Pablo Dalmau: el espíritu de hacer

Dramaturgo, pintor, folclorista e investigador son algunas de las credenciales que presentan al multifacético Pablo Dalmau quien, a los 75 años de edad alega tener aún mucho que dar. Dice haber empezado como todos los niños: participaba en los coros escolares, declamaba poesías y hacía teatro; sin embargo, esa aseveración

Soy una persona incansable que cada día tiene algo nuevo que aprender, señala Dalmau.Dramaturgo, pintor, folclorista e investigador son algunas de las credenciales que presentan al multifacético Pablo Dalmau quien, a los 75 años de edad alega tener aún mucho que dar.

Dice haber empezado como todos los niños: participaba en los coros escolares, declamaba poesías y hacía teatro; sin embargo, esa aseveración refleja la modestia que lo sobrecoge porque, si bien hay muchos infantes que gozan con la demostración de su talento, otros aborrecen pararse en cualquier escenario.

Pablo Dalmau comenzó como cualquier persona que sienta inclinaciones hacia el arte. Sin embargo, con el empeño trastocado en una existencia consagrada a las tablas, la investigación y los pinceles, ha logrado ganarse el respeto de generaciones que han disfrutado con su creación y cientos de niños y jóvenes a los que le ha enseñado el camino hacia ella.

“El 5 de enero del 59 comienzo a trabajar en la fábrica de productos alimenticios Libby. Ahí varios obreros creamos un grupo de teatro para una actividad, sin ningún objetivo de continuarlo, pero coincidimos personas con ciertas condiciones. En ese tiempo se creó la federación, las milicias y se hacían actividades a las cuales nos invitaban; no había mucho libreto y todavía no se habían creado las instituciones culturales masivas. Luego apareció cultura y nos identificamos oficialmente como Los Bufones, por el carácter empírico de sus integrantes”.

¿Cómo califica el trabajo del grupo?

Imagínate, en tantos años trabajamos con muchos autores, tanto nacionales como internacionales. El primero al que me enfrenté fue a Maquiavelo, con La mandrágora, en los primeros años de la Revolución fue una odisea hacerla. Después montamos mucha comedia musical, Moliere, Lorca, teatro latinoamericano y teatro bufo, que es con el que más me he identificado. Estuvimos en 1965 en un festival de aficionados en el que presentamos El velorio de Pachencho y esa obra obtuvo grandes premios. En el 67 fuimos escogidos como grupo ejemplar nacional y recorrimos el país.

¿Qué importancia le concede a la formación de los artistas desde edades tempranas?

El ser humano se moldea de acuerdo al lugar en que convive, pero independientemente de eso hay personas que traen características muy peculiares y con ellas hay que trabajar. Para mí es muy importante ayudar a todo el que tenga interés. De ahí la importancia de la creación de los instructores de arte. Si de cada 100 que se han graduado, hay 10 que se salven, estamos sacando un por ciento pequeño, pero esos 10 constituyen una verdadera fuerza para el país.

Algunos de sus alumnos trabajan hoy en el teatro, el cine y la televisión, ¿satisfecho?

Son artistas que salieron de la nada. Estudiantes que se formaron a mi lado y les pude ayudar. Por ejemplo, Luisa María Jiménez y su hermano Néstor fueron alumnos míos en la secundaria Carlos Echenagusía Peña, de Trinidad. Néstor hablaba muy rápido, parecía una ametralladora, pero tenía mucha presencia física. Yo monté

Santa Juana de América, y Luisa no quería actuar. “Yo soy del baile y del canto, yo no nací para el teatro”, decía. Yo vi sus condiciones y la puse a bailar. Al próximo año monté La zapatera prodigiosa, de García Lorca, y ya estaba más sensibilizada. Lo hizo y ganamos a nivel nacional. Además, ella, Néstor y otros dos alumnos pudieron ingresar a la Escuela Nacional de Arte.

Como investigador, usted ha publicado varios libros que recogen parte de la cultura y la idiosincrasia de Trinidad, ¿se considera un investigador a ultranza?

Yo fui a Trinidad por seis meses y estuve 30 años. La investigación viene por un problema de necesidad. Encontré en esa villa elementos de un teatro negro. Lo podía ver entre la gente. Eso me dio entrada a la investigación del folclore y me hice especialista en la cultura trinitaria.

Según su opinión, ¿qué frena actualmente el cuidado del folclore?

Cuando pienso en el folclore local, pienso en el folclore de mi provincia. Hay zonas donde cuesta menos trabajo mantenerlo porque hay amor, pero hay otras donde por desconocimiento va muriendo. Por ello es tan importante la preparación de los cuadros, quienes deben recibir capacitación no solo política, sino también cultural, porque de lo contrario se crea una división cultura-política tan grande y por ahí se escapa la ayuda que se le pueda dar a lo que nos identifica.

Además del amor a las tablas y a la investigación, hoy posee obras pictóricas diseminadas por el mundo…

De la noche a la mañana me percaté de que podía. Yo hacía diseños de vestuario, escenográficos, pero nunca me había enfrentado a un cuadro. En el 90 y pico se me ocurrió pintar una negra que pasaba por mi casa. Lo puse en el vestíbulo, pasó un turista y me lo compró. Fue mi primer cuadro. Hoy tengo uno en la fundación francesa René Pous, a la orilla de obras de Matisse y Picasso.

Con una pluralidad de talentos que lo han hecho dramaturgo, investigador, pintor… ¿cómo se define Pablo Dalmau?

Soy una persona incansable que cada día tiene algo nuevo que aprender, una persona que no se cansa de estudiar y de leer una pared, una revista, un libro. Yo cumplí ahora 75 años y puede ser que tenga algunos problemas corporales, pero el espíritu de hacer y de dar, siempre lo voy a mantener. Tengo que estar al día con la vida.

Escambray

Texto de Escambray

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