Antes de la liberación de Trinidad

Previo a la toma de la ciudad, las madrugadas sorprendían a los guerrilleros allanando el camino. Las voces de algunos participantes develan episodios al respecto

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Apenas despuntó el alba del 28 de diciembre de 1959, los comandos trinitarios abrieron fuego para atacar los lugares donde se concentraba la mayor fortificación del ejército batistiano: la zona fiscal, el cuartel, la planta eléctrica y la cárcel para liberarla. El resto resulta harto conocido: que si la zona fiscal fue la primera en rendirse; que si el cuartel ofreció poca resistencia porque los guardias huyeron rumbo a Cienfuegos en una fragata de guerra; que si la planta eléctrica constituía un objetivo complicado; que si la cárcel fue la última en aceptar la derrota…

Mas, ¿qué sucedió antes? ¿La toma de Trinidad se resume solo a las 48 horas del enfrentamiento? Escambray escudriña en dichos capítulos a través del testimonio de varios protagonistas de la gesta; hombres que, si bien sus nombres no figuran en libros de historia, mantienen los recuerdos libre de contagios, a pesar de los años.

PERUCHO

La Nochebuena de 1959 permanece indeleble en la memoria de Luis Puig Novoa, Perucho, como le dicen todos, por ese entonces jefe de acción y sabotaje de una célula del Directorio Revolucionario 13 de marzo. “Aquel día el abogado Felipe Torres González, coordinador del Directorio en Trinidad, me informó que Bernardo (su hermano), él y yo teníamos que estar a las nueve de la mañana en el central FNTA para recibir instrucciones. Allí nos esperaba un representante del Estado Mayor del Ejército Rebelde, que nunca supimos su nombre porque en la clandestinidad no se podían conocer muchos datos. Después de hablar con Felipe a solas, el oficial conversó con nosotros dentro de la máquina de Manolo Magdalena, el hombre de confianza de Felipe para asuntos delicados, y fue cuando me asignaron la responsabilidad de montar en Trinidad no menos de tres postas sanitarias cerca de los puntos a atacar, por si existían complicaciones para tomar el hospital. Nunca se nos dio una fecha exacta para la liberación, solo que, si entre el 27 o el 29 las guerrillas que estaban en las montañas tomando Topes de Collantes no llegaban a Trinidad, entonces debíamos proceder”, rememora.

Desde el día 26 Perucho empezó a tantear el terreno en busca de locales y profesionales calificados, dispuestos a cooperar. “El primer puesto estuvo en el antiguo palacio Iznaga, donde vivía Ernesto Iznaga, muy buen médico, quien improvisó una especie de quirófano para intervenciones quirúrgicas. La segunda la establecí en la calle Jesús María, en casa de las Medina; esa posta estaba atendida por el cirujano Garric. La última radicaba en la residencia de Mónica Granado, en la calle del Carmen, y estaba a cargo del doctor Jiménez Lombida. Es necesario destacar la colaboración del farmacéutico Ramón Soler, quien facilitó, gratuitamente, el material para las emergencias”.

Pero este hombre de ahora 93 años también debía garantizar la logística a los comandos. “En este sentido no fue necesario usar medios del Estado porque los vecinos se ofrecieron de manera voluntaria para alimentar a los combatientes”, señala.

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RAMÓN

Paralelo al ajetreo citadino, el campesino Alberto Cristo ponía su casa, ubicada en El Mamoncillo, perteneciente a la comunidad rural de Condado, en manos de un grupo de jóvenes revolucionarios para planificar las operaciones.

Así lo recuerda Ramón Salabarría Hernández, de 85 años, uno de los integrantes de la tropa, encargada de servir de enlace entre sus homólogas de Limones Cantero y Algarrobo. “Los compañeros Sergio Martínez y Laudeliano Bravo nos traían la información de los preparativos y las orientaciones pertinentes. Esperaba la orden de mi capitán, Bombino se llamaba, y salía a pie, de madrugada, por el medio del monte para actualizar a los oficiales de las otras zonas, con un revólver para defenderme en caso de imprevistos”, narra.

Y cuenta cómo el comandante Faure Chomón Mediavilla, alrededor del día 26, ordenó abrir una zanja en la Loma del Puerto, frente a la casa de Andrés Rodríguez, El Guayabero, para incomunicar Trinidad con Sancti Spíritus.

“Después partimos del central FNTA para La Papelera a encontrarnos con las tropas del comandante Faure para trasladarnos a la ciudad—continúa—. Establecimos el Estado Mayor en casa de Violeta Rosuelo, profesora, en el barrio La Chanzoneta. Nos organizamos hasta que empezó el combate. A mí me designaron la Zona Fiscal, donde cayó el espirituano Ernesto Valdés Muñoz, Valdesito, muy querido por la tropa. El resto de la historia, todo el mundo la conoce”.

¿Cuánto se han tergiversado los hechos?, indaga Escambray.

“Siempre se habla de la batalla como tal, sin pensar que Trinidad estaba en pie de lucha días antes y tal vez la liberación hubiera sido otra de no realizarse esas tareas a modo de retaguardia. Uno no lo hizo para hacerse famoso, pero hay veces que entrevistan a personas que nunca participaron en el combate y eso da pie a interpretaciones equivocadas”, sostiene Ramón.

“Aquí han dicho que las tropas se distribuyeron de forma arbitraria y la verdad es que nosotros teníamos un servicio de inteligencia en Trinidad que informaba al Estado Mayor del Ejército Rebelde para que organizaran los movimientos. También se maneja que los médicos trinitarios no cooperaron y que la gente echó agua caliente a los combatientes. Eso es incierto: te lo digo yo. Lo más oportuno sería recoger los testimonios de los que todavía vivimos para escribir una historia fiel, no una que parezca un cuento de ficción”, apunta Perucho.

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