¿La última palabra sobre la promoción de la literatura espirituana?

En Cuba el libro nunca será mercancía en primer lugar, sino siempre en último.Escambray pone punto final a la polémica en torno a la promoción de la literatura espirituana con una sola certidumbre: sobre tan controversial asunto nadie tiene la última palabra.

 

 

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En el mejor de los mundos posibles, le bastaría al libro con su calidad innata y altísimo vuelo estético para ser comprado por los lectores potenciales, quienes tendrían herramientas suficientes para aquilatar la trascendencia de un texto, ya sea de Cavafis, Eliseo Diego o Lezama.

Pero no estamos en las disquisiciones ingenuas del Pangloss de Voltaire, ni el hecho de que una obra vea la luz implica, forzosamente, que llegue a ser consultada; de manera que, en sentido general y sin que nadie se rasgue las vestiduras, hay que aceptarlo humildemente: la literatura necesita promoción.

En tal urgencia, la de dar a conocer en mayor medida y con estrategias mejor pensadas la prolífera producción literaria espirituana, parecen coincidir las más disímiles voces involucradas en la controversia que ha propiciado Escambray durante semanas y que puede resumirse en una pregunta: ¿qué factores inciden en la recepción de los textos concebidos por nuestros escritores contemporáneos? Interrogante que, dicho sea de paso, no pretendía ser retórica.

Lo que ha sucedido después consta en las páginas del semanario y en el buró de su redacción cultural: unos creadores recomiendan la promoción por cuenta propia; otros enfilan los cañones contra el Centro Provincial del Libro y la Literatura, el de Promoción Literaria Raúl Ferrer, las bibliotecas públicas y Ediciones Luminaria; y algunos han llegado a cuestionar las opiniones de sus colegas. Lo que se dice una polémica como Dios manda.

A todos en algún punto les ha asistido razón, y no lo digo para apaciguar los ánimos exacerbados —la polémica suele ser provechosa cuando se circunscribe a ámbitos intelectuales—, sino porque creo harto improbable conseguir el justo equilibrio entre las partes: que el escritor no se desentienda olímpicamente de sus textos una vez cobrado el derecho de autor; que se involucre en la promoción de su libro pero hasta cierto punto, ese lindero impreciso a partir del cual deberían funcionar los resortes oficiales establecidos para ello; que intelectuales y funcionarios halen parejo en pos de una mejor recepción del arte…

Semejante concatenación de eventos, sin embargo, pudiera resultar virtualmente imposible en una provincia como Sancti Spíritus, donde las instituciones culturales parecieran funcionar desconectadas en una suerte de divorcio crónico que perjudica, ante todo y por desgracia, al público. Recuérdese un ejemplo al azar: en las Ferias del Libro, entre colas interminables y lecturas de textos sin demasiada sazón, los lectores pueden llegar a preguntarse si compran literatura o compran pan.

(A propósito, una breve digresión: las ferias anuales, en tanto espacios propicios para el fomento de la lectura y, no en menor medida, para la comercialización del libro como producto tangible, ya vienen necesitando un replanteo radical, de modo que las ventas se mantengan —no me opondría, incluso, a que se incrementaran— pero que el programa teórico no muestre asimetrías tan lamentables. Una lectura de poesía o la presentación de una novela deberían redundar en otros beneficios más allá del pago al autor.)

Urge la integración de voluntades —frase digna del discurso político— para que la promoción de la literatura deje de interpretarse como “la tarea de alguien” y Zuleica Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro, no se vea en la fatigosa necesidad de repetir constantemente la sentencia que, en predios de la Cultura, ya debería estar bien asimilada: “En Cuba el libro nunca será mercancía en primer lugar, sino siempre en último”. Enhorabuena por tan categórica profesión de fe que Escambray suscribe, junto a buena parte de los intelectuales que han opinado en estas páginas.

Que el éxito de nuestra literatura —como del arte en general— no se mida solo en términos de ganancias es un principio que debería defenderse a ultranza en tiempos en que hasta el discurso se metaliza. Ya somos varios los que, como Cavafis, temblamos de imaginar a la obra artística sometida a la ley de la oferta y la demanda.

No obstante las suspicacias, el libro existe fuera de nuestra conciencia y es, como todo objeto de papel, susceptible de amanecer devorado por las trazas: desde el más dormido en los anaqueles de librerías y bibliotecas, hasta el que hemos manoseado hasta el cansancio y tenemos como referencia obligada; pero ello no justifica en modo alguno la displicencia del autor que asegura levitar al margen de las ventas. En el fondo, nadie crea para nadie.

O sí: Van Gogh, el genio incomprendido que murió en la más sórdida pobreza. Habrá que esperar, supongo, para ver qué escritor espirituano, como el pintor holandés, rebasa la prueba de los años.

One comment

  1. Repito: es imprescindible que se le dé voz a quienes trabajan en Luminaria pues son, al fin y al cabo, quienes le dan vida a los textos de los autores.

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