Mi hijo murió para hacer historia

“Nunca olvidaré aquel día de 1981 en que se me acercó por una ventana de mi trabajo y me dijo: ‘Mami, ya me voy”, afirma Iraida García.Declara Iraida García, madre de Alfredo Calzada, joven espirituano fallecido en la Batalla de Cangamba, al conmemorarse 30 años del histórico combate.

Cierra los ojos y parece volar; la mente teje retazos, vivencias de 84 años. Su memoria es como esa máquina de coser a la que estuvo asida hasta el triunfo revolucionario: aunque añeja, se empeña en dar las últimas puntadas. Ya hace 30 años que cuelga el retrato de Alfre en la nívea pared.

Desempolvando los recuerdos, se ve de pronto en Pueblo Nuevo, donde trajo al mundo a cuatro hijos. En aquella colonia del central 7 de Noviembre (antiguo Natividad) vivió hasta que la Revolución le entregó una vivienda y se fueron al batey. El destino azaroso, en el que cree, la escogió para una misión que jamás pensó soportar: llorar en El Cacahual, junto a todo el pueblo, al único espirituano que la Operación Tributo ubicó en la velada central, representativa de los mártires internacionalistas de toda la isla. Alfredo Calzada, su niño, le llega hasta en las canciones que la hacen sangrar por dentro.

“Recuerdo a mi hijo de tantas formas… Siempre le gustó jugar mucho, sobre todo con camioncitos de madera, carretitas. En tiempo de zafra, transportaba pedacitos de caña o cualquier palo que se encontrara en los carritos, si no, recogía bulticos de tierra y se ponía a tapar los huecos de la calle.

La foto de Alfre en la sala de la casa de Iraida García. “Jugaba pelota, hasta tenía su traje, íbamos a la playa y le encantaba nadar, pero no, lo de él era la mecánica. Se pasaba el tiempo en los talleres del central, los mecánicos de allí le tenían un afecto enorme. Y qué trabajador; recuerdo cuando construyeron el cine del pueblo lo mucho que ayudó, tanto que Rolando Sánchez, un vecino del lugar, jaraneaba: A esta sala le tienen que poner Alfredo Calzada”.

¿Alguna vez confesó qué quería estudiar?

“Él cursó hasta noveno grado y su objetivo era ingresar en un tecnológico. Su papá lo llevó tres veces a uno ubicado en La Cachurra, donde se estudiaba Mecánica Automotriz, pero nunca hubo cama para becarlo. Eso no lo frenó, con 12 años aprendió a manejar y ya con 16 conducía la guagua del central”.

¿Cuál fue su reacción al saber que marcharía a Angola?

“Sentí mucho orgullo, y también miedo. No podía esperar menos de él, si su papá, el tío y yo fuimos de la clandestinidad, apoyamos al Movimiento, ese fervor revolucionario le corría por las venas. Pero una madre nunca quiere que su hijo parta a la guerra, por mucho amor que le tenga a la causa, y Alfre era un niño, tenía solo 17 años.

“Aquella tarde almorzó y se tiró en su cama. Le hablé sobre todos los peligros que iba a enfrentar y él me dijo: ‘Mami, ya estoy decidido, yo dije que sí el día que me citaron para el Servicio Militar y ahora cumplo con  mi palabra’. Pues que Dios te acompañe, fue lo único que le pude decir”.

De todas sus pérdidas familiares, la del hijo es la única sobre la que no puede hablar sin lágrimas o sin el nudo en la garganta. Parece que fue ayer cuando, jugando a ser hombre, colgó su uniforme escolar para vestirse de verde olivo.

“Ya corría el año 1981, yo estaba en el trabajo y se me acercó por una ventana. Venía con la mochila al hombro y una noviecita que tenía por esa fecha. ‘Mami, ya me voy’, fueron sus palabras. Solo atiné a darle un beso, un abrazo y me quedé mirándolo hasta que la vista se me perdió en la carretera”.

Los primeros días…

“Terribles… Después me adapté a la idea de que estaba lejos. Siempre mantuvimos comunicación, escribía mucho. Mis vecinos, en el trabajo, todos se enteraban cuando llegaba una carta. Me enteré con unos compañeros suyos en Cangamba que enfermó de paludismo y nunca me lo dijo para no preocuparme.

La noticia que nadie quiere oír…

“Me había operado de un ojo y estaba en La Habana. Yo no sé si es verdad que las madres tienen una intuición especial o presienten lo negativo, pero el 4 de agosto de 1983 percibí algo raro. Era mediodía y me quedé embelesada en la cama. Escuché una voz que repitió tres veces: ‘Iraida’. Al abrir los ojos vi a un hombre al pie de la cama que me decía: ‘Firme y adelante’. Comencé a dar gritos, porque a mi mente vino Alfre.

“A los pocos días, ya en mi casa, desperté con intención de limpiar la cocina. También hice flan. Cuando fui a colocar el dulce en la mesa para enfriarlo, percibí que se acercaban dos individuos, los conocía como la palma de mi mano, y más atrás una fila de personas. No tuve ni que abrir la puerta, grité: ¡Mataron a mi hijo!, ‘¿Cómo usted lo sabe, Iraida?’, me preguntaron. Yo lo sé, fue hace cuatro días’. En ese mismo instante pidieron el teléfono de mi hijo mayor en La Habana, por aquel entonces estudiante de Ingeniería en Tanques. Yo misma le di la noticia. Lo enterramos en La Sierpe, no quedó un alma por ese lugar que no asistiera al sepelio”.

La deuda que no saldó…

“Por ese mismo afán de protegerlo y para que no estuviera por ahí agarrado de los camiones, no lo complací en algo que verdaderamente quería: una bicicleta. Eso es lo único que como madre me queda por dentro”.

Un instante eternizado en su mente…

“Alfre cantando La Guantanamera en el patio, al tiempo que armaba sus camioncitos de madera”.

La impronta de la muerte…

“En ocasiones yo misma me consuelo diciendo que le tocaba morirse; mi hijo mayor cogió la mochila dos veces para ir a Angola y lo viraban de la unidad, sin embargo, mira al otro… Un compañero que lo conoció me confesó una vez: ‘Iraida, tu hijo no podía volver con vida, porque cuando decían ji ya él estaba listo para el combate’.

“Aquí nadie nace para semilla, a todos nos toca morirnos, unos antes, otros después; el destino está escrito. Lo importante es transitar por el camino del bien, y mi hijo no murió en vano, mi hijo murió para hacer historia”.

One comment

  1. Desgarradora historia, los heroes no pueden ser olvidados ni traicionados

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