos ampliados que incluyeron la invitación de lujo para asistir al Museo Nacional de Bellas Artes y al concierto de reinauguración del Conservatorio Amadeo Roldán.

Los colegas Yoleisy Pérez, Humberto Concepción y Oscar Alfonso, quienes también formaron parte de la Delegación espirituana al VII Congreso, aún recuerdan con nostalgia aquel evento, serio y divertido a la vez, donde el líder histórico de la Revolución sugirió publicar el libro de refranes luego compilados por Tomás Álvarez de los Ríos y, por sus ocurrencias, bautizó como El Genio al difunto Guillermo Cabrera, periodista de larga trayectoria en varios medios de prensa y al frente de Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

A última hora mandó a buscar a Abraham Maciques, quien entonces organizaba las jornadas en el Palacio de Convenciones, para que juntos dispusiéramos el menú de la última cena del encuentro; insistió consumir el brócoli por sus múltiples propiedades e indicó preparar un trago especial cuyo nombre no consigo recordar, pero que supo a gloria a esa hora de la jornada.

Cerca del amanecer, el Comandante aceptó la última petición de aquel inolvidable evento al acceder a tomarse una foto con la delegación de cada provincia. Pero a la hora de la instantánea con los espirituanos, cuando esta reportera se disponía a hacer Historia del brazo derecho de Fidel como una de las dos mujeres de la delegación, quedó repentinamente desplazada a un segundo plano al recibir un discreto codazo del finado don Tomás Álvarez de los Ríos, quien no podía perderse la oportunidad de volver a protagonizar esta insuperable tertulia.

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