Las sombras del Escambray
Especial dedicado al 50 aniversario de la victoria sobre el bandidismo

Estábamos conscientes de que no íbamos a tumbar a Fidel

Diograsio Sagarribai Así lo testimonia Diograsio Sagarribay Quesada*, quien, luego ser capturado por su inserción en bandas contrarrevolucionarias, colaboró con las fuerzas del naciente proceso gestado en la isla. “Nunca me maltrataron ni de palabra”, dice este campesino que desde hace más de 30 años vive en Arroyo Blanco

Cuando Diograsio Sagarribay Quesada escuchó la orden: “Acompáñenos”, venida de aquel joven de la Seguridad del Estado plantado frente a él, el mundo se le desplomó. Mientras el frío de la pistola le hincaba el abdomen, se incorporó precipitadamente del sillón, que todavía hoy sigue balanceándose en su memoria. Era el 3 de junio de 1964.

Desde hacía varios meses andaba fugitivo y se ocultaba en una casa de huéspedes en el Vedado capitalino, después de abandonar su vida de alzado contra la Revolución en la parte noreste de la entonces provincia de Las Villas. Paradójicamente en esa misma región, en la lucha contra Fulgencio Batista, había cooperado en el envío de suministros a la tropa del Comandante Félix Torres.

RAZONES

Por la insistencia de Escambray, a la altura de algo más de 50 años Diograsio encara ese pasado de cenizas, de brumas, que le reduce, por momentos, la voz durante el diálogo.

¿Por qué usted se alzó?

“Parece que por el poco grado de experiencia y de cultura que uno tenía. Yo compraba ganado y en un potrero allá por Pozo Blanco, en un cayo de monte se me metió una gente que estaba en el lío de los alzados. Cuando vine a ver ya estaba amarra’o en la pata esa.

“Yo llevé a operar de una hernia a mi hijo mayor a Sancti Spíritus, y estando en el hospital corrió a avisarme un cuñado de que las Milicias habían sorprendido a los alzados y que andaban buscándome. Eso fue en agosto del 62”.

¿Qué decidió hacer en aquella encrucijada en que lo habían puesto?

“Me fui para La Habana por primera vez. Estuve allí un tiempo, pero como el G-2 estaba detrás de mí, vine para acá derecho pa’l monte. Me apeé en Leyda, por Venegas, y una persona me llevó por la manigua al campamento de El Trillón, de *Juan Alberto Martínez Andrade. Como yo tenía relaciones con gente de dinero, ellos consideraban que les era muy necesario”.

¿A partir de qué momento se percató de su error?

“Desde que me alcé supe que había cometido un error grandísimo. La vida del alzado era muy mala, lo que hacíamos era huir, estar escondidos en cualquier parte. Cuando los pájaros judíos sonaban ya estábamos asustados”.

De Monte Oscuro a Bayate, de aquí hasta otro sitio donde la noche le sirviera de parapeto, Diograsio calculaba las lunas para que terminara la pesadilla. Las semanas pasaban y se incorporó a la “guerrilla” de Raúl Romero. Milicia, cercos… por doquier. El deambular no cesaba. Se validaba así la “mentalidad de espera”, la “mentalidad de supervivencia”, conceptos luego expuestos por la dirección del país sobre el actuar de las bandas.

“Estábamos tratando de salvar la vida, estábamos conscientes de que no íbamos a hacer na’, que no íbamos a tumbar a Fidel. Además, había que ver las relaciones entre los jefes de las bandas, siempre había sus conspiraciones, todos querían ser jefes. Sí se tenía la esperanza de que iban a venir de afuera, de que intervendría Estados Unidos”.

¿Cómo lograban supervivir?

“Con el apoyo de los colaboradores, de los campesinos confundidos que había en la zona”.

¿Cuándo vio la sangre por primera vez?

“Nunca, nunca la gente mía mató a nadie. Incluso, evité que ocurriera más de una desgracia. En una oportunidad nos dimos un cruce con Mario Bravo** (yo no anduve con él); nos cogió un peine loco y fuimos a dar huyendo a la finca El Cedro. Y cayó un hombre preso, un revolucionario. Él lo agarró, pero yo estaba allí. Óyeme, tuve que darle una coba grande para que lo soltara. Después que lo hizo, que el hombre iba como de aquí a allá, lo volvió a llamar. Fui adonde estaba de nuevo y le dije: Deja a ese hombre tranquilo, deja que se vaya. Nos van a echar un millón de milicianos atrás. Por fin lo soltó. Ver matar a una gente, ¡qué va!, yo no podía”.

Diograsio lo dice despacio. Silencio. Y la nuez se le mueve en la garganta como si tragara algo, luego se le esconde bajo el cuello de la camisa. El sombrero parece estorbarle en la cabeza; ahora reposa sobre la rodilla derecha, inquieta por el balanceo del sillón. Desde hace más de 20 años Sagarribay vive en Arroyo Blanco, Jatibonico.

“Al estar ya muy perseguí’os, Raúl Romero tomó en vuelta de Las Llanadas y yo me quedé cerca de La Caridad, con una tropa de seis personas. Estuvimos juntos cuestión de una semana”.

¿Por qué tan poco tiempo?

“La situación no aguantaba más. Reuní a la gente y le dije que no comprometía más a esos guajiros, amigos de uno. Nos morimos de hambre, pero no veo a nadie. Aquí lo que hay que hacer es salvar el pellejo cada quien como pueda. Uno solo no quiso irse y se fue a buscar otra banda. Estuve alzado entre nueve y 10 meses”.

La Habana se convirtió en refugio por segunda vez.

Una organización contrarrevolucionaria le propició el viaje. “Vete para Taguasco; te recogerán en máquina cerca del paradero del tren”, le indicaron. En la capital, la incertidumbre no amainó; surgían nuevas propuestas.

“Muchas personas entraban y salían de la casa de huéspedes. En tres oportunidades me propusieron salir del país. Pero siempre me negué. Un día me dijeron que ellos (no recuerda cuál organización contrarrevolucionaria) me llevaban hasta determinado lugar y lo único que tenía que hacer era brincar para la azotea de una embajada. Nunca estuve de acuerdo. Después, ya usted sabe, me capturó el G-2”.

EL MEJOR TRATO DEL MUNDO

Cuatro años permaneció detenido, y en ese tiempo a su memoria regresaba una y otra vez, con la persistencia del péndulo, aquella “etapa pesá’ ”, aquella “etapa fea” de su vida de alzado, como él la califica. Con posterioridad a su arresto, Diograsio colaboró con las fuerzas revolucionarias.

“Nunca me maltrataron ni de palabra, ni una mala palabra escuché. Me dieron el mejor trato del mundo, me ayudaron mucho. Siempre fueron muy respetuosos conmigo y con mi familia. Al poco tiempo de estar preso, le dijeron a mi hijo mayor que si quería ir a verme al Condado, en Santa Clara. Aquel encuentro fue muy desabrí’o”.

Esperanza, la esposa de Diograsio, que ha bordeado atenta el diálogo de Escambray, relata cómo a su hijo, de unos 17 años, lo llevaron y trajeron de regreso a la casa. “Ellos no querían que se fuera sin comer nada de allá. Mi hija y yo también fuimos al Departamento de Seguridad del Estado, en Santa Clara, y nos trataron como si fuéramos familia, al igual que en el Condado y en otros lugares. Y lo digo dondequiera que me pare”.

Narra, además, que cuando las Milicias operaban por las inmediaciones de su vivienda en Pozo Blanco y se llegaban allí, saludaban y decían: “Vamos a inspeccionar y seguimos”. “Nunca, nunca me faltaron el respeto”, acentúa ella.

Al cabo de más de 45 años, ¿cómo ve Diograsio aquel período?

“¡Oh!, ni recordar eso. Jamás nadie me habla de esa etapa. Yo cometí un error y me dieron una oportunidad porque no tenía las manos manchadas con sangre”.

Notas: *El bandidismo se liquidó definitivamente en Cuba en diciembre de 1965 al ser derrotada la última banda, dirigida por Juan Alberto Martínez Andrade, entonces jefe del llamado Frente de Camagüey.

**Connotado bandido, capturado en 1964.