Las sombras del Escambray
Especial dedicado al 50 aniversario de la victoria sobre el bandidismo

Chaleco a la medida

A la distancia de más de cinco décadas, René Martínez Gómez (Chaleco) evoca su participación como oficial de la Seguridad del Estado en el enfrentamiento al terrorismo galopante de las bandas contrarrevolucionarias

René Martínez Gómez (Chaleco) nunca ha sido indiferente al infortunio ajeno. La sensibilidad al parecer le brotó de la pobreza. El padre con 20 oficios para poder sobrevivir con su esposa y cinco hijos varones, las estrecheces de cada día, la escuelita pobre, el único par de zapatos allá en el Ciego de Ávila de su infancia, los precarios juguetes inventados…

Luego, en el Instituto de Segunda Enseñanza, las primeras actividades contra la dictadura de Fulgencio Batista y la huelga de 1955 en apoyo a los trabajadores de los centrales en su lucha por el Diferencial Azucarero. Este movimiento detona cuando él y un condiscípulo al que le decían Pompita, defraudados porque no sucedía nada anormal en la marcha donde participaban, apedrean las vidrieras de una tienda lujosa y comienzan a gritar ¡Abajo el tirano! ¡Abajo Batista!

Para enfrentar al pueblo amotinado tuvo que intervenir el Tercio Táctico de Camagüey, y hubo tiros, palos, decenas de detenidos y otros tantos lesionados y contusos. Pronto ingresa Chaleco en el Movimiento 26 de Julio y se involucra en sabotajes y otras acciones hasta que es detenido. Cuando lo sueltan decide alzarse y va a dar a la guerrilla de Félix Torres en la zona de Yaguajay, donde más tarde se une a la Columna Invasora No. 2, del Comandante Camilo Cienfuegos. En ella combate hasta la conclusión victoriosa de la guerra.

INICIO DE UN JOVEN OFICIAL

Ya con la tiranía derrocada, el comandante Félix Torres le propone a Chaleco, de apenas 20 años y un acentuado aspecto juvenil, ir a administrar un tejar y le promete que hasta le enviaría un camión, pero al segundo día se aparece y le pregunta: “Chico, ¿tú quieres ir para la DIFAR? (Dirección de Inteligencia de las FAR).

Momentos después el Comandante Torres le escribía a un oficial llamado Carlos Almanza en un pedacito de papel, una especie de aval que más o menos decía así: “Carlitos, el compañero es bueno, ingrésalo en el DIFAR-G 2”.

Él inquirió que qué cosa era aquello, y Torres respondió que venía siendo lo mismo que el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) de Batista, pero para defender a la Revolución. El joven no lo pensó dos veces.

En un plazo brevísimo, Chaleco formaría parte de un selecto grupo de 15 ó 16 personas, bajo el mando del primer teniente Aníbal Velás Suárez y el teniente Luis Felipe Denis Díaz, que radicó inicialmente en la sede del Regimiento Leoncio Vidal, de Santa Clara y constituyó el embrión de la Seguridad del Estado en la antigua provincia de Las Villas.

LOS PRIMEROS BANDIDOS 

“Cuando Plinio Prieto se alza, a los pocos días de hacerlo Joaquín Bembibre, nosotros nos fuimos a operar al Escambray con un grupo de integrantes de la Seguridad, de la naciente Milicia y del Ejército Rebelde. Poco después, como en junio de 1960, nos llegó una información concreta y nos pusimos en marcha.

“En Manicaragua recogimos a unos cuantos compañeros, incluido el jefe de puesto local. Bueno, éramos en total unos 25 hombres. Subimos a pie y nos dirigimos a Guanayara. Recuerdo que nos cogió un agua del caramba y por la mañana nos dividimos en dos para operar mejor.

“Por esa zona estaba Plinio Prieto organizando un campamento y ya tenía allí una planta de radio para comunicarse con sus amos en el exterior. En esa ocasión Plinio logra escapársenos junto con otro bandido por el río Guanayara, que estaba crecido porque había llovido la noche antes, pero cogimos a cinco.

Chaleco, el hijo de Charlot, o Chalo, el campesino humilde, de nombre Carlos Martínez, que le legara el alias, estuvo cerca del Comandante en Jefe en distintas ocasiones, pero atesora especialmente dos anécdotas relacionadas con el enfrentamiento a las bandas contrarrevolucionarias en la antigua provincia de Las Villas. He aquí su testimonio:

“Estando allá en mi unidad en Santa Clara, me escogen para andar con Aníbal Velás, hoy general retirado. Un día él me dice: ‘Vamos para Cienfuegos’. Yo no sabía que acudía allí citado por Fidel. Salimos para Cienfuegos y llegamos al aeropuerto. Allí al poquito rato aterrizó un avión y en él venía el Comandante. Lo que habló Fidel con Aníbal no te lo puedo decir porque ellos estaban al lado del avión y yo me encontraba un poco más lejos. Fidel se veía como cuando estaba agitado, dando grandes zancadas de aquí para allá y de allá para acá.

“Ya cuando veníamos de regreso para Santa Clara, Aníbal no comentó nada en el carro, pero mi opinión es que Fidel le exigió a él más agilidad en la persecución y captura de los bandidos que se estaban alzando en aquel momento.

“Bueno, fíjate si da para pensar así, que muy pocos días después Aníbal monta una importante operación por medio de un compañero de aquí al que le decíamos el Sastre, y otro más joven llamado Frank, a través de un agente infiltrado que tenía relaciones con la gente de Campito, un jefe de banda que operaba en la zona norte.

“Nosotros hacemos como que salimos huyendo de Santa Clara, como que nos vamos a alzar, y este enlace, que es un agente de la Seguridad, nos lleva ante un suministro de los bandidos para que nos lleve. Entonces metimos el cuento de que estábamos muy perseguidos por el G-2, que íbamos a caer presos, todas esas cosas. El agente nuestro se retira, nos deja con el enlace para que nos conduzca al Campamento del tal Campito a Aníbal, Frank, el Sastre y a mí.

“Ya cuando llevábamos algún tiempo caminando, nos empezamos a hacer los cansados y preguntamos si el campamento todavía estaba muy lejos, y él: ‘no, no, estamos llegando’. El compañero Sastre y Frank se fueron quedando atrás y Aníbal y yo seguimos. Cuando ya habíamos adelantado unos kilómetros, el guía llega un momento en que dice: ‘ya estamos cerca’,  nos señala un montecito próximo y agrega: ‘ahí está el campamento’.

“Aníbal sacó la pistola y se la puso en la cabeza, mientras él trataba de halar por el machete y, bueno, lo dominamos porque el problema era que no pudiera alertar a los alzados. Fidel se encontraba con la Columna No. 1 del Ejército Rebelde en Motembo, esperando a que le llegara la ubicación de la banda. Entonces nos quedamos Frank y yo custodiando la casa del colaborador, a quien Aníbal se llevó preso con el Sastre para donde estaba el Comandante en Jefe.

“A la hora y pico entró la Columna No. 1 e hizo el cerco. Se tira la operación y se captura a un grupo de bandidos. Campito no estaba pero se les echó el guante a los 17 que había en el campamento. Lo impactante en mi memoria es que Fidel estaba allí dirigiendo la operación. Yo vi a Fidel manejando él en persona, sin ningún tipo de escolta por uno de los terraplenes aquellos”.

AHORA SÍ HASTA EL ÚLTIMO BANDIDO

Unos meses más tarde, la jefatura de la Seguridad en Las Villas decidió enviar a su joven oficial, René Martínez Gómez, para una escuela de Contrainteligencia, la primera que se creó en La Habana. Al finalizar el curso, un día convocan a los alumnos y les comunican que van para la Lucha Contra Bandidos (LCB) en el Escambray. A él lo ubican en El Algarrobo en marzo de 1962.

Comenzó así para Chaleco una actividad sumamente intensa y peligrosa.

Atendía a un número creciente de agentes, colaboradores e informantes, muchos de ellos reclutados entre personas detenidas por su demostrada complicidad con los bandidos. Bajo su autoridad directa, laboraron más de 40 de aquellos ciudadanos, con quienes debía contactar por lo menos una vez semanalmente, motivo por el cual dejó a algunos sin hacerle expediente.

En un plazo más o menos breve se sucedieron distintas operaciones dentro y fuera de su área de responsabilidad, como las de captura del cabecilla Osvaldo Ramírez y las bandas de Braulio Amador Quesada, Gilberto Rodríguez, Orestes Castillo y otras, hasta concluir con las de Nenito López y el Charro de Placetas, a quienes se logró neutralizar en una zona ubicada entre el Algarrobo y Güinía.

LA VIDA EN UN HILO

Chaleco narra: “El peine mata al Charro de Placetas, que estaba peludo y eso. Entonces Nenito (Reinaldo) López va a salir, da la casualidad, por donde nos encontrábamos nosotros. Ahí estaba (Orlando) Remedios y también Juan Estévez y Cundo Corcho, que era un fiel colaborador. Y Nenito viene a salir precisamente por donde estoy yo nos tira una ráfaga que nos cayó tierra encima de las balas de su ametralladora. Hasta aquella acción llegó Nenito López.

Fue sólo una de las muchas veces que Chaleco vio más cerca, pues en el cerco a Osvaldo Ramírez, donde él se adelantó solo, se encontró en un momento dado a unos 40 milicianos apuntándole y conminándolo a soltar el arma y rendirse. “Si se le va un tiro a uno me vuelan en pedacitos”, recuerda, y todavía se eriza.

MIRADA RETROSPECTIVA

¿Cómo ve la LCB después de tantos años?

“Yo creo que la Lucha Contra Bandidos fue una gran escuela, incluso te hablaba de Soto, el muchachito de 14 años que cayó heroicamente combatiendo después de matar a dos peligrosos asesinos. La inmensa mayoría de las tropas era gente joven. Yo diría que fue la primera generación continuadora del Ejército Rebelde de Fidel en la Sierra.

“Para mí, que vi tantos crímenes, quedó claro que los objetivos de los bandidos eran imponer nuevamente en Cuba el capitalismo y arrasar con toda oposición, como hicieron en Guatemala. Hoy tenemos tantas cosas que vemos como normales: la educación, la salud, la cultura, la soberanía… Ellos se proponían implantar aquí un régimen de terror peor que el de Batista. Nosotros contribuimos a impedirlo”.