Un hombre del Renacimiento

Retrato casi inverosímil del doctor Ercilio Vento Canosa, quien ha sido médico forense, espeleólogo e historiador, que es como decir músico, poeta y loco.   Sobre una mesa del cementerio espirituano, despojadas de toda connotación sobrenatural, las osamentas han venido acomodándose por tamaños, textura, color, antigüedad. En medio de una

El doctor Ercilio Vento Canosa es también vicepresidente de la Sociedad Espeleológica de Cuba.Retrato casi inverosímil del doctor Ercilio Vento Canosa, quien ha sido médico forense, espeleólogo e historiador, que es como decir músico, poeta y loco.

 

Sobre una mesa del cementerio espirituano, despojadas de toda connotación sobrenatural, las osamentas han venido acomodándose por tamaños, textura, color, antigüedad. En medio de una escena que para algunos pudiera parecer dantesca, el doctor Ercilio Vento Canosa se ajusta la camisa de mangas largas, mira por encima de sus antiparras y le dice al hombre que aguarda, expectante:

“Yo sé que usted piensa en este momento que estoy haciendo esto para que se sienta satisfecho y se vaya tranquilo a casa; pero le aseguro que yo no sería tan insensible con su dolor como para darle una seguridad y permitir que usted le tuviera respeto a los huesos que no son”.

Hermes Álvarez respiró aliviado. Ya había perdido toda esperanza de hallar los restos de su padre, traspapelados en el cementerio de Sancti Spíritus desde hacía años, cuando descubrió en las páginas de Escambray las referencias a un sabio matancero que había identificado, valiéndose de fragmentos óseos casi milimétricos, al último miliciano perdido en las montañas trinitarias. Vio entonces los cielos abiertos.

Conminado por lo que considera un deber cívico y moral, el doctor Ercilio Vento Canosa, especialista en segundo grado en Medicina Legal, no lo pensó dos veces: “¿Cómo iba a negarme, tratándose de un asunto tan sensible como la memoria de un ser querido?”. Y con la certeza de quien ha autentificado ya los restos de no pocas personalidades históricas, se adentró en aquel mare mágnum de despojos humanos para analizarlos por los cuatro costados hasta rescatar los únicos posibles, según su experiencia, en las lides de la antropología microscópica.

¿Hasta qué punto es fiable el resultado que arroja este método?, pregunta Escambray, aún incrédulo.

“Las personas quieren que todo sea rotundo, absoluto, pero en las ciencias no hay nada irrevocable. En este caso, como en otros anteriores, se trabaja sobre la base de la exclusión: si todos los elementos coinciden y no hay circunstancias que se opongan, puede afirmarse, no categórica sino razonablemente, que se trata de los restos que buscábamos”, sostiene el doctor Vento, primer latinoamericano y octavo científico del mundo en elaborar un método de semejante envergadura y quien, sin embargo, no parece percatarse de la magnitud de su conocimiento enciclopédico.

A sus 64 años, ya no es el adolescente imberbe que fungía como ayudante para la disección de cadáveres en el cementerio, sino demasiados Ercilios en un solo cuerpo: el presidente de la Cátedra de Paleopatología de la universidad yumurina de Ciencias Médicas, el vicepresidente de la Sociedad Espeleológica de Cuba, el Historiador de la ciudad de Matanzas, el políglota que domina 17 lenguas y cuya más reciente obsesión es la gramática del copto, el ciudadano de a pie que no espera guaguas porque prefiere pulsar los hilos del pueblo y el bicho raro que convivió durante 20 años con una momia bajo su propio techo.

GENIO EN CIERNES

Todavía Ercilio recuerda a aquella bibliotecaria que una tarde hizo llamar a su padre para mirarlo de arriba a abajo con la gravedad de las polillas y espetarle de golpe: “¿Sabe usted que su hijo se ha leído 480 libros en esta biblioteca? Créame, eso no es normal”. Pero el señor Vento no se alarmó en lo absoluto, sabiendo como sabía que la afición del niño por la lectura era un hábito conscientemente estimulado desde el hogar.

“Mis padres eran lectores furibundos -confiesa Ercilio-, de manera que yo crecí escuchando no las historias convencionales que le narran a los muchachos, sino las lecturas de mi madre, la buena literatura. Ella me leía textos que no tenían nada que ver con los cuentos infantiles. Quizás fue por ello que aprendí a leer solo. Memoricé el abecedario e imitaba las letras, como si fuera un paisaje, así que un buen día empecé a organizar todo aquello, a darle sentido y salió. Yo recuerdo el momento en que me descubrí leyendo. Estaba delante de un texto y me percaté de que lo que estaba allí escrito era comprensible para mí”.

Fue aquel un hecho premonitorio: en lo adelante sería precoz para vencer las materias escolares -“que me aburrían soberanamente”-, para adentrarse en los misterios insondables de las cuevas, para navegar desde la arqueología hasta los dominios de la Historia y para remontar la carrera de Medicina, esa suerte de obsesión a la que se consagra desde entonces.

En su personalidad convergen muchas aristas que pudieran parecer antagónicas: el médico legista, el espeleólogo, el Historiador de Matanzas, que no es precisamente lo que se espera de un científico…

A veces la gente no comprende mi afición por estos campos tan disímiles del conocimiento, pero en realidad no se excluyen. Mis padres soñaban con que fuera médico, aunque siempre me dieron la libertad de escoger porque me gustaban muchas cosas al unísono: la Arquitectura, el Periodismo, el Derecho. Llegué a la Medicina también por vocación, pero logré desarrollar las demás aficiones porque, por ejemplo, desde niño salía con mi padre por las cavernas de los alrededores de Matanzas, me interesé por la arqueología y he mantenido un vínculo tan cercano con la historia que prácticamente sin proponérmelo soy historiador, casi todos los libros que he escrito son de historia.

¿De dónde saca el tiempo?

El secreto está en que yo me programo sin agobio. Ahora, soy pedantemente puntual y no permito que nadie juegue con mi tiempo. Es la única manera de hacer todas las cosas a las que me enfrento en un día. Si me citan para las ocho, yo estoy 10 minutos antes, pero si la reunión no empieza a esa hora, ya a las 8:15 yo no estoy esperando. Ese es mi tiempo, que no vira, y no permito que nadie me lo haga perder.

UN SABIO ESOTÉRICO

Cuando en la década del 80 el doctor Vento sorprendió a toda Cuba al llevarse a su propia casa los restos de Josefa Margarita Ponce de León -“nada de llamarle momia, que ella tuvo su nombre”-, lejos estaba de imaginar que ese instante devendría, a la postre, un parteaguas en su vida.

Por más que se resista a hablar de ella, no puede evitar que emerja a ratos en la conversación.

“Cuando en 1965 apareció el cuerpo sin corromper en el cementerio de Matanzas, yo era un adolescente, pero hay cosas que a uno le están predestinadas. Años después, ya me había graduado de Medicina Legal, y el cadáver fue dañado por un individuo esquizofrénico, de modo que el administrador del cementerio me dice: ‘Oye, ¿por qué no resguardamos esta pieza? Es una pena que se pierda’. Yo moví toda una serie de intereses públicos para rescatarla, sacarla de allí y restaurarla sin saber cómo se hacía -tenía la inspiración, no la instrucción-, pero no encontré hacia dónde llevármela.

“Entonces mi madre, que era una persona de una sensibilidad extraordinaria, y mi padre, que la amaba tanto que habría hecho cualquier cosa para complacerla, me dijeron que la llevara para la casa. A partir de ahí se tejió una leyenda que relacionó la presencia de Josefa con mi primer divorcio. Uno se percata de que cuando forma parte de la leyenda urbana las personas se creen con el derecho a inventarse historias, a fabular y uno se queda sin el derecho sobre su vida. La gente ha pretendido que la momia estaba debajo de la cama, encima de la cama, pero nada de eso fue real. Yo la conservé durante más de 20 años, aprendí sobre la marcha a restaurarla y hasta mis alumnos en esa época me ayudaron en la identificación. Aquello fue increíble porque cuando se colocó en el museo desfilaron cerca de 70 000 personas, más de las que habían pasado por allí como mínimo en 10 años”.

¿Qué sintió cuando la dejó a cargo de la institución?

Yo siempre supe que ese sería su destino definitivo.

Pero en 20 años se crean lazos…

Le voy a decir algo un poco drástico: un fallecido es una casa vacía, lo que usted ama ya no está ahí. Si usted mirara la involución de ese cuerpo en el transcurso del tiempo, se daría cuenta de que se convierte en algo horroroso que no tiene nada que ver con lo que usted amó. Por lo menos con la experiencia que yo he tenido, de vivirla tantas veces, me conformo con profesarle al difunto el respeto que merece por la persona que fue pero jamás pensar que en ese cuerpo reside algo.

Y si no es allí, ¿dónde?

Creo que tiene que haber otro mundo porque este es muy enredado. No debe existir el infierno porque me resisto a creer que haya un sitio peor que la tierra. Pienso que estamos convocados a un lugar agradable pero, por otro lado, me preocupa que no se haga nada allí porque no me imagino sentado en una nube tocando la lira.

¿Hasta qué punto un científico que trabaja con los despojos de la muerte puede sustraerse a las concepciones religiosas?

Nunca le tuve miedo a los muertos, supongo que por la educación pragmática que recibí de mi madre, que me libró hasta de las fobias más comunes en los niños. Ahora, sí le puedo decir: nada me ha hecho amar tanto la vida como ver la vida desde la orilla de la muerte. Nada me ha hecho apreciar tanto el dolor como ver un dolor ajeno que mañana puede ser el mío y ver todas las expresiones del sufrimiento humano ante algo tan enorme, a veces tan injusto como es la muerte. Yo no soy ateo, tengo la misma frase de Einstein: No creo en Dios, yo lo veo en todas partes.

EN PRINCIPIO, MÉDICO

Autor de una veintena de libros y cerca de 500 artículos que redacta a mano sobre papel gaceta, invariablemente, y propietario de una de las bibliotecas más codiciadas de Matanzas, el doctor Ercilio no es, sin embargo, el erudito sedentario e inservible para la vida en campaña. De ello dio fe la tarde que quedó atrapado en la gruta Sal Si Puedes, con el espacio justo para respirar; o la vez que recorrió un kilómetro cueva adentro para sacar a punta de pistola a dos infiltrados de la organización terrorista Alfa 66.

Con una vida tan variopinta y plena, ¿puede hablar de frustraciones?

La música; me habría encantado tocar algún instrumento pero no puedo: estoy incapacitado del todo para coordinar los movimientos.

Si tuviera que quedarse con solo una de sus facetas, ¿cuál escogería?

La Medicina, sin pensarlo dos veces, porque es una especie de sacerdocio; si tuviera que abandonarlo todo para dedicarme a una sola cosa en el mundo -lo cual sería extremadamente monótono, por cierto- lo haría a favor de la Medicina y lo haría con gusto, porque ha sido la madre de todas las ciencias. En principio, médico; después, todo lo demás.

Gisselle Morales

Texto de Gisselle Morales
Periodista y editora web de Escambray. Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez por la obra del año (2016). Autora del blog Cuba profunda.

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