Sur del Jíbaro multiplicada (+fotos)

La sed emprendedora que se avista en ese territorio ensanchó los horizontes productivos y Sur del Jíbaro es ejemplo de empresa estatal socialista eficiente

sancti spiritus, la sierpe, arrocera sur del jibaro
De aumentar las horas de vuelo de la aviación, la entidad proyecta la producción de arroz sobre las 60 000 toneladas. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

A inicios de la presente década la producción de arroz en Sancti Spíritus parecía atrapada en un laberinto; de un lado, era noticia la escasez de agua en la presa Zaza, del otro, faltaban maquinaria, piezas de repuestos y la capacidad del componente industrial estaba por debajo del potencial productivo de las terrazas. Mas, los hombres y mujeres de Sur del Jíbaro apostaron al trabajo y encontraron salidas ante aquel amasijo de adversidades.

Se abrió entonces el respaldo del país, mejoró el almacenamiento del embalse, las jornadas laborales fusionaron el día con la noche y los arroceros empezaron a anegar el camino de la recuperación, espantando, primero, aquella fama de Dragón de agua dada a la entidad, capaz de tragarse en un año una presa Zaza entera.

Sur del Jíbaro empezó a abrazar los manuales de la agrotecnia y las nuevas variedades de semilla, metió en cintura las normas de consumo de líquido, retomó el trabajo de nivelación de los suelos, recibió nueva maquinaria, amplió las capacidades de almacenamiento de arroz y modernizó el proceso de molinado, a la vez que todos los colectivos se contagiaron con el rasgo más importante del ciclo productivo: el rendimiento.

Sin desatender las terrazas, la Empresa Agroindustrial de Granos (EAIG) saltó hacia la diversificación productiva con tal acierto que ahora mismo es referente nacional de empresa estatal socialista eficiente, tal como expresara el Presidente cubano Miguel Díaz-Canel en su reciente visita a La Sierpe.

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Después del arroz, sobre la ganadería descansa el segundo mayor aporte económico de la empresa. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

ARROZ CON CICLO CERRADO

Más allá de las cerca de 58 000 toneladas de arroz consumo que dejó como saldo final el 2018, el verdadero termómetro de la cosecha fue el rendimiento agrícola, situado en 5.23 toneladas por hectárea, una cifra que a los desconocedores de la materia no le expresa su verdadera dimensión; sin embargo, es el más alto desde que iniciara en 1967 el desarrollo del cereal en la zona bajo la égida de Fidel, defensor siempre de esa arista productiva.

Eddy Santiago Gómez, director técnico productivo en la EAIG, tiene a mano un ensarte de razones que explican la obra del rendimiento, “muy ligado al trabajo de la agrotecnia, al desempeño de la aviación, a esos hombres que se mudaron durantes semanas y meses para las terrazas, a la calidad de la semilla —toda certificada y lograda allí—, a la preparación de los suelos y al hecho de haber enmarcado la cosecha en el momento óptimo”, detalló.

Para Orlando Linares Morel, director general de la EAIG, resulta esencial que la entidad haya podido cerrar el ciento por ciento del ciclo en la cadena de la producción arrocera, definición que incluye la producción agrícola, la modernización y ampliación de la industria arrocera, y que “el 99 por ciento del arroz que se produce en las terrazas lo compramos húmedo, lo beneficiamos, lo almacenamos, lo molinamos y lo vendemos”, apuntó.

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Hemos transitado hacia una diversificación productiva, dándole al arroz una atención diferenciada, apunta Orlando Linares Morel, director general de la EAIG. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

“Este cultivo es la locomotora de la empresa —añadió—, la producción principal, la que tiene que generar los mayores ingresos y utilidades, hemos transitado hacia una diversificación productiva, pero consolidando esa actividad y su infraestructura, dándole al arroz una atención diferenciada”.

El porqué de tan favorables dividendos productivos y económicos parece afincarse en otro concepto enunciado por el directivo: logran un proceso de planificación, contratación y conciliación de la producción arrocera a nivel de cada productor; tal exquisitez se vuelve creíble ante una afirmación rotunda: “Aquí no se siembra una terraza de arroz que no tenga una tarjeta de campo, eso demuestra el alcance del trabajo técnico”, acotó Linares Morel.

Si algo distingue desde los últimos años a Sur del Jíbaro es la creación de tres unidades prestadoras de servicios, a raíz de concentrar la nueva maquinaria llegada a la zona —combinadas, tractores, carretas e implementos—, “porque la explotación de ese equipamiento requiere que se trabaje en composición de pelotón para que sea eficiente y se cuide, ahí puede estar uno de los secretos de los resultados productivos”, señaló Linares Morel.

LA CEBA REGRESÓ AL SUR

Aquel dicho que reinó durante décadas: “Cuando la Zaza está seca, los arroceros están de luto” perdió parte de sus esencias porque fue la sed del embalse uno de los mayores detonantes de la diversificación y Sur del Jíbaro desempolvó la historia para reencontrarse con una de las actividades que más resonancia alcanzó en la zona: la ceba de ganado para la entrega de carne —más de 3 000 toneladas en el 2018—, empeño que vino a sumarse a otro carril que convierte a La Sierpe en una gran lechería vacuna a cielo abierto con aportes el año anterior en el entorno de los 5.7 millones de litros.

Iniciar el rescate de los pastoreos —funcionaron allí en otros tiempos más de 70, nacidos en las primeras décadas de la Revolución bajo la guía misma de Fidel —, ha sido, cuando menos, una guerra a buldócer contra la maleza, pues era tanto el marabú que “no caminaba ni una gallina fina”, como gustan decir los ganaderos de la granja Botijuela.

“Recuperar los pastoreos perdidos es darle vida a media Sierpe; claro, lo que falta es un mundo”, declaró a Escambray Aldo González, de la Unidad 32.

Lejos de ponerse a mirar los animales desde las cercas de los 13 pastoreos ya activos, cada progreso no hizo más que destapar nuevas potencialidades y brotó la finca de producción de alimento animal, una estancia de 164 hectáreas dedicadas al cultivo de plantas proteicas, que son procesadas en el lugar para garantizar la proteína a los rebaños vacunos y de otros tipos de la propia entidad.

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La cría de ganado menor y aves junto al crecimiento de una infraestructura en desarrollo, ya marca pautas en la provincia. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Las crías en tarima de ganado ovino y caprino, el fomento de las aves y la cunicultura, junto a una fábrica de pienso criollo y la instalación de 11 termos fríos para acopiar la leche vacuna —también se entrega de cabra—, se suman a ese soporte estructural que apuntala la integralidad productiva de la Empresa Agroindustrial de Granos Sur del Jíbaro, entidad derivada de la fusión de la antigua arrocera, primero con la Pecuaria Ceba Sur (1998) y luego con la Agropecuaria de La Sierpe y el antiguo CAI 7 de Noviembre.

Pero la diversificación con encadenamiento productivo fue más allá de las terrazas y los potreros, aparecieron las fincas La Jibarita y el polo de Chorrera, en función de los frutales y los cultivos varios, respectivamente, a los cuales se unió en fecha reciente la minindustria de frutas y vegetales; verdaderos escenarios de laboriosidad, donde la jornada pierde los horarios si se trata de Iray Guilarte Moreira, Osmaida Chinea Rodríguez o Lisdani Acuña Obregón, esta última, una trabajadora de oficina convertida en obrera agrícola.

BIENESTAR COMPARTIDO

En el progreso productivo y económico de Sur del Jíbaro mucho tiene que ver el respaldo monetario y material dado por el país, al punto de que entre los años 2010 y 2018, por concepto de equipos recibidos (1 743), inversiones y mantenimientos, la ejecución financiera en La Sierpe supera los 137 millones de pesos.

Aun cuando el pasado año la Empresa Agroindustrial de Granos —aglutina 15 Unidades Empresariales de Base, cinco Unidades Básicas de Producción Cooperativa y siete Cooperativas de Créditos y Servicios—, alcanzó ventas de más de 580 millones de pesos, con 8.5 millones de pesos de utilidades, su dirección no da por concluido el desarrollo ni la solución de los problemas.

Por eso Orlando Linares prefirió salirse de los linderos empresariales para esgrimir un argumento que encaja con la misión de la entidad: “Hay que ver aparejado el bienestar del municipio de La Sierpe con el desarrollo y la expansión de la empresa porque la mayoría de la fuerza laboral del municipio se emplea aquí”.

Ninguna de las estratagemas periodísticas pudo vencer la modestia de un director que no acepta mezclar los resultados con su desempeño personal; mas, Escambray no puede dejar de decir que detrás de esos 12 años de dirección campechana y exigente, de liderazgo de oficina y de surco, hay un aporte también a la obra productiva y económica de Sur del Jíbaro.

“No hay secretos ni claves ocultas, más bien un trabajo estrecho entre la empresa y las unidades, un vínculo diario con los hombres, un permanente seguimiento a cada tarea, el resultado se construye día a día sin mirar la hora del reloj, aquí todos saben que el plan hay que cumplirlo, es una necesidad económica y eso después tiene un respaldo en el salario de cada trabajador”, subrayó Linares.

Entre los ejemplos que ilustran la diversificación entrelazada con el bienestar del municipio, el director toma uno bien elocuente: “Al poblado de Natividad le llegó otra vez la vida cuando instalamos allí una unidad prestadora de servicios de maquinaria; esa comunidad estuvo a punto de desaparecer”.

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El polo agrícola de Chorrera explota 150 hectáreas entre plátano, yuca y frutabomba. (Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

De cara al futuro, Sur del Jíbaro pide brazos, una carencia que no ha podido suplir, pese a los buenos salarios que allí se pagan. “Tenemos más puestos de trabajo que gente en el municipio, por eso se hace imprescindible construir viviendas, para traer profesionales, técnicos y obreros”, destacó el director.

Sur del Jíbaro no es una empresa perfecta, hay deficiencias, señaló Linares y, añadió: “No tenemos todo el personal técnico preparado para enfrentar los nuevos retos, nos faltan profesionales en la mecanización agrícola y en las construcciones civiles, debemos lograr que en cada compromiso productivo el ciento por ciento de los trabajadores estén comprometidos con la tarea y, en este mundo de crecimiento y diversificación nos falta más capacitación del personal que participa en los procesos productivos”.

Tal vez el apego al trabajo sea la mayor divisa de un territorio eminentemente agropecuario que, más allá de la lejanía y los matices de la vida rural por los cuatro costados, ha soportado los avatares del tiempo y las carencias, pero nunca abandonó las raíces productivas y económicas propias de su geografía.

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