A golpe de tambor

Las actuales generaciones mantienen los cantos y danzas originales. (Foto Garal)Con más de medio siglo de historia, el Ballet  Folclórico de Trinidad mantiene a buen recaudo la herencia de los cabildos de africanos en la villa.

Elegguá irrumpe en el escenario. Mueve con fuerza su garabato  para apartar la hierba y abrir los caminos al resto de los orishas. En una esquina aparece Oggún, machete en mano, presto a ganar el combate. Avanza Oshún, dispuesta a seducir con el vapuleo de sus caderas. Le sigue Yemayá, imitando con su falda el vaivén de las olas. Obbatalá y Shangó se suman a la fiesta. Los tambores arrecian el toque y las deidades yorubas bailan sin control hasta que los cueros callan.

La pasión de los bailarines al encarnar su personaje y el ritmo de los cantos en lengua africana transportan al público a una fiesta de orishas y los hace olvidar que están en el Palenque de los Congos Reales, en Trinidad, disfrutando del Ballet Folclórico.

Así ha sucedido desde aquel 14 de febrero de 1963, cuando el conjunto danzario vio la luz. A pesar de los escollos durante más de medio siglo de existencia, la agrupación mantiene incólume su afán de preservar el acervo cultural traído por los africanos, inscrito en el patrimonio inmaterial de la Ciudad Museo del Caribe.

TOQUE A LA HISTORIA

Amador Ramírez González nunca consideró casualidad su encuentro con el doctor José Muñoz. Corría la década de 1950 cuando el investigador Manolo Béquer supo que Muñoz, fundador de las comparsas vinculadas a la cultura africana en el terruño, buscaba un asesor para las coreografías.

Entonces llegó el joven Amador, quien trabajó codo a codo con el médico para hacer de la comparsa Fantasía Ñáñiga un referente de los rituales esclavos llevados a un espectáculo callejero.

Una vez triunfada la Revolución, Amador, entonces primer instructor de arte en Trinidad, fue nombrado jefe de Investigación y recibió la encomienda de aglutinar a los aficionados al teatro, la música y la danza del territorio.

“Después de estudiar profundamente las tradiciones folclóricas de Trinidad, reuní a tonaderos, músicos, antiguos bailarines de la comparsa y otros con aptitudes para la rumba abakuá hasta sumar 40 y pico. Nació el Ballet Folclórico —recuerda el creador—. Me entregaron las llaves de La Colonia Española; ahí ensayamos y nos presentamos por primera vez. Al principio causó recelo porque la mayoría de los integrantes eran blancos, pero bailaban mejor que los negros. Nadie se resiste con el tambor y el aguardiente”.

Al decir de Gilberto Medina Rodríguez, investigador agregado del Consejo Provincial de las Artes Escénicas, esa confluencia de razas ayudó a entender que no se trataba de bailes de santería, sino de mostrar la tradición africana en Trinidad.

Pronto llegaron el intercambio con grupos de otras partes de Cuba, las presentaciones fuera de fronteras junto a los reconocimientos por la maestría coreográfica y el desempeño de los bailarines.

UN BALLET CON IDENTIDAD

Durante más de 50 años el Ballet Folclórico de Trinidad se ha distinguido entre los conjuntos danzarios homólogos en el país.

“Cuando me pidieron asesoramiento para el montaje coreográfico, tuve que estudiar porque, a pesar de ser egresada de una escuela de arte, me di cuenta de que no sabía nada del folclor trinitario”, apunta Gisela Zerquera Calderón, quien comenzara como instructora y luego dirigiera la agrupación por más de una década.

Según refiere quien fuera, además, una de las bailarinas principales, el hecho de que los esclavos vinieran directamente de África al puerto de Casilda mantuvo puro el folclor: “Por eso tenemos bailes y movimientos que no han recibido la influencia de otras culturas o regiones, como sucedió en La Habana y Santiago de Cuba”, añade.

Tal es el caso de la Makuta trinitaria, baile ceremonial en el que se saluda con un tambor sagrado. Al decir de Zerquera Calderón, la Makuta… se baila también en Matanzas y otras provincias, pero de manera diferente. Lo mismo sucede con El Cocuyé, que se conoce en Santiago con el mismo nombre, pero se ejecuta con ciertas variaciones.

“El conjunto siempre fue más allá del baile. Los integrantes debían dominar el lenguaje y varias técnicas teatrales, porque en algunas danzas como La matanza de la culebra se interactúa con el público. El Cocuyé también requiere actuación”, refiere Gisela.

MEDIO SIGLO DESPUÉS

Con una plantilla de 30 integrantes, algunos procedentes de Cienfuegos y Santa Clara, el Ballet Folclórico se mantiene dispuesto a acoger otras técnicas danzarias, sin descuidar el camino recorrido.

Todavía debe lidiar con el insuficiente respaldo de instituciones culturales, la escasa promoción dentro y fuera del territorio, así como la superación, realizada más por la solidaridad de otros gremios artísticos que por iniciativa estatal.

Mas, esta familia grande está consciente de cuánto representan para el patrimonio de la villa. “Nosotros somos parte de la imagen de Trinidad. Nuestra prioridad es mantener vivo el quehacer de quienes nos antecedieron —asegura Carlos Pérez Pablo, director de la agrupación—. Todavía nos choca la ausencia de una academia donde los trinitarios puedan perfeccionar su técnica”.

Tal vez el mayor reto del Ballet Folclórico hoy día sea despertar en las nuevas generaciones la motivación para continuar el legado.

“Estamos enfrascados en darnos a conocer más para que la gente aprenda a valorarnos por lo que realmente hacemos: difundir arte al pueblo, no solo para los extranjeros”, agrega el director.

Por eso el sonido de los tambores asalta las mañanas del Centro Histórico. Quien se deje seducir por ellos, llegará al Palenque de los Congos Reales y verá al Ballet Folclórico ensayar hasta el cansancio el baile de la negra María Pingoya, inspirada en una habitante de Condado; La Sirivinga, autóctona del mismo poblado rural, entre otras piezas de raíces campesinas, que también tipifican su repertorio. Verá gotas de sudor caer en el escenario, pero alegría en los rostros de quienes se saben custodios de una herencia de valor incalculable.

 

*Estudiante de Periodismo

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