La epopeya boliviana del Che – Escambray

La epopeya boliviana del Che

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En La Higuera, en Valle Grande y en otras partes de Bolivia se le rinde tributo al Che. (Foto: PL)

La lucha del Che en Bolivia no fue contra un régimen carcomido y débil, sino contra la Agencia Central de Inteligencia de los EE.UU y sus aliados oligárquicos en el continente

 

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El 8 de octubre de 1967 en desigual combate cae prisionero en una emboscada en la Quebrada del Yuro, Bolivia, el Comandante Ernesto Che Guevara y son capturados y asesinados junto con él varios de sus compañeros en lo que constituyó el golpe de gracia a la gesta internacionalista en el hermano país del altiplano, acontecimiento con relevancia y repercusión inmensas en el continente y en el mundo.

 

El estudio de lo acontecido durante y después de la epopeya pone de manifiesto aciertos y errores en la concepción de aquel movimiento que perseguía la liberación del país “más alto” de Suramérica para después irradiar la Revolución liberadora hacia tierras vecinas, empezando por la Argentina natal del Guerrillero Heroico; pero sobre todo, demuestra que allí el Che y sus compañeros no combatieron solo contra el Ejército de un régimen podrido y débil, sino que chocaron frontalmente contra Estados Unidos y sus aliados, lo que multiplica el valor de su hazaña.

SE INICIA LA GESTA

El 3 de noviembre de 1966 el Che arriba secretamente a Bolivia, con documentos que lo identifican como el economista uruguayo Adolfo Mena González. En La Paz empieza a establecer contactos con personas claves bolivianas y cubanas para luego dirigirse a la zona escogida para iniciar las acciones guerrilleras.

En los días y semanas sucesivos se van concentrando en esa capital otros futuros guerrilleros de nacionalidad cubana, boliviana y peruana y para el 31 de diciembre ya está prácticamente completa la plantilla de combatientes, tiempo que él aprovecha para encontrarse con miembros de la red de apoyo urbano.

Cuando se van al monte, los guerrilleros establecen campamentos y realizan exploraciones y reconocimientos en la prevista zona de operaciones, lo que duró hasta el 31 de enero de 1967. El 11 de marzo, durante un recorrido y en pleno proceso de “aclimatación” desertaron del grupo Vicente Rocabado y Pastor Barrera Quintana, que se habían unido a la guerrilla el 14 de febrero.

Estos individuos se presentaron en la sede de la IV División del ejército en Camiri y dieron amplia información que permitió al ejército boliviano y sus servicios de inteligencia tener los primeros indicios de la presencia del Che en Ñancahuazú, junto a cubanos, bolivianos y peruanos.

Los traidores aportaron además testimonio acerca de la presencia allí de la argentino-alemana Tania Bunke, del francés Regis Debray, el argentino Ciro Roberto Bustos y el peruano Juan Pablo Chang-Navarro. Los desertores guiaron también al ejército a los sitios donde se encontraban los campamentos guerrilleros. Esta coyuntura, donde la guerrilla fue descubierta antes de iniciar acciones, repercutiría de manera nefasta en el desarrollo posterior del conflicto por la intrusión masiva de agentes extranjeros.

EL IMPERIO Y SUS CÓMPLICES

Tan pronto como se recibió la información aportada por los renegados, se le envió urgentemente al presidente René Barrientos Ortuño, quien solicitó de inmediato ayuda a Estados Unidos y, de manera sincrónica, recabó la cooperación de los servicios de inteligencia de Argentina, Brasil, Chile, Perú y Paraguay.

Pero las desgracias apenas comenzaban, pues el 17 de marzo, en el momento en que portaba un mensaje, el Ejército capturó al guerrillero Salustio Choque Choque y días más tarde el coronel yanqui Milton Buls, agregado militar de Estados Unidos en Bolivia, el jefe de la Estación CIA, John Tilton, el oficial Edgard N. Fogler y un agente de origen cubano que se hacía llamar Eduardo González viajaron a Camiri para interrogar al prisionero y a los dos desertores.

El 23 de marzo se produce el primer choque entre la guerrilla y el ejército, con resultados catastróficos para este último, que sufre siete muertos, 14 prisioneros y le son ocupados muchas armas y pertrechos. En total los combates del 23 de marzo y el 10 de abril le ocasionaron al Ejército 18 muertos, nueve heridos 40 prisioneros y abundantes pérdidas en alimentos, municiones y armas.

Alarmado por las victorias guerrilleras, el coronel Milton Buls viajó a Estados Unidos y solicitó apoyo urgente. De inmediato fueron enviados a Bolivia, asesores militares, oficiales de Inteligencia, equipamiento para Rangers, municiones y raciones de comida, mientras que el general León Kolle, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea boliviana visitaba Brasil, Argentina y Paraguay para pedir ayuda a los mandos militares de esos países.

UNA AVALANCHA DE RECURSOS

Contra el minúsculo núcleo guerrillero, descubierto antes de disparar el primer tiro, se vuelca una avalancha de medios militares y humanos. Sin pérdida de tiempo, la Fuerza Aérea del régimen empieza el bombardeo de las zonas guerrilleras con bombas de demolición y NAPALM. Para el 4 de abril ya se encontraban en Bolivia las misiones militares que con carácter de observadores, enviaron los gobiernos de Argentina, Brasil y Paraguay. Fue el inicio de una especie de puente aéreo con instructores y recursos de guerra entre la Zona del Canal de Panamá y países suramericanos hacia Bolivia.

En abril de 1967 los servicios secretos de Estados Unidos enviaron a La Paz y las zonas guerrilleras a especialistas en desinformación y guerra psicológica, a la vez que empezaron un trabajo con el fin de aislar al movimiento guerrillero de las ciudades; para ello realizaron detenciones masivas, controles migratorios y redadas de extranjeros. Paralelamente, elaboraron un plan dirigido a descabezar el apoyo urbano a la guerrilla y establecieron campos de concentración para los prisioneros.

El control de los servicios secretos norteamericanos se multiplicó en Bolivia. Así, agentes de la CIA cubanoamericanos empezaron a operar con el Servicio de Inteligencia Militar y el Ministerio del Interior.

A PESAR DE TODO, BOLIVIA RESISTE

A pesar de que las fuerzas del régimen emprenden una intensa represión contra los campesinos en las áreas guerrilleras y sus inmediaciones, se suceden nuevos combates victoriosos para la guerrilla. La prensa es censurada y algunos medios son clausurados o sencillamente destruidos.

Guido “Inti” Peredo, en su libro Mi campaña junto al Che, planteó que durante tres meses de combates se le ocasionaron al ejército más de 50 bajas entre muertos, heridos y prisioneros, incluidos tres oficiales de alta graduación y se le ocupó gran número de armas, parque, alimentos y vituallas diversas. Al cabo de medio siglo uno se pregunta cómo pudo aquel pequeño grupo de valientes combatir durante siete meses a las fuerzas del régimen y sus todopoderosos tutores extranjeros.

CHE, SU ÚLTIMO COMBATE

Es sabido que las últimas semanas de la guerrilla del Che fueron agónicas, ya con la certeza del aniquilamiento del grupo de Joaquín (Juan Vitalio Acuña) en Puerto Mauricio y la pérdida de los contactos con el movimiento de apoyo en el llano.

Hambreado y rodeado por el ejército, diezmado tras los últimos encuentros, el grupo de 17 combatientes se acerca hacia la Quebrada del Yuro, escenario del último y definitivo combate, donde varios resultan muertos y el Che cae prisionero después de ser herido —inutilizado su fusil por un disparo enemigo y agotadas las balas de su pistola—, junto al boliviano Willy Cuba y el cubano Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca).

A partir de ese instante, en la tarde del 8 de octubre de 1967, se inicia para el argentino un verdadero calvario por el amargo sabor de la derrota, su pierna herida, las continuas vejaciones y la casi certeza de su asesinato.

La decisión de vida o muerte, sin embargo, no depende de sus captores; incluso, ni del jefe del Ejército, el general Alfredo Ovando y, para colmo, tampoco del presidente, el también general René Barrientos. Como país dependiente y ocupado, tuvieron que consultarlo con Washington a través del embajador estadounidense en Bolivia. Una reunión previa al más alto nivel en el comando del ejército en La Paz no llegó a ningún acuerdo.

Como era de esperar, la señal desde la capital del Imperio fue la del pulgar derecho hacia abajo, como en el Coliseo romano, pues la orden de asesinar a Fidel, a Raúl y el Che había sido adoptada desde 1960.

Según Adys Cupull y Froilán González en su libro La CIA contra el Che, sobre las 11.00 p.m. del 8 de octubre, el presidente Barrientos, a través  del embajador norteamericano en La Paz, recibió un mensaje desde Washington donde planteaban que el Che debía ser eliminado. Argumentaban que era importante “mostrar al Che altamente derrotado y muerto en combate y que no era recomendable dejarlo vivo porque era un prisionero muy peligroso”.

Entonces el alto mando reunido en el Cuartel General con Barrientos presente, a primera hora del 9 de octubre, envía una instrucción cifrada a Valle Grande. En La Higuera, el agente de la CIA Félix Rodríguez recibió un mensaje en clave con el número 500, cuyo significado era acabar con la vida del Guerrillero Heroico. Este individuo lo comunicó tan pronto arribaron en helicóptero, al coronel Zenteno Anaya y al mayor Ayoroa. El asesinato finalmente corrió a cargo de Mario Terán, Carlos Pérez Panoso y Bernardino Huanca, entrenados por boinas verdes norteamericanos.

Terán, el ejecutor directo del Che, bebido y compulsado por sus superiores, solo pudo disparar después de grandes esfuerzos, impresionado por los gestos, la mirada y la personalidad del argentino. Sus compañeros, entre tanto, ultimaban a Williy Cuba y al Chino Chang-Navarro. Era la una y 10 de la tarde del 9 de octubre de 1967. En aquel instante histórico, el Che entraba en la eternidad.

Nota: El autor utilizó como fuente principal de este trabajo el texto La CIA contra el Che, de Adys Cupull y Froilán González

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