Periódico de Sancti Spíritus

Reseña de la Visita a Cuba de Juan Pablo II

En la memoria de los cubanos permanece el histórico acontecimiento de la visita de Juan Pablo II a la isla desde el 21 al 25 de enero de 1998, la número 81 del Santo Padre fuera de Italia y la decimotercera a América Latina en casi 20 años de pontificado y la primera al pequeño David del Caribe.
En los cinco días el Santo Padre sostuvo varios encuentros con el presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Fidel Castro. Esos encuentros tuvieron lugar, primero, a la llegada de Juan Pablo II y durante la ceremonia de bienvenida. Después, una visita de cortesía al Jefe de Estado cubano en el Palacio de la Revolución, en la que Fidel y el Papa dialogaron en privado; en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, con motivo del encuentro con “el mundo de la cultura” con más de 300 intelectuales, artistas y educadores, donde Su Santidad rindió homenaje al padre Félix Varela; y al término de la eucaristía dominical luego del rezo del Angelus en la Plaza de la Revolución.
El último encuentro se repitió en el aeropuerto durante la ceremonia de despedida Fidel, en su discurso, expresó que Cuba había dado un buen ejemplo al mundo recibiendo a Juan Pablo II, aunque no habían faltado presagios de acontecimientos apocalípticos ni intereses mezquinos que mezclaron la visita con propósitos anticubanos. Comparó la Isla con un pequeño David que se enfrenta a un gigantesco Goliath de la era nuclear, cuyas agresiones constituyen “un crimen monstruoso que no se puede pasar por alto, ni admite excusas”. Por todas sus palabras, aún aquellas con las que pueda estar en desacuerdo, en nombre del pueblo de Cuba, le doy las gracias, subrayó Fidel en su despedida Juan Pablo II comprobó con satisfacción el trato respetuoso, la inteligencia, la cultura y la educación del pueblo que visitó, así como su dimensión heroicamente cotidiana y su capacidad de resistencia frente a lo que él mismo calificó —minutos antes de su partida— de “medidas económicas restrictivas, impuestas desde afuera y éticamente inaceptables”.
Fue aquel “un encuentro deseado desde hacía mucho tiempo”, expresó el Sumo Pontífice tras su regreso a Roma, quien resaltó que: “Desde mi llegada, de hecho, fui rodeado de una gran manifestación de pueblo, que ha maravillado incluso a tantos que, como yo, conocemos el entusiasmo de los latinoamericanos”.
Y fue así por la disciplina, la organización, la acogida cálida y respetuosa de los cubanos al visitante, que hicieron posible el cumplimiento exitoso de su intensa agenda de actividades, tal como estaba prevista, sin el más mínimo contratiempo.
El Sumo Pontífice ofreció cuatro misas: en Santa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba —donde coronó a la Virgen de la Caridad del Cobre— y La Habana, celebradas en plazas colmadas por decenas de miles de personas donde sobresalieron como respetuoso reflejo de la alegría de los cubanos.
Se sumaron el encuentro ecuménico, en la Sede de la Nunciatura Apostólica de la capital cubana, con representantes del Consejo de Iglesias de Cuba y diversas confesiones cristianas, además de exponentes de la comunidad hebrea; el intercambio en la sede del Arzobispado con miembros de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba; y su participación en una celebración litúrgica en la Catedral de La Habana y el encuentro con el llamado mundo del dolor, en el Santuario Nacional de San Lázaro, en la localidad habanera El Rincón
El país al que la propaganda del adversario había querido mostrar como salvaje y tenebroso, abrió las puertas a la delegación de la Santa Sede y a más de 2 mil periodistas extranjeros que escudriñaron a fondo la realidad nacional, y de esta experiencia la imagen de Cuba salió fortalecida.
En esas jornadas los cubanos dieron una muestra de respeto no solo a los creyentes católicos de Cuba, América Latina y el mundo, sino a todas las iglesias y creencias; demostraron que en una sociedad que escogió transitar por el rumbo socialista puede existir respeto entre creyentes y no creyentes; que la Revolución no interfiere en el pensamiento de los ciudadanos sino que los atrae hacia el empeño de construir un país donde impere la justicia social.
“He vivido unas densas y emotivas jornadas con el Pueblo de Dios que peregrina en las bellas tierras de Cuba, lo cual ha dejado en mí una profunda huella. (…) Les estoy agradecido por su cordial hospitalidad, expresión genuina del alma cubana”, expresó el Papa en su despedida.
Amistad recíproca entre Juan Pablo II y el pueblo cubano fue el titular utilizado entonces por nuestro periódico para resumir ese vínculo que resultó del contacto de creyentes y no creyentes con Su Santidad. Lo ratificó él mismo en sus primeras palabras a la multitud reunida en la Plaza: “Cuba, amiga, el Papa está contigo”.
Hasta la lluvia que acompañó al visitante en sus últimas horas de permanencia en Cuba lo inspiró para considerarla “como un signo bueno de un nuevo aliento en nuestra historia”.
A las 7 y 35 minutos de la tarde de un domingo que ya sufría los embates de un tímido frente frío, se vio perder bajo el cielo de Cuba el avión de Alitalia que llevaba en su interior a Juan Pablo II y al séquito que le acompañó a lo largo de esta visita.
Fuente: Revista Bohemia y Periódico Trabajadores



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