Espirituanos frente a la COVID-19: El heroísmo de los médicos (+fotos y video)

Desde que asomara la COVID-19 en la isla, el personal de salud le plantó un duelo cara a cara a la enfermedad. Durante casi 10 meses, los espirituanos de batas blancas han ido salvando del nuevo coronavirus a pacientes dentro y fuera de Cuba

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Los profesionales de la salud han desandado, también, las calles pesquisando unos; tomando muestras de PCR otros; mas, todos con el mismo propósito: salvar. (Foto: José Luis Camellón/ Escambray)

—Papá, vete a cuidar los niños. Y pesó más aquel mandato infantil, tal vez, que la decisión que ya estaba tomada desde el sábado anterior cuando al doctor Mario Orlando Zequeira Camacho le dijeron: “Mayito, el lunes vas para La Cabaña”.

Pero la nobleza y la inocencia de Dylan, su hijo, cayeron como un mazazo sobre todas las inseguridades. Ignoraba el pequeño los riesgos del padre, las jornadas y jornadas en los que extrañaría el beso paterno, el primer día de escuela con la ausencia de papá y cómo se le anudaba la garganta al progenitor mientras imaginaba al pequeño de uniforme sin poder acompañarlo.

Lo confesaba Mayito, como lo conocen, mientras permanecía en el hotel Zaza, hoy centro de aislamiento para el personal de salud una vez que terminan la asistencia médica a casos positivos y sospechosos de la COVID-19: “El niño va a empezar preescolar y no lo voy a ver; pero, bueno, sepa que papá estaba cumpliendo otra tarea”.

Y no se arrepiente, pese a tantos sacrificios, como tampoco lo hace el resto del personal de la salud de la provincia que durante casi 10 meses ha estado desafiando a la COVID-19 dentro y fuera de la isla. Sin pretender reverencias han ido escribiendo historias de heroísmo; mas, lo han hecho únicamente por la vocación humanísima de salvar.

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Milena Morera Ferrer, especialista de primer grado en Pediatría. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

EN ZONA ROJA

Han sido los 14 días más azarosos de su vida y más agotadores también. Nada hasta hoy en su carrera profesional se compara con aquel ritual riguroso: ponerte la ropa verde de pies a cabeza, colocarte con sumo cuidado desde el nasobuco hasta los guantes, las botas… y muchas horas después desvestirte con extrema cautela para no contagiarte.

Pero lo volvería a hacer sin titubear. En aquel lapso a la doctora Milena Morera Ferrer, especialista de primer grado en Pediatría, le nacieron otros pacientes y le creció una nueva familia.

“Estuve siete días en La Cabaña y otros siete en el Hospital Provincial de Rehabilitación —dice Morera Ferrer— asistiendo a pacientes positivos a la COVID-19 en edad pediátrica. Fue una experiencia fuerte, muy fuerte y agotadora, pero recompensa que no se complicó ningún niño —que eran adolescentes en este caso— ni tuve que remitir a nadie”.

Allí aprendió tanto o más como lo ha hecho en el área de Salud de Taguasco donde trabaja habitualmente. Fue una labor diferente, pero con idéntica esencia a su día a día: sanar a los niños. Y aunque se extraña la casa, como confiesa, y no se cura el miedo al contagio volvería a repetir la experiencia.

“Es verdad que a veces uno va contando hasta los minutos —asegura Morera Ferrer—, pero si fuera necesario apoyar de nuevo yo voy. Ahí hicimos una familia, porque el otro te cuida y tú lo cuidas también. Hubo mucho apoyo del clínico, el MGI, los enfermeros…, de todo el personal. Hasta el que menos imagina es indispensable”.

En medio de aquel equipo de valientes estuvo Mayito, los mismos días y las mismas horas robadas a la COVID-19 a fuer de protocolos y tratamientos. “Había que ser exquisito —sostiene el especialista de primer grado en Medicina General Integral—, pues un contagio mío podía ser el de todo el equipo. Uno se enfrenta a sus propios temores porque lo importante es que la persona está enferma y el deber de nosotros es trabajar y trabajar bien”.

Es la máxima de los cientos de espirituanos que desde marzo pasado se han forrado de verde y han sanado a otros por encima hasta de sus miedos. Lo mismo en las zonas rojas que han existido en las instalaciones sanitarias de la provincia donde se ha asistido a pacientes positivos a la COVID-19, que en los centros de aislamiento donde se han ingresado casos sospechosos de padecer la enfermedad.

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Durante 14 días el doctor Mario trabajó con casos positivos de la provincia. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

Han desandado, también, las calles pesquisando unos; tomando muestras de PCR otros; mas, todos con el mismo propósito: salvar. Y no viene a ser tal actitud una novedad, lo ha ido padeciendo en carne propia el doctor Alberto Gil, especialista de primer grado en Medicina General Integral y con tres décadas ya como médico.

Igualmente ha sucedido en África, donde asistió a los enfermos de cólera, o en el Politécnico de la Salud Manuel Piti Fajardo, donde trabaja en la atención de los pacientes con dengue. Todas las experiencias médicas de su vida han estado marcadas, como las de tantos otros, por esa noble testarudez de luchar a brazo partido por los enfermos.

“Es una experiencia nueva y peligrosa —afirma Alberto—, pero muy reconfortante. En esta enfermedad estamos aprendiendo cada día y hay que seguir cuidándose porque no se ha terminado. Las personas, una vez que la padezcan, tienen que mantener el aislamiento y todos debemos velar por las medidas higiénicas establecidas, que es una de las formas más efectivas de no enfermarnos. Trabajar en la COVID-19 ha sido un reto, pero como dice Buena Fe: no hay heroísmo, hemos venido a darle un beso al mundo y nada más”.

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Aun a sus 30 años de labor, el doctor Albert reconoce lo riesgoso de esta experiencia. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

DENTRO Y FUERA: LA VIDA

No hubo tiempo de pensarlo. Del otro lado del teléfono, a eso de las seis de la tarde la encomienda dejó colgando también las incertidumbres de todos en la casa:

—Carmen, necesitamos apoyar en Ciego de Ávila, ¿puedes ir?

Y la respuesta discó sin quererlo los temores, pero se dijo sin titubeos: Voy.

—Mañana a las diez de la mañana estás en la Dirección Provincial de Salud para irte, le comunicaron.

Y al día siguiente el Hospital General Provincial Doctor Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila, la recibía lleno de riesgos y casi sin ningún médico avileño para adiestrarla, al menos, en el modo de trabajar en la unidad quirúrgica.

Fue entonces el centro asistencial de muchos extraños que se convirtieron en los de casa. “Éramos médicos de Sancti Spíritus, Cienfuegos, Holguín, Granma, Guantánamo, Santiago de Cuba, Las Tunas”, rememora Carmen Domínguez Lorenzo, especialista de primer grado en Anestesiología, quien trabaja en el Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos.

“Nosotros fuimos luego del evento donde se contagió la mayoría del personal de terapia y del salón. No había camilleros, no había auxiliares, quienes limpiaban eran deportistas, maestros y nosotros en el salón teníamos que hacer muchas cosas: fregar las pinzas, el instrumental hasta, a veces, limpiar.

“El miedo a contagiarte estaba siempre, porque cualquier paciente que llegaba a la unidad quirúrgica podía ser positivo. Cuando anunciaban que venía un posible enfermo uno se ponía todas las escafandras blancas aquellas para trabajar, pero por suerte no tuvimos ningún caso positivo. Siempre se cumplían todas las medidas de bioseguridad.

“Fue una experiencia bonita, conocí mucha gente, pero fue un trabajo muy duro”. Y lo dice no solo por las guardias un día sí y dos no, ni por el aislamiento obligatorio que guardaban en el hotel Ciego de Ávila, ni por la veintena de días fuera de casa; sino por lo estresante que resulta andar siempre sobre el filo de los riesgos.

Lo ha experimentado Carmen con tan solo 28 años de edad como otra de los tantos jóvenes a los que la COVID-19 ha hecho crecer. Se le han encarado al nuevo coronavirus en todos lados: lo mismo en Villa Clara, en La Habana, que en Bolivia, Lombardía, Venezuela…

Allá en Turín lo vivió también el enfermero espirituano Lester Cabrera Chávez, quien en el improvisado hospital que ayudó a armar le arrancó muchas vidas a la muerte que hacía rondar el SARS-CoV-2.

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La doctora Carmen Domínguez fue uno de los médicos que prestaron servicios en el Hospital Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila. (Foto: Cortesía de los entrevistados)

“Antes de nosotros llegar había muchos muertos, porque no se atendían las enfermedades de base, pero los cubanos fuimos cambiando los protocolos y salvando, tanto que no se nos murió nadie en nuestro hospital de campaña en el tiempo que estuvimos allí”.

Y quizás la mayor retribución llegó aquella noche cuando la cúspide de la Mole Antonelliana, el edificio más representativo de la ciudad de Turín, se iluminó inusitadamente con aquellas letras donde se leía: Grazie Cuba.

Porque así han ido iluminando, también, los médicos cubanos todos los lugares, arriesgándose, salvando…, sin pretender convertirse en los héroes que verdaderamente son.  

One comment

  1. La pandemia es similar a una guerra biológica y parece que la estamos llevando bien. Han aumentado los casos pero aún es aceptable El sistema se está probando. Nadie quiere esto, como tampoco, lo que les sorprendió a millones de personas al comienzo de la 2da guerra mundial a mediados del siglo pasado que cambió el curso de
    la historia para siempre. Muchos países hoy no están preparados para esto y eso constituye un serio problema para sus poblaciones. Cuánto vale un sistema organizativo en la población? Solo se ve ahora. EU según Baiden está por acercarse al peor momento de la pandemia. Triste verdad. Un país con enormes recursos mal dirigidos, mal utilizados, desunidos, con una maltrecha contrarevolución que más debe preocuparse por evitar que los coja la pandemia que por atacar a Cuba. Esa Cuba que a cada momento pone el rostro a las adversidades, que no merece eso de individuos sucios, bajos, ruines, despreciables. No obstante debemos estar alertas con la pandemia. Este pueblo glorioso merece como se está haciendo hoy, lo mejor de este mundo, no ha claudicado, no ha bajado la guardia, no se ha desmerengado, es fiel a Fidel, Raúl, y muchos otros. No se ha vendido. Es un pueblo de patria o muerte.

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